Lo primero fue una llamada a mi celular. Pensé que era de alguna compañía truculenta de teléfonos o de televisión por cable, porque el hombre que me habló lo hizo con esa voz monocorde que tienen todos allá: “Muy buenas tardes, ¿con quién tengo el gusto”, me dijo. Le respondí como siempre lo hago en esos casos, cortante y de afán: “A quién necesita”. Siempre me ha indignado esa treta tan baja de las empresas, que lo llaman a uno a decirle que es el mejor cliente del mundo y que por eso se ha ganado un paquete rebosante de beneficios y promociones, y luego le preguntan el nombre. Si de verdad soy tan buen cliente y allá lo saben, ¿no deberían conocer ya mi nombre, cuando menos? Así que nunca doy espacio al menor diálogo en esos asedios telefónicos, que suelo acabar igual, sin excepción y con toda clase de remordimientos: “¿A quién necesita? Lo siento, no estoy interesado, muchas gracias”. Esta vez, sin embargo, el tipo del otro lado de la línea dijo mi nombre, Juan Esteban Constaín. “Necesito hablar con Juan Esteban Constaín”, repitió tres veces. Con el mismo tono y la misma gentileza de funcionario nocturno de un call center consagrado al servicio al cliente y las quejas y los reclamos. Le contesté que era yo, que qué necesitaba. Me dijo que esperara un momento, que alguien me quería hablar. Esperé. Entonces oí una voz cavernosa y de ultratumba, como de un gremlin. Trataba de decirme algo pero yo no entendía qué: “GuriGuri, GuriGuri, GuriGuri”.

—Mire —dije yo, ya listo para colgar—: de verdad no le entiendo. Hablamos luego que estoy yendo a recoger a mis hijas. Llámeme mañana.

—No, por favor —me respondió esa voz áspera y roñosa, que sin embargo tenía un dejo de nostalgia y melancolía que yo en el fondo sentía muy familiar, muy cercano; por eso seguía allí, en esa conversación absurda con la que parecía ser una caneca de Los Dumies u otra depravación peor—. No me cuelgues, por favor, Niño Cortico…

Fue como volver de golpe más de 20 años en el tiempo, cuando ambos, GuriGuri y yo, salíamos en Calamar, la novela de las ocho de la noche por el canal 2, la novela de Caracol Televisión que siempre era una joya —San Tropel, Caballo Viejo, Quieta Margarita— y que en 1989 fue un experimento macondiano y enloquecido de Bernardo Romero Pereiro en el que sus obsesiones surreales llegaron a un límite insuperable. Allí había de todo: piratas, brujas, superhéroes, villanos, exploradores, hasta costeños. Pero la gran extravagancia fue sin duda la aparición, por primera vez en la televisión colombiana, de un muñeco de verdad distinto de Pacheco. Ese muñeco era GuriGuri, un descendiente del Hombre de las Nieves que cambiaba de color según su estado de ánimo. Ya he contado (en esta misma revista) cómo acabé yo actuando allí y cuáles fueron mis aventuras y peripecias en el mundo decadente de la farándula infantil. Así que no me voy a repetir. Pero lo cierto es que pasé un año entero de mi vida, de junio de 1989 a septiembre de 1990, al lado de ese monstruo peludo y blanco que estaba hecho de fibra de vidrio, con enormes pies y manos de hule rojo, dominados de manera magistral por don José, el enano que les daba movimiento todos los días en la pantalla, cuando no se paseaba en calzoncillos por los estudios de Gravi, en la 19 con 3. Oír esa voz fue regresar a mi infancia, vestido con bermudas y sandalias, caminando entre las mesas del bar de Martina la Peligrosa. Nunca volví a saber de GuriGuri, ni de José, ni de nadie más de esa época dorada del arte y la erudición nacionales.

Quien me estaba llamando —quien hacía esa voz— era el actor y cantante Moisés Ángulo, el verdadero e histórico ventrílocuo de GuriGuri. El tipo del call center que me lo pasó era, en efecto, un funcionario de un call center, pero era mucho más que eso: era el mismísimo enano don José, quien ahora trabaja para una importante compañía de celulares respondiendo en las noches y las madrugadas los insultos que cada segundo le escupen los millones de usuarios insatisfechos y energúmenos por el mal servicio, claro. Por eso su voz tenía ahora esa cadencia, con la horma inolvidable de quienes nos dicen siempre: “Gracias por su amable espera en línea, ¿con quién tengo el gusto”. Hablé emocionado con los dos, les pregunté que cómo habían conseguido mi teléfono. Fue José, por supuesto, quien tiene acceso a todos los datos de los clientes de la compañía para la que trabaja. Ambos habían leído también mi texto en SoHo sobre la desnudez de Teresita Gutiérrez, Dios la tenga en su gloria, y llevaban más de un año planeando una reunión de los tres viejos amigos. ¿Quería? Pero claro que sí, cómo me iba a perder de semejante reencuentro. “Además tenemos algo muy serio qué proponerle”, me dijo Moisés, él que nunca dice nada en serio; que todo, aun lo más triste, lo dice con una sonrisa de oreja a oreja. El gran “Moiso”.

Al día siguiente nos vimos en el sitio convenido: el bar 6/50 cerca del Temel, el único que tiene una puerta digna de don José; los demás entramos a gatas. Pedimos los tres una cerveza, recordando anécdotas de los días de gloria de GuriGuri. También su declive y hundimiento, cuando fue vendido a un circo de pueblo, primero, y luego fue visto como cabeza de turco de una chiva rumbera bogotana, profanado de todas las formas por esa gente que se sube en ellas a bailar acurrucada y a gritar interjecciones mientras toma aguardiente en una coquita amarrada del cuello. Eso fue lo último que se supo del pobre muñeco. Hasta que José, un día, se enteró de algo aún peor: GuriGuri había sido robado de las oficinas de Conexión Colombia, donde estaba archivado y moribundo como un viejo AZ, y ahora una pandilla de enanos usaba su disfraz para cometer las peores atrocidades en la Sabana de Bogotá. Violaciones, asesinatos, robos, celebraciones de los goles de River Plate, en fin: las aberraciones más sórdidas que uno pudiera imaginarse. No era solo GuriGuri la imagen de esta banda criminal, claro que no, y cada uno de sus miembros se ataviaba como algún personaje entrañable de la infancia: Chabelo, el espantapájaros de El Tesoro del Saber, Jaimito el de Ver Para Aprender, Topo Gigio: una elocuente antología de las estrellas emblemáticas de la televisión de los ochenta, encarnadas por criminales de asombrosa eficacia. Y GuriGuri era el jefe: un enano implacable y frío, con el traje blanco y los pies de hule rojo. Moisés y José fueron al grano: no podíamos permitir que algo (por llamarlo de alguna manera) tan importante en nuestras vidas, acabara así. Teníamos un compromiso moral con la historia y con nosotros mismos; teníamos que salvar a GuriGuri como fuera y darle el entierro de héroe que se merecía. Que siempre se mereció.

Me paré con decisión y propuse entonces que llamáramos a Salvo Basile, quien en la novela hacía de El Herrero: un italiano corpulento que era capaz de acabar cualquier pelea de un solo manotón. Estaba listo a lanzarme sobre los campos de Soacha, muy cerca de la Hacienda Canoas, a enfrentarme contra esa cuadrilla de enanos salaces que usurpaba la gloria de GuriGuri y de nuestra infancia. Pero no lo podía hacer solo —solo yo con José y Moisés, como en un relato bíblico—, y Salvo me daba la impresión de ser el refuerzo perfecto. Estaba listo, ya digo, remangándome la camisa; cuándo es que es la vaina, a ver. Entonces Moiso me pidió que me calmara, que no nos tocaba pelear con nadie. Ya todo había ocurrido la noche anterior. ¿Cómo? Sí, me dijeron él y el enanito: la policía había hecho una redada y había desmantelado a la feroz y diminuta pandilla. El último de los criminales, el líder, se había refugiado en su disfraz de GuriGuri y allí adentro lo habían abaleado; para sacarlo, tuvieron que cortarle la cabeza. Eso querían que hiciera yo: que fuera a recogerla en el cuartel de Las Cruces, para que le diéramos por fin cristiana sepultura a nuestro amigo. Querían que fuera yo porque ellos dos eran figuras públicas, el uno un cantante y el otro la voz más famosa de su call center. “Usted, en cambio, es un columnista y un escritor: no tiene nada que perder”, me dijo José, no sin razón.

Al día siguiente, en la tarde, recibí de manos de un policía el último resto de mi amigo GuriGuri: su cabeza sangrante y triste. Al recibirla no pude evitar la nostalgia, pues en ella había también un pedazo lejano de mi infancia y de mi vida. Recordé la primera vez que la vi, apenas la sacaron de una caja forrada en ese plástico con burbujitas que explotan. El policía me dijo: “Usted lo vio nacer, ahora lo ve morir”. Lo enterramos Moisés, José y yo en un sitio secreto. Es muy grande el peligro de que haya romerías a la tumba del muñeco como a la de Pablo Escobar o Helenita Vargas. Ya veo a la gente llegando en chiva rumbera.

Por nada del mundo. Paz en la tumba del gran GuriGuri.

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