Según la más reciente encuesta hecha por la revista Yoga Journal en 2016, el 70 por ciento de quienes practican yoga son mujeres. Las razones varían desde la anatomía del cuerpo y su flexibilidad hasta su conexión más profunda con la energía del universo. Sin embargo, en su gran mayoría maestros y gurús suelen ser hombres.

Tras el estallido del movimiento #MeToo no pasó mucho tiempo para que la comunidad yogui también se viera sacudida con escandalosas denuncias que involucraban a reconocidos e históricos líderes. Rachel Brathen, profesora de yoga, fue la encargada de abrir la puerta para que centenares de mujeres yoguis hablaran. A través de su cuenta de Twitter instó a sus seguidores a contar sus historias.

En menos de una semana más de 300 relatos, todas mujeres, narraban cómo sus instructores, profesores y maestros las habían tocado o manoseado con la excusa de ajustarles las posturas o asanas hasta abusar de ellas sexualmente.

“Era finales de 1990. Guruji vino a San Francisco para enseñar. Estábamos en una clase haciendo Urdhva Dhanurasana, un tipo de arco conocido como rueda. Él vino a ayudarme y puso su hueso púbico contra mi hueso púbico. Cuando me incorporé, los otros asistentes a la clase estaban mirándome con la boca abierta. No podía creer lo que acababa de pasar. Debí irme de la clase, pero no fui capaz. Guruji justificó su acción diciendo que mis rodillas estaban en peligro”, contó Judith Hanson Lasater, profesora de yoga restaurativo, anatomía aplicada y exeditora de Yoga Journal.

Debieron pasar casi dos décadas para que Hanson hiciera público este episodio. ¿Pero quién era Guruji? Se trataba de Sri Krishna Pattabhi Jois, cariñosamente llamado Guruji, quien nació en 1915 en la pequeña ciudad de Kowshika, India. Es conocido en el mundo del yoga por desarrollar y popularizar el estilo de vinyasa yoga llamado Ashtanga Yoga, hoy muy extendido en todo el mundo.

El caso no es aislado. La belga Anneke Lucas, como muchas otras mujeres, contó que el mismo Guruji había tocado sus genitales durante un taller en Nueva York. Cuando lo enfrentó y le reclamó por no respetar a las mujeres, él se burló y le dijo que no lo volvería a hacer. Lo que probablemente Guruji ignoraba era que en la niñez Lucas había sido violada y había encontrado en el Ashtanga Yoga una cura a sus heridas del pasado, pero el episodio con el ‘gurú’ la llevó a un desencanto total de la práctica.

“Los estudiantes a menudo vienen a yoga en una posición vulnerable, buscando el equilibrio, la calma y la claridad mental. Cuando un profesor de yoga abusa sexualmente de un alumno, no solo es hipócrita, sino que también es increíblemente perjudicial para el aprendiz y la tradición. Este tipo de comportamiento puede arrojar a los estudiantes sinceros e inocentes fuera del camino. Es trágica la mala conducta sexual en el mundo del yoga aunque más común de lo que se cree”, afirmó Mary Taylor, profesora de Ashtanga Yoga en Boulder, Colorado.

Guruji no ha sido el único cuestionado. La lista es larga y podría comenzar con el mismísimo Osho. Catalogado por el Sunday Times como una de las mil personalidades más influyentes del siglo XX, Osho dio mucho de qué hablar en la década de los ochenta, cuando llegó a tener miles de seguidores que encontraron en sus teorías sobre la meditación y el sexo ‘relajado’ una respuesta a sus problemas. Sin embargo, a lo largo de los años se especularía sobre sus técnicas y prácticas “dinámicas” que, al parecer, incluían orgías y llevaron a que en las sedes de sus centros se pidiera la prueba de seropositivo. Incluso se llegó a decir que el gran maestro murió de VIH.

La lista de la vergüenza

Muktananda y Satchidananda son otros nombres que han salido a la luz pública. The New York Times registró una manifestación en Virginia en la que exdevotos con pancartas  decían “Detengan el abuso”, “Fin al encubrimiento”. Satchidananda siempre negó las acusaciones en su contra sobre delitos sexuales, pero muchos de sus seguidores abandonaron sus áshrams e institutos.

Susan Cohen fue una de ellas. Relata cómo se unió al áshram del swami cuando tenía 17 años. Al poco tiempo se fue al Instituto de Yoga Integral en Nueva York, donde le inculcaron que debía dedicar todo su tiempo y energía al servicio del maestro. Así lo hizo, a tal punto que cortó comunicación con su familia y se dedicó a repetir el mantra dado por su gurú: “No pienses, no cuestiones la autoridad”. “Era como si hubiera perdido completamente mi voluntad. Se me obligó a tener sexo con él, era como su sirvienta personal y sexual, solo desperté de mi trance ocho años después, cuando tenían a otra para reemplazarme”, afirma Cohen.

Lo que le sucedió es una forma común de abuso en algunas comunidades. Por lo general, las mujeres y en algunos casos también los hombres, confundidas por las enseñanzas y el carisma de estos ‘maestros’, no logran distinguir entre la ‘filosofía’ espiritual y el abuso sexual.

Lo mismo le pasó a Clara Medina, una colombiana de 18 años que luego de terminar el colegio decidió irse a India. Rishikesh fue su destino. Esta pequeña ciudad a los pies del Himalaya es el lugar predilecto de muchos para trabajar su espiritualidad y encontrarse a sí mismos. Clara estuvo seis meses y solo tiempo después de haber vuelto al país en una conversación con sus amigos fue consciente de que su mentor en la India había abusado sexualmente de ella. “Ese man me violó y yo ni me di cuenta”, fueron sus palabras.

¿Tocar o no tocar? parte de la cuestión

Estas historias, según voces expertas, podrían prevenirse si desde que un alumno se acerca al yoga se le hace saber que es una práctica enraizada en la sexualidad humana, que trabaja con la energía creativa o sexual y que busca transformarla de una manera respetuosa y sagrada.  

“Cada linaje tiene su propia metodología, pero, por ejemplo, en Kundalini Yoga los profes no tocamos a los alumnos. Desde la formación se nos enseña que es a través de la intención de la voz que se corrigen las posturas. A menos que veamos que el alumno está en peligro de lastimarse nos acercamos físicamente, pero siempre pedimos permiso para hacerlo”, explica Diana González, profesora de Kundalini Yoga.

El #MeToo ha dado la posibilidad de que las mujeres denuncien así sea de forma social. Pero esto ya es un gran avance para frenar tantos abusos de quienes predican prácticas espirituales disfrazadas en prácticas sexuales.

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