Esta entrevista es un homenaje a la memoria de la señora Marta Sepúlveda Bustamante, madre de Iván Ramiro Córdoba. Ella fundamentó la formación de este símbolo del fútbol colombiano e internacional con valores y disciplina.
Paz en su tumba.

¿Es verdad que recogió café?
Sí, me tocó recoger café cuando era niño. En época de vacaciones, mi papá nos llevaba a una finca y allá trabajé. Son recuerdos muy bellos, porque todos los nietos pasábamos las noches en las secadoras de café, dormíamos ahí porque la finca quedaba en un lugar muy frío.

¿Qué hacía su papá?
Le ayudaba a mi abuelo en las fincas. Él estudió en la Universidad de Antioquia y después fue mensajero en la Caja Agraria. Allí se pensionó como gerente de una sucursal. Lo trasladaron por muchos pueblos antioqueños; me crie en Zaragoza, Abejorral, Santuario, Rionegro…

Pero no pasaban necesidades…
La comida no faltaba, aunque no teníamos comodidades del otro mundo. A mí me tocó vivir en casas con piso en tierra, donde el baño era una letrina, con fogón de leña en vez de estufa.

¿Ya jugaba fútbol?
Sí, había campeonaticos. A mi papá le gusta mucho y fue por él que comencé con esta goma. Empecé en un equipito en Santuario (Antioquia), a los 6 años. Entrenaba todos los días, pero en los partidos nunca jugaba…

¿Era malo a esa edad?
Puede ser que no tuviera las condiciones, porque un futbolista evoluciona desde que comienza hasta ser profesional. Eso sí, me esforzaba mucho. Empecé como delantero derecho, de esos que tiran el balón adelante y no miran más. ?

¿A qué hora pasó a la defensa?
A los 16, cuando comencé con el equipo de la Primera B. Poco a poco dejé de hacer goles y el profe me fue retrasando, hasta que me puso de central, porque tenía elasticidad, agilidad, rapidez…

¿Cómo le fue en la Primera B?
El primer año fui suplente. Me chupé todos los viajes en bus: 15 horas a Santa Marta, 18 a Villavicencio… Fue duro, pero hermoso. Nos turnábamos para dormir entre las sillas en una colchoneta.

¿Y el estudio?
Mis papás me decían que lo primero, antes que el fútbol, era cumplir académicamente. Y cumplí, pero ‘arrastrando’.

¿Cuándo jugó por primera vez al lado de Mario Alberto Yepes?
Cuando me convocaron para el Suramericano Sub-20. Apenas volvimos, Rionegro lo contrató. Jugamos juntos y el equipo llegó por primera vez a las finales.

¿Ya había química con Yepes?
Sí, y hay algo que va más allá de una amistad, es como una hermandad. Nuestras esposas y nuestros hijos son muy amigos.

¿Es verdad que Yepes estuvo a punto de ir al Inter?
Sí, antes de la llegada de Wálter Samuel. A mí me preguntó Roberto Mancini, el DT: “¿Usted con quién quiere jugar?”. Le respondí: “Profe, con Yepes, a él lo miro y ya sé qué hacer”. Y dijo que hablaría con el presidente. Pero Samuel, que estaba pasándola mal en el Real Madrid, prácticamente estaba siendo feriado y el Inter le echó mano.

¿Cómo fueron los duelos cuando él estaba en el Milán?
Una vez Mourinho me dijo que lo marcara. Yo no quería porque me conozco, voy con todo. Fue jodido, Mario es muy difícil en las pelotas paradas. Pero me fue bien, no hizo gol.

Volvamos a su carrera. ¿Es verdad que antes de ir a Nacional a usted lo rechazó el Medellín?
Exacto. Fui a hacer pruebas al DIM; entrené 15 días, pero me dijeron que el equipo ya estaba conformado.

¿No le importaba ponerse la camiseta del Medellín siendo hincha de Nacional?
Yo quería ser profesional. Y el destino fue justo: debuté en el equipo del que soy hincha.

¿Cómo llegó finalmente?
Fue en un partido amistoso que se juega siempre a final de año entre Nacional y Rionegro. Me tocó marcar a la Flecha Gómez, en ese momento el jugador más rápido del fútbol colombiano. Pensé: “Esta es mi oportunidad, yo a este man no le dejo ver una”. Me hice matar.

¿Quién lo representaba?
Mi papá. Me fui con él para la sede de Nacional, era 1996, y hablé con el profesor Juan José Peláez: “Venga, déjeme entrenar y voy aprendiendo”. Pero me dijo: “Es que acá tenemos seis centrales, usted sería el séptimo, un desperdicio…”.

¿Pero usted estaba dispuesto a ser el séptimo suplente?
Por encima de mí estaban Luis Carlos Perea, Rafael Vázquez, Víctor Marulanda, Francisco Foronda, Cococho Martínez y Cassiani. El profe dijo que no y que no, pero le insistí tanto que me dijo que sí para que no lo molestara más.

¿Usted ya vivía del fútbol?
Sí, me hicieron un contrato, pero cuando me dijeron que iba a firmar con Nacional, lo hice sin mirar el sueldo.

¿Cómo lo recibieron las estrellas de ese Nacional?
Para mí el solo hecho de estar con Alexis García, Higuita o Aristizábal ya era lo máximo. Me recibieron muy bien. Aunque, como en todo equipo, había códigos.

¿Qué recuerda de esos códigos?
En la primera concentración me tocó con René Higuita en el cuarto. Yo no salía de las cobijas, no tocaba el control, lo que hiciera el Loco estaba bien. Uno es pendiente de qué hacen los otros para ver cómo se manejan las cosas, es una forma de respeto, pero es duro porque a veces hay cosas jodidas.

¿Qué le dio duro?
A mí me tildaron de “montañero” porque venía de Rionegro, pero no me importaba.

Y en los entrenamientos, conociendo esa vehemencia con la que usted iba, ¿cómo le entraba a Aristizábal, por ejemplo?
No sabe cuántas veces Aristi me rompió la boca, me le comí el codo por ahí diez veces, pero eso fue bacano, me ayudó a aprender que cuando marcaba no podía ir regalado.

Hoy lo agradece…
Claro, así es: calladito la boca, límpiese la sangre, échese agüita y pa´delante, hermano.

¿Cuándo llegó a la titular?
Se lesionó un central, el otro estaba sancionado, el otro estaba con la Sub-23, y el Cococho Martínez, que era como el quinto, se lesionó faltando un día para el partido contra Bucaramanga. Y el profe dijo: “Iván, le tocó”.

¿Qué recuerda de su debut con Nacional?
Veía la cancha y era como cuando a un niño le dicen: “¡Vamos a Disney!”. Había visto a compañeros juveniles perder oportunidades, entonces pensaba: “Voy a aprovechar al máximo”. Ese día ganamos 3 a 0.

¿Ganó algún título con Nacional?
El de la Interamericana del 97, a los 19 años.

¿Cómo se dio su paso a San Lorenzo de Almagro?
Representantes del grupo Mascardi venían por Juan Pablo Ángel y por Chicho Serna. Me vieron y también me quisieron. Nacional no quería dejarme ir porque se quedaban sin “columna vertebral”. Al final cedieron y me fui por tres millones de dólares.

¿Le dio duro llegar al fútbol argentino?
Sí, fue un cambio muy brusco en el modo de entrenar. El tema climático también fue muy duro, pero los compañeros me hicieron sentir bien.

¿Y la hinchada?
Es diferente, muy creativa en los cantos, pero complicada, te la tienes que ganar sudando. Mi nombre lo corearon a los seis meses, y se me salieron las lágrimas; es como si cortejas a una mujer y a los seis meses te dice que sí.

Ahí empezaron a decir que usted era el jugador más rápido en Argentina…
Era velocidad pura.

¿En cuánto hacía los 100 metros?
Nunca los quise cronometrar, me parecía egocéntrico… ¿yo acaso decidí hacer atletismo? Pero te digo la verdad: me sentía el jugador más rápido del mundo, aunque no lo quería decir. A mí lo que me interesaba era demostrarlo cuando marcaba o recuperaba un balón.

Y la “saltabilidad” de la que tanto hablaban… ¿cuánto saltaba usted?
Creo que lo normal es saltar 50 centímetros; yo llegué a 75 con impulso.

¿Qué le enseñó Oscar Ruggeri, defensor central campeón del mundo, cuando lo dirigió en San Lorenzo?
La personalidad, la confianza, que un defensor se tiene que hacer respetar…

Después se empezó a hablar de que iba al Real Madrid, ¿qué pasó?
La gente se va a ojo cerrado para el Real. A mí me parecía más espectacular el Inter. En esto tiene que ver Faustino Asprilla, que nos hizo levantar temprano a ver fútbol italiano. Era la liga más fuerte del mundo, y pensar que iba a estar al lado de Ronaldo, Baggio, Zanetti…

¿En cuánto lo vendieron?
17 millones de dólares. El presidente de San Lorenzo me agarró el día antes: “Iván, el Madrid va a pagar 20 palos y le van a dar más plata”. Le dije: “A mí me da mucha lástima que usted pierda esa platica, pero yo ya estoy decidido”.

¿Tuvo que pagar “derecho de piso”?
En esos niveles los jugadores son tranquilos, nadie está pensando en eso.

¿Cómo fue su relación con Javier Zanetti, el capitán, el ídolo?
El primer día me dijo: “Ven a mi casa y pasamos un rato juntos para que no estén siempre en el hotel encerrados”. Eso nos ayudó, sobre todo por mi esposa, que estaba en embarazo. Estaba muy bien acompañada por la suya, Paula, así yo podía concentrarme en lo mío.

¿Cómo fue el primer partido?
Fue de local contra el Perugia, ganamos 5 a 0. Recuerdo la entrada al estadio; siete años atrás estaba coleccionando las figuritas de Italia 90 y me faltaba la del estadio Giuseppe Meazza… se me venía eso a la mente y decía: “¡Increíble!”.

¿Cómo lo recibió la barra brava?
Muy bien, allá al jugador lo quieren desde antes de llegar. No es que el jugador llega y tiene que ganarse a la hinchada, la gente te canta el nombre, te apoya.

¿Con qué número empezó?
Con el 21, porque el 2 lo tenía Christian Panucci. Cuando llegué, él me dijo: “Yo sé que a usted le gusta el 2, pero tranquilo que yo dentro de poquito me voy y se lo dejo”. A los seis meses lo tenía.

¿Cómo fue la primera temporada, con Marcello Lippi de técnico?
Traumática: no clasificamos a la Champions, nos eliminaron de la Copa UEFA y fuera de eso nos ganó la Reggina un partido imperdible. Y ahí el técnico declaró: “A estos jugadores es como para ponerlos contra el muro y agarrarlos a patadas...”. Al otro día, ya no era más el DT.

¿Quién llegó ahí?
Marco Tardelli, y fue un año muy difícil, porque no tenía experiencia como DT: tenía poco manejo de grupo, nos daba pocas ideas… estuvimos penúltimos.

¿Y los apretaba la hinchada?
Cuando nos eliminaron de la UEFA nos tiraron las sillas al campo y no nos querían dejar salir del estadio. Entonces fuimos con Zanetti a dar la cara para calmar los ánimos. Una vez nos tiraron una molotov al bus. Estábamos ahí cuando sentimos el batacazo. Dicen que pudieron haber sido hinchas del Inter o del Milán, para crear confusión, eso nunca se supo. Estábamos muy mal, íbamos de penúltimos y el Inter es el único equipo de Italia que jamás ha descendido.

¿Usted ahí era lateral?
Era uno de los tres defensores y jugaba a la derecha. Laurent Blanc iba por el centro y Simic, por la izquierda. Era un trabajo hombre a hombre, pero de ese hombre a hombre que si el delantero se iba a tomar agua tenía que irme con él. Entonces se hacía un hueco para el otro equipo... y perdíamos y perdíamos.

¿Qué hacían ustedes?
Zanetti, Blanc, Peruzzi, los referentes, organizaron una reunión. A los defensores nos preguntaron cómo nos sentíamos y yo dije que jugáramos con cuatro defensas porque podríamos cubrir más. Entonces le comentaron al técnico, él cambió y el equipo empezó a mejorar mucho, hasta llegar al sexto lugar.

¿Cómo fue su primer clásico contra el Milán?
Yo no veía la hora de cambiar la camiseta con Paolo Maldini, lo admiraba mucho. Apenas terminó, me fui corriendo a pedírsela. Esa fue la primera camiseta que cambié.

¿Lo llegó a putear la hinchada del Milán?
No, porque nunca polemicé. Yo no negaba una entrada fuerte, pero siempre era leal. Todavía me paran y me dicen: “Soy del Milán, pero tomémonos una foto, usted es un grande”.

¿Qué recuerda de su primer título con el Inter?
Que me tocó levantar la Copa en el San Siro, con estadio lleno, frente a la Roma. Fue la Copa Italia 2006 y en ese entonces no estaba Javier y yo era el capitán. Hacía siete años que no se ganaba nada. Cuando al presidente Moratti le preguntaron qué opinaba de la celebración, dijo: “Muy buena, pero un poquito exagerada, casi como una Champions…”.

¿En qué momento se sintió símbolo del equipo?
Muchos jugadores se fueron, yo aguanté. Mi representante tenía ganas de llevarme a la Lazio, en ese momento el equipo más fuerte en Italia, muy potente económicamente, pero decía: “No me muevo sin ganar cosas importantes”.

Pero estuvo cerca de irse…
En 2010, antes de ganar todo. Casi no jugaba. Mancini había llegado al Manchester City y me llamó, que me quería allá. Hablé con el presidente del Inter y le conté. Me dijo: “Iván, si fuera por mí te dejo ir, pero Mourinho me liquida, él tiene buen concepto de vos, dice que sos un gran profesional, que sos un ejemplo… te pido que te quedes”. Me quedé y en los siguientes seis meses jugué mucho en el campeonato y en Copa Italia, aunque menos en la Champions.

¿Cómo le fue con Mourinho?
Él es un mundo diferente, una biblia.

¿Cómo era la relación?
Era una relación de respeto. Le decía las cosas de frente, nunca me escondí ante situaciones jodidas. Por eso chocamos, pero fue bueno porque eso hizo parte de un conocimiento recíproco. Al final, me lo reconoció.

¿Cómo se lo reconoció?
Me puso en la final de la Copa Italia, la primera final de los tres títulos importantes que estábamos jugando. Me quería hacer matar, pero me lesioné las dos piernas en el primer tiempo. Yo ya estaba pensando en la final de Champions, era en 15 días y me la iba a perder. Pero Mourinho me dijo: “Tranquilo, usted ha hecho mucho por llegar acá y lo voy a llevar así no pueda jugar”. Y estuve en el banco, y calenté a pesar del dolor, inolvidable.

¿Qué recuerda de esa celebración?
Recordé todo lo que vivimos. Cuando Javier levantó la Copa, yo la agarré y apoyé la cabeza en el pecho, como pasando esa energía tan bacana porque lo logramos.

¿Cuándo se convirtió en un italiano más?
Cuando uno comienza a tener estas victorias se convierte en referente y te hacen sentir como un italiano. Mis hijos nacieron en Italia y pedí la ciudadanía años después de estar allá. Pensaba en el club: si lograba ese pasaporte podía liberar un puesto extracomunitario y el equipo podía contratar a otro jugador… y Freddy Guarín lo ocupó.

¿Cómo hizo para no ser el típico jugador farandulero?
Mi papá siempre me inculcó la sencillez. A mí me gustan mucho los carros, pero siempre he tratado de mantener un perfil bajo. Cuando estaba en un buen momento, trataba de no levantarme mucho, porque un día iba a terminar esa notoriedad, tenía que estar preparado.

¿Cuál fue su primer contacto con la mayores de Colombia?
Me llamaron para un partido amistoso en Nueva York contra MetroStars. Yo estaba pendiente de presentar el examen en la universidad, quería ponerme a estudiar, y justo el mismo día llegó la convocatoria… nunca fui a presentar ese examen.

¿Quién dirigía esa Selección?
Hernán Darío, el profe Bolillo.

Usted estaba para el Mundial del 98, pero el Bolillo se decidió por Jorge Bermúdez y el Chaca Palacios como centrales titulares, ¿no le dio rabia?
Mucha, merecía haber jugado. Me imaginaba marcando a Michael Owen… Además, pensaba que era más efectivo tener a un jugador rápido que dos corpulentos para enfrentar jugadores que podrían sorprender, como lo hicieron. Había jugado los últimos partidos de eliminatorias, jugué todos los amistosos y faltando cinco días para el inicio del Mundial, me sacaron de la titular.

¿Por qué lo sacaron?
Algunas versiones dicen que el profesor me sacó porque yo había sufrido una microfractura en una costilla en un partido amistoso. Me dolía, pero me sentía en condiciones de jugar.

¿Qué versión le dio el Bolillo?
Nunca hablamos. Pero fue raro que en ese Mundial nunca más me volvieron a hablar el Bolillo ni Barrabás Gómez.

El capitán era el Pibe Valderrama, ¿nunca le dijo nada?
No, nadie.

Luego Colombia ganó la Copa América con un gol suyo…
Era un momento difícil para Colombia por orden público, y existió el riesgo de no llevarse a cabo. Algunos dicen que fue una Copa América sin todos los titulares, pero Argentina perdió una Copa América jugando en casa y teniendo jugadores impresionantes. Nosotros éramos un grupo muy trabajador, sin figuras, y les llevábamos una ventaja a los demás: Maturana nos convocó un mes y medio antes, sin importar los rumores de cancelación. ¡Fue espectacular! Eso pagó el no haber jugado el Mundial.

¿Cómo fue el gol del título?
Fue una jugada preparada: yo corría para atrás y después ganaba adelante. Me estaba marcando el delantero Jared Borgetti, y eso fue bueno porque el delantero es más dormido para marcar, no tiene esa adrenalina del defensor los 90 minutos. Me lo llevé para atrás, y sabía que en velocidad le podía ganar la posición. Y la metí de cabeza.

¿Y la celebración?
Medio me caigo, volteo y veo que el balón ya está adentro. No sabía cómo celebrar. Corrí, cerré los puños, me tiré al piso a esperar a los compañeros. Después no podía respirar, todos estaban encima, pero ahí podía morir...

Luego llegó Jorge Luis Pinto a dirigir la Selección y…
Todo nace con mi participación en la Asociación Colombiana de Futbolistas Profesionales (Acolfutpro). Fui uno de los creadores de ese ente que vela por los derechos de los jugadores. Empezamos una lucha por tener seguridad social, prestaciones, que te hicieran un contrato según la ley. Lastimosamente, para la Federación y la Dimayor no era cómodo. Pero yo era el capitán de la Selección Colombia y dije: “Si yo no lo hago, complicado que se haga después”.

¿Qué fue lo que realmente pasó con él?
En la Copa América de Venezuela muchos jugábamos en el exterior y veníamos de la temporada europea, con 50 partidos en el año. Entonces el profesor prácticamente nos puso a hacer una pretemporada. Estábamos cargados, las piernas mal, los exámenes médicos daban índices por las nubes. Los doctores decían que pilas. Entonces fui a decirle que muchos jugadores se podían romper.

¿Qué le dijo él?
Que el trabajo no se negocia. Entonces le dije: “Profe, no me estoy inventando esto, vea los resultados de los exámenes, no es un capricho de los muchachos”. Pero él ya venía con una predisposición hacia mí, hacia Yepes y hacia los jugadores con más experiencia.

¿Qué fue lo que pasó con la cinta de capitán?
Pinto me dijo que él tenía dos capitanes, que yo iba a ser el segundo cuando no estuviera Calero. Le dije: “Lo respeto, pero he sido capitán hace rato y los muchachos me reconocen como tal. Si usted nombra a otro capitán, no hay lío, pero yo vicecapitán no seré”. Ese fue otro motivo de distanciamiento.

¿Por qué el fracaso de Colombia en esa Copa América de Venezuela?
Llegamos sin piernas. Además, nos llevaron a hoteles de tercera categoría pudiendo ir a hoteles donde habríamos estado mejor, más concentrados, más cómodos. En los aviones nos tocaba viajar atrás, en el “gallinero”, con todo el respeto de la gente que se puede permitir solo viajar en el “gallinero”.

Eso ya venía pasando…
Les decíamos a los dirigentes que después de un partido con Brasil, por ejemplo, no era justo que saliéramos en un chárter para La Paz y acomodaran a los dirigentes en primera clase, a los invitados en los puestos siguientes y a los jugadores atrás. Todo era al revés: los jugadores tienen que ir cómodos para lograr un descanso adecuado, esas horas son muy importantes para el cuerpo. Para Pinto esas cosas eran de sindicato.

Ahí decidió dar un paso al costado...?
No me podía convertir en una carga para la Selección debido a terceros. Me hice a un lado para que lo que el profesor Pinto tenía contra mí no fuera a afectar a los muchachos.

¿Usted habló de eso con Pinto?
Sí. Al terminar esa Copa América le dije: “Por favor, no me convoque más. Dejemos las cosas tranquilas”. Y me dijo que listo. Acordamos decir que era una decisión técnica.

¿Y qué pasó?
Me volvió a llamar… ¡no respetó el arreglo! Y mandé una carta diciendo que no iba a acudir al llamado. No di más razones. Luego Pinto se fue y hasta ahí llegó esa situación.

Y llegó Eduardo Lara…
Y me convocó, pero más por conveniencia que por convicción. Había una presión de la gente y la prensa de que yo tenía que venir porque estaba jugando en el Inter de titular.

¿Lara le devolvió la capitanía?
No, ya esa había volado. Pero con Lara el capitán era Mario y en ningún momento se me pasó por la cabeza pedírsela. Además, llegué a ganarme un puesto, y lo hice: jugué de titular y nos fue bien en dos partidos; el otro, que no jugué, el de la clasificación contra Chile, perdimos en Medellín.

Su último partido con la Selección...
El último oficial. Después estuve en dos amistosos, uno con el Bolillo. Con eso hay algo que me causa mucha risa: al profesor Maturana le hicieron una entrevista en un semanal, y ya con la grabadora prendida, le entró una llamada del Bolillo, que le preguntó: “¿Pacho, estás seguro de que lo tengo que llamar?”. Y Maturana le respondió: “Yo creo que sí, además es mejor llamarlo porque así te quitas la duda de una vez de si está o no está, y la gente va a estar más tranquila”.

Después de más de 15 años en la Selección, ¿cree que salió mal?
No. Sabía que era la Selección Colombia y, dentro de todo, ellos tenían un respeto por lo que yo había hecho. Disfruté ese último tiempo. De la Selección tengo muy buenos recuerdos, y el fútbol no termina ahí. Mi idea es aportarle algo a Colombia.

¿Como directivo?
No es bueno autopostularse… pero es increíble que en la Selección no exista un mánager que haya vivido el fútbol colombiano, que haya estado en Selección, que sea un referente. Yo tengo 39 años, me queda mucho...

Usted ya fue directivo…
Sí, en el Inter. Ahí valoré que el exjugador que ha olido el sudor de un camerino puede ser importante como dirigente.

¿A qué anda dedicado profesionalmente?
Estoy trabajando como mánager. Quiero dedicarme a la parte de la formación de chicos. Mi idea es hacer una escuela, darles a los jóvenes conceptos técnicos, tácticos y sobre todo mentales.

¿Jeison Murillo es el nuevo Iván Ramiro?
Espero. Tiene las condiciones para que le vaya bien en el Inter. Ahí se permite soñar.

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