Veintitrés años después de que lo asesinaran, me preparo para entrevistar a Luis Carlos Galán. Trato de hacer memoria, una vez más, de lo que estaba haciendo cuando el atentado de Soacha, el 18 de agosto de 1989, pero no se me viene nada a la cabeza. Así como todo buen gringo mayor de sesenta años recuerda qué hacía cuando mataron a Kennedy, mi generación sabe muy bien qué hacía cuando lo de Galán. Yo no. No tengo idea. Recuerdo qué hacía cuando el holocausto del Palacio de Justicia y también dónde estaba cuando Chapman convirtió en mito a Lennon, pero tengo el casete borrado con Galán (casete, para lectores menores de veinte, es una pieza de museo que está perfectamente definida en san Google).

Para cumplir con mi exótica tarea periodística necesitaré de una grabadora, algo de sangre fría y un médium. Tengo las dos primeras cosas. Me falta el médium. SoHo me concierta una cita con él. Se llama Alejandro Olaya y tiene su oficina en la 57 con 13, en Chapinero. Es antioqueño y me cuenta que desde los cinco años comenzó a ver gente que nadie más veía. Una especie de Haley Joel Osment de Frontino, pero con camisa muy apretada y, como yo, médium pasado de peso. A los diez, esa gente invisible para los demás se tornó agresiva y él comenzó a sentir escalofríos y verdadero temor. Llegaron las premoniciones: “Vi la masacre de Segovia un día antes y de la tragedia de Machuca, donde tanta gente murió quemada, supe cuarenta y ocho horas antes de que todo comenzara”, dice. No tengo por qué dudar de él; no tengo por qué creerle una sola palabra.

Me gano la vida haciendo entrevistas. Así ha sido casi desde el momento en que a Galán lo asesinaron en Soacha, sitio al que me unen únicamente la expedición de mi cédula y media docena de almojábanas. En todo este tiempo, he hecho entrevistas en las más diversas, entretenidas, repugnantes, monótonas y poco convencionales situaciones, pero es la primera vez que me dicen que “vamos a hacer una canalización”. Vivo cerca de una, en Santa Margarita. La llamamos caño y se rebosa en invierno, amenazando arañar con sus puercas aguas los soberbios edificios de SaludCoop, construidos en un sitio donde la lógica indica que no debería existir edificación alguna (Palacino Towers, suelo llamarlos). No. Esta es una canalización espiritual, a la que rodea un proceso burocrático infinitamente más complejo que el de conseguir una cita hoy con un Galán hipotéticamente vivo y convertido en expresidente.

Conversar con un espíritu, me explica Olaya, se rige por un “conducto regulado”, que, asumo, es el mismo “conducto regular”. Desde hace unos días él ha estado tramitando los permisos. En este caso no hay que lagartearle a algún Juan Mesa celestial ni nada de eso. El médium contacta a sus maestros, “ascendidos de luz”, y pide que se convoque a una Corte Espiritual que a su vez intercede con el Arquitecto del Universo (Ingeniero del Universo hubiera preferido yo, para que la canalización hubiera quedado en manos de profesionales). Él es el único que concede permisos. Olaya normalmente trabaja con una corte de diez o doce miembros, entre los que se cuentan san Miguel Arcángel, Mahatma Gandhi y Allan Kardec, este último, uno de los seres trascendidos (desencarnados, diríamos si fuéramos pedicuristas) que más admira.

Kardec, que en realidad se llamaba Hippolyte Léon Denizard Rivail, fue un brillante intelectual francés, políglota, experto en educación, lenguas, aritmética y gramática. En 1854 se acercó a la moda francesa de la época, las sesiones espiritistas, con sus mesas giratorias y flotantes, y quedó prendado. Un espíritu le dijo que en una vida pasada había sido un druida llamado Allan Kardec y él se entregó a la obsesión de compilar las reglas del espiritismo. En 1857 publicó El mundo de los espíritus, que, en numerosas traducciones, ha llegado a todos los rincones del mundo, incluido Frontino.
De esto y otras cosas conversamos por espacio de 35 minutos, en los que me plantea cómo las facultades de la mediunidad las tenemos todos pero algunos, como él, las han podido desarrollar a punto tal de saber quién fue en algunas de sus quinientas vidas pasadas. A Olaya ni le decían “Mono” ni nació en Guateque once años después de que muriera Kardec, pero sí llegó a presidente: “Regí los destinos de una región que hoy conocemos como Japón, por allá por esos lados”, me comenta orgulloso. Le pregunto cómo se llamaba, pero me dice que el dato lo tiene en casa, anotado en unos papeles. No tengo por qué dudar de él; no tengo por qué creerle una sola palabra.

“A lo que vinimos, Alejandro”, le digo como tratando de sonar muy frontineño. Accede. Pide que se apaguen los celulares y que le traigan incienso y un vaso de agua. “A los espíritus hay que tenerles siempre agua e incienso”. Supongo que habla de Galán. Aunque también puede estar refiriéndose a Cosmos y Antea (tal vez, Atea), dos maestros que rigen al caudillo en el plano astral en que se encuentra. Vanessa Fayad, productora de SoHo, prende el incienso y dispone el vaso. Olaya cierra los ojos y pasamos los próximos cuatro minutos en silencio. Entonces, empieza a respirar agitado, a mover la cabeza como perro articulado de taxista y a temblar. No suda. Tras un puñado de minutos más, habla:

—Buenos días, ¿para qué me han llamado? ­–dice con una voz igualitica a la de Olaya–.­ Aquí estoy
—¿Dónde está, doctor Galán?

—¿Para qué quieres saber, para qué me has llamado?

—Para conversar sobre Colombia, su gran preocupación, doctor Galán –le digo en el entendido de que no hay fuerza ni plata en el mundo que me haga creer que estoy hablando con Luis Carlos Galán. Y si le pedí a Olaya ir al grano, a eso mismo voy yo.

—¿Quién lo asesinó?

—Fueron muchos los que estuvieron involucrados, pero de ellos solo faltan dos –me revela con parsimonia–. Tú sabes bien y los conoces.

—¿Conozco a sus asesinos?

—Sí, así como todo el pueblo lo sabe –dice usando un castellano muy rudimentario y con los ojos cerrados, apretados.

—Dígame el nombre de esos dos asesinos.

—Esa información no me es permitida dártela.

—¿Por qué no?

—Porque quieres corroborar lo que ya sabes.

—No, doctor Galán, yo no sé. Dígamelo usted.

—Todos lo saben. Así tenía que ser, ese era mi destino.

—¿Su destino era ser asesinado?

—Tú las cosas del espíritu muy poco las entiendes –me explica mientras su cuerpo, el de Olaya, sigue presa de suaves temblores–. Allá en el lugar en que te encuentras todo es confuso y traumático.
Cuando logres pasar, te darás cuenta de lo que te digo.

—¿Qué piensa de Maza Márquez?

—Está en su proceso y tendrá que rendir cuentas.

—¿Qué tipo de cuentas?

—De muchas cosas que quizás tú ya sabes. Ese señor tiene cuentas muy pendientes, pero no es a mí a quien corresponde…

—¿Ha podido reunirse con el espíritu de Pablo Escobar?

—Entre él y yo hay un abismo muy grande –creo entenderle que Escobar está en un plano infernal. Después de la sesión, Olaya me dirá que Infierno como tal no hay, pero que ese plano se parece mucho a la escena de Constantine en que Keanu Reeves va al sitio donde está el espíritu de una joven suicida. Intento ir a algo más básico.

—¿Cuál fue su mejor discurso?

—Tuve varios.

—Cíteme uno que debamos hoy leer los colombianos para orientarnos.

—En Bucaramanga, mi tierra…

—¿Qué año?—Allí sembré el amor por mi patria…

—El año, doctor Galán, por favor.

—Búscalo en los ochenta.

—¿Cuál era el eje central del discurso?­

—Los cambios… ­–con lo que estoy a punto de creer que sé cuál es el discurso: el del 12 de abril de 1982, el de la crisis histórica de los partidos y la necesidad de una revolución electoral. Es el primero que Galán pronunció, como lo cuenta Rafael Merchán en ¡Galán vive!, como candidato a la presidencia por los canales públicos de televisión (aparato frente al cual debía estar Olaya en Frontino: enfrontino de la pantalla). Sigo con los libros.

—Juan Mosca me regaló un bello libro que él hizo sobre usted. ¿Le gusta ese libro?

—Todo lo hecho sobre mí ha sido hermoso.

—¿Ha tratado de comunicarse con Mosca, que lo admiró tanto?

—La distancia entre ustedes y yo es cada día más grande –me asegura, mientras no puedo evitar asociar la frase con una ranchera–. Me han permitido enviarles mensajes, pero no escuchan, son sordos –parece que este Galán no sabe que Juan Mosca es espíritu desde octubre de 2010, cuando murió en un accidente automovilístico.

—¿Ha tratado de mandar esos mensajes a líderes nacionales? –le digo tentado a consultarle qué tal le pareció el gobierno de César Gaviria. ¡Pero para qué perder tiempo preguntándole algo que todos los colombianos sabemos!

—A varios.

Resumo: relata que estuvo pendiente de la labor de Uribe, a quien le dijo que el pueblo primaba por encima de todo y que hizo una buena labor hasta que “sus caminos se descarriaron”. Que Uribe recurre a médiums y a ayuda espiritual como los grandes líderes. Dice que Santos también. Le pregunto cuáles y esta es la respuesta: “¿Acaso no lo ves visitando la Sierra”. Le pido nombres y dice lo acostumbrado: “Son varios, pero no se me permite darte esa información”. No tengo por qué dudar de él; no tengo por qué creerle una sola palabra. Pasemos a algo más sencillo… al menos, eso creo.
—¿Usted cuántos hijos tiene?

—¿Acaso no los conoces?

—No, señor. No a todos.

—Ahí los tienes.

—¿Cuántos?

—Ahí tienes a tres.

—¿Ningún otro?

—Hasta ahí puedo darte información.

Comenta que el mayor tiene en su corazón su legado y que espera que las armas, las drogas y la suciedad social no cambien su mentalidad; que ellos han buscado contacto con él, pero el asunto no ha prosperado. Nada dice de Luis Alfonso Galán Corredor. Y bla, bla, bla, bla… Tal vez pueda lograr algo con una cuestión más práctica.

—¿Esto que tengo en la mano le parece clave? –sostengo un bolígrafo, quizás el aparato más importante para un político que, además, fue periodista. Y debo decir, con sinceridad, que el reportaje de Galán escogido por Samper Pizano para su célebre compilación, el del secuestro del avión a Cuba, me ha parecido siempre más oportuno que notable.

—Todo lo que haces es de suprema importancia. Y va a trascender.

—¿Es o no importante para usted este objeto que tengo en la mano?

—Claro que sí.

—¿Qué tengo en la mano?

—No trates de verme como un adivino, preguntándome cursilerías. Si tienes preguntas sabias, te respondo, si no, me toca abandonarte.

Como sé que no va a responder, porque Galán no está aquí y Olaya tiene los ojos cerrados, me propongo redondear la cosa con un poco de cháchara, para que el médium se dé gusto. Ya que no puede ver el bolígrafo, a ver cómo ve el país.

—¿Cómo ve el país?

—Entrando en un proceso de cambio muy importante. Han llegado grandes alineamientos, se ha ido arrancando la cizaña que tanto quise un día arrancar. Se va a levantar un líder del pueblo, un líder que le cambiará la cara a tu pueblo.

—¿Cuándo?

—Pronto.

—¿Tipo Gaitán? A propósito, ¿ha conversado con Gaitán?

—Es un gran hermano.

—¿Lo tiene cerca, me lo puede contactar?

—A él se le ha permitido volver.

—¿Reencarnó?

Gaitán, me dice, está de nuevo iniciando su proceso en la Tierra. Es joven, debe tener alrededor de veinte años y no sabe que en otra vida fue caudillo. Su tarea será, obvio, política y se convertirá en presidente. No del Japón, como Olaya, sino de Colombia. Tampoco le es permitido confirmarme nada sobre Roa Sierra. El Padre Celestial no deja decir nada. ¡Carajo, no fue él quien inventó la libertad de expresión!

—Doctor Galán: ¿usted por qué no habla como usted, por qué usa la voz de Alejandro?

—Normalmente puede darse de esa manera, es una canalización auditiva.

—¿Dónde está el alma de Alejandro?­

—A mi lado, a la izquierda de este cuerpo –hace una larga pausa y entiendo que hay que cambiar de tema.

—¿Cómo es un día de Luis Carlos Galán?

—La vida en el espíritu es de luz y aprendizaje, de conocimiento espiritual y de gloria.

—¿Aquí no tuvo usted Gloria?

—Deja a la materia lo que es de la materia.

—¿Pasó su vida con Gloria?

—Disfruté mucho.

—¿Cuál es el segundo apellido de Gloria, su esposa?

—Tus preguntas… tus preguntas son… de duda –me contesta mientras aumenta los temblores, mueve la cabeza con fuerza y da brincos en la silla.

—Solo trato de corroborar que usted sea usted. ¿Qué tal que sea un espíritu impostor?

—Tienes toda la razón –contesta después de pensarlo unos segundos–. Pero tu contacto y tu llamado han sido de desagrado.

—¿Por qué?

—No puedes… utilizar estos… estos medios… para… para…

Y, entonces, Alejandro abre los ojos y pone cara de guayabo. Mientras busca un poco de agua en la mesa, me dice que lo desconecté seguramente con una pregunta ofensiva. Le pregunto qué tan ofensivo puede ser preguntar el segundo apellido de la esposa de uno. El de la mía es Linero y no me ofende que me lo pregunten.

Me explica durante unos minutos que los seres de luz son sensibles y no suelen contestar banalidades de la materia. Le cuento cómo se desarrolló la canalización y le digo que hasta yo podría contestar todo lo que ha contestado hoy Galán. Pero tengo una duda muy concreta sobre el episodio, y se la planteo:

­—Alejandro, ¿dónde estaba Galán?

—A mi lado.

—A él le entendí que estaba dentro de usted, y que era usted el que estaba al lado de su cuerpo.
—No fui consciente de nada; él me desplazó.

—¿Si usted y él estaban fuera de su cuerpo? ¿Quién controlaba el habla y la respiración?

—Te explico: cada ser está compuesto por tres espíritus: la Esencia Divina, que conecta al Padre Celestial; el Movilizante, que mueve la materia, y el Obsesor (cuya ortografía está, como todo lo de Olaya, en duda), que equilibra el bien y el mal. Como quien dice, siempre hay maquinista. No tengo por qué dudar de él; no tengo por qué creerle una sola palabra.

Explica que temblar es un fenómeno natural de la materia y le pregunto por el costo de sus servicios: sesión de canalización, como esta, $200.000; revisión espiritual, $50.000; localización de persona, $200.000; visita a domicilio paranormal, $100.000 (más gastos de desplazamiento). De ahí en adelante, no depende del marrano sino del espíritu, porque no es lo mismo, por ejemplo en caso de demonios, enfrentar a Astharot que a Lucifer o a Belial o a Asmodeo (el maléfico profesor de décimo grado, asumo, encarnado por el gran Edilberto Gómez, hoy habitante de otro “plano”).

Antes de despedirnos, le consulto si ha tenido una premonición reciente tipo Machuca o Segovia y me dice que sí: “Bogotá está al borde de un movimiento telúrico. Hay que cuidarse de eso”. ¿Cómo será que uno se cuida de un terremoto? Lo único que me confirma la premonición es que Olaya lee prensa y oye radio. Nada más. Le estrecho la mano. Tiene un dedo herido, con curita. Quiero saber si tuvo una premonición que le hubiera permitido evitar la lesión. Se ríe. Va a un rincón con la productora de SoHo y veo lo bien que se comunica el médium con los espíritus de Jorge Eliécer Gaitán, Policarpa Salavarrieta, Julio Garavito y Jorge Isaacs. Firma una cuenta de cobro. Le están pagando.

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