Hay dos hechos que me dejaron una marca muy profunda en mi carrera y están relacionados entre sí. El primero tiene que ver con la Copa Libertadores que ganamos con River en 1996. En mi primer ciclo en el club yo había sido campeón del torneo local y me perdí la Copa, que se disputó después del Mundial 86, porque me vendieron a Francia. Hablaba seguido con los muchachos, me sentía parte del grupo, pero no estar el día de la consagración me partió el alma. Por eso, al regresar mi meta era ganarla sí o sí. No se me dio en el 95: me lesioné el hombro y no pude jugar el día que nos eliminó Nacional de Medellín con un Higuita gigante, que hasta nos metió un gol de tiro libre.

En el 96 era mi última chance. Por eso, antes de salir a la cancha, le pedí permiso a Ramón Díaz para charlar con el plantel a solas. No hablé de táctica ni me metí en su rol. “Ninguno se imagina cuánto valen estos 90 minutos”, les dije. Pretendía tener a mis compañeros con la sangre hirviendo. Por suerte se dio. Ganamos 2-0 con dos goles de Crespo y viví una de las jornadas más emocionantes de mi carrera. Lo curioso es que en medio de los festejos alguien se quedó con mi medalla. Y en esa locura de felicidad, mientras todos lloraban y deliraban, yo estaba preocupado buscando mi medalla. Se ve que corrió el rumor porque cuando me había metido en el túnel, un muchacho me gritó desde la entrada: “Tengo tu medalla, pero quiero algo a cambio”. No lo podía creer. Al final le di mis canilleras, que era lo único que me quedaba.

Esa noche única se enlaza con otra historia que a mí aún me conmueve. Por ganar la Copa teníamos que jugar unos meses después contra la Juventus en Tokio por la Intercontinental. En Japón me enteré de que Zidane tenía un hijo recién nacido que se llamaba Enzo. Y que le había puesto ese nombre por mí. Cuando era más joven, Zizou era fanático del Olympique y aunque solo jugué un año en Marsella se ve que mi juego lo impactó y me adoptó como referente. Por eso, tras esa final que perdimos 1-0 con la Juve, me acerqué y le di mi camiseta. Un tiempo después me contaron que la usaba como piyama en la concentración de su selección, en el Mundial 98, que ganó Francia con dos goles suyos en la final.

Que una persona lleve mi nombre como homenaje, que esté metido dentro de su identidad, es algo muy fuerte para mí. En estos años mucha gente me escribió o me paró por la calle para contarme que le habían puesto Enzo a su hijo por mí. Hace un tiempo conocí a Enzo Pérez, el jugador de Estudiantes y de la selección, ahora vendido al Benfica, y me contó la misma historia.

Con Zidane nos hicimos amigos con el tiempo, compartimos distintas presentaciones y entrevistas y ahora estamos juntos en un reality de fútbol en España. Lo que más me impresiona de él es que seamos tan similares en la personalidad. Zizou es tímido, no habla mucho y hasta puede pasar por pedante. Es un loco muy agua tranquila... aunque obviamente tuvo un par de oleajes, como vimos en el Mundial del 2006, cuando le dio el cabezazo a Materazzi. A mí me pasó lo mismo en la Copa América 87 con el chileno Astengo, que me hizo una rotura de cuádriceps que aún conservo con una marca, y yo se la devolví con un cabezazo. Me expulsaron a los veinte minutos y ni siquiera le rompí la nariz. Hasta en eso nos parecemos con Zidane.

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