Pensaba gastar mis setecientas palabras en una loa a los monjes budistas de Birmania, a su marea de azafrán entre los monzones y a su bandera ilusa como cualquier nirvana: “La bondad ganará siempre”. Una alucinación movida por el hambre. Diez mil monjes descalzos que esconden su plato vacío del favor de arroz y pan que ofrecen los militares, con la actitud de una bandada disidente y altiva, merecían una hoja periódico para el piso de su jaula en Asia.

Pero una inoportuna diligencia judicial me sacó del cuento budista, poniéndome de frente con otro tipo de pájaros: mirlos de garra fina, coloridos y peligrosos. El asunto comenzó con una carta de citación a la fiscalía para responder por una presunta injuria contra Luís Pérez Gutiérrez. Desde los tiempos de una travesura adolescente no visitaba uno de esos cenicientos palacios de la justicia. Chirridos de impresoras entre corredores, pisos enteros clausurados, abogados que se preguntan la hora en el túnel de las escaleras. He visitado edificios lúgubres de apostadores venidos a menos, de impresores sacando sus últimas copias, de coleccionistas feriando sus sellos. Pero la alegría de ver un antiguo hotel convertido en una tétrica fortaleza de folios y barandas se la debo a un político experto en comparecencias penales. Fue casi una visita guiada.

El ofendido llegó unos minutos tarde a la audiencia de conciliación. Acompañado de un abogado de película mexicana, con camisa y corbata rosada y un prendedor dorado con la balanza de la justicia en la solapa. Las gafas oscuras estaban en el bolsillo, listas para usar en las horas de descanso profesional. El demandante lucía el gesto grave de quien ha sido mancillado, además de su traje impecable y sus mancornas redondas, trenzadas de oro, con una perla en el centro. Mientras se tomaban los datos de los presentes el candidato demandante fingía dedicar su atención a un cuadro del quijote colgado en una de las paredes de la oficina. Para demostrar que además de las marrullas legales tiene tiempo para los deleites estéticos.

Una vez iniciada la audiencia la fiscal le preguntó al ofendido por sus pretensiones. El hombre, con ceño compungido que casi llegaba al ojo lloroso, afirmó que yo había “destruido su dignidad” y que debía devolvérsela. Pregunté por el decir específico con que había logrado semejante agravio y la fiscal me leyó una parte del expediente. En un reciente artículo titulado Repugnancia electoral dije que Luís Pérez resultó un fiasco como alcalde de Medellín, y agregué que era un candidato demagogo y frívolo. Dije también que me gustaría que los electores de esta ciudad asociaran su nombre al unto y al abuso, porque considero, como uno de los habitantes de este valle, que sus actuaciones como alcalde fueron muchas veces abusivas y muchas veces dudosas, dignas de ser miradas con desconfianza por los electores que ya una vez mordieron el anzuelo brillante de sus promesas.

Se me ofrecieron como alternativas la retractación o el compromiso de no referirme al ofendido hasta pasado el 28 de octubre. Tocará incluir un nuevo adjetivo para el compungido candidato. Resultó cínico, además de todo. No me puedo retractar porque guarde con celo una memoria de su amplia colección de pifias. Por acción, por omisión, por descuido, por gusto. Es mi opinión como ciudadano sometido a los poderes del gobernante y creo que tener una opinión sobre un político es un derecho elemental. He enumerado varias veces sus desastres de soberbia, sus números magros, sus escándalos profusos y no quiero repetirlos. También se dolía el expediente de que yo lo hubiera llamado demagogo, y en un giro de genialidad decía que lo había rebajado hasta las alturas de Nerón, culpable de entretener a su pueblo con pan y circo. Resulta que Luís Pérez no sólo es demagogo por prometer lo que no depende de sus poderes y lo que no tiene respaldo en la lógica pública, sino que además tiene la osadía de refrendar sus promesas ante notario. Un demagogo con aires formales que cree que la administración municipal es un asunto entre el elegido y sus votantes. También dije con un toque de frivolidad que era un personaje frívolo. Y creo que sus gustos de príncipe de reinas de belleza lo confirman, además de sus propuestas cercanas a la ciencia ficción y de sus elegancias de pingüino, un poco impostadas y un mucho patéticas.

Al final dije que era imposible que yo renunciara a referirme a un candidato, que debía hacerlo muy a mi pesar. Porque los candidatos no pueden imponer el silencio de los periodistas por la vía judicial. Al menos eso fue lo que me dijeron mis profesores de derecho sin prendedor de oro en la solapa. Ya en la despedida el abogado de gafas oscuras en el bolsillo pidió una constancia de su comparecencia en la pequeña comedia. Miró a su poderdante y le dijo entre dientes: “Para poder cobrar los honorarios”. Los deje riéndose con la malicia de las urracas.
 

Vea más sobre este tema en el post "Historia de una colgada" del blog www.rabodeaji.blogspot.com

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