Mi historia de cómo nadé en una competencia olímpica sin ser un profesional empezó hace muchos años, prácticamente cuando nací, a finales de los años setenta, en Malabo, la capital de Guinea Ecuatorial, en África. En esa época, la ciudad no tenía ninguna piscina. Al menos no una olímpica, de eso estoy seguro. Por eso fue muy raro para mí verme parado ahí, a punto de lanzarme al agua para competir en los 100 metros de natación de los Olímpicos de Sidney 2000. Pero ahora que lo pienso, mi vida fue inusual, en cierta medida, más aún para una persona como yo, que siempre me he considerado un tipo corriente: crecí en un barrio pobre con mis hermanos y mi mamá, pues mi papá se había separado de ella cuando yo tenía apenas 8 años. Mi vida era como la de cualquier niño de un barrio popular de Malabo: iba a la escuela, tenía amigos, intentaba no meterme en problemas… Y después de clases ayudaba en el negocio que tenía mi mamá: un pequeño bar del cual sacábamos el sustento familiar.
De deportes, jugaba fútbol, aunque nunca fui bueno con la pelota; también practicaba baloncesto, pero una lesión en la muñeca me apartó de las canchas durante unos meses. Y después de un tiempo de haber tenido esa lesión empecé con la natación... de río, por lo que ya dije antes: no había piscinas.
Viene entonces la pregunta: ¿cómo un tipo que nada en ríos termina participando en los 100 metros de natación de unos Juegos Olímpicos? La verdad es que fue muy sencillo: oí en la radio nacional un anuncio en el que un locutor decía que se necesitaban nadadores, y yo simplemente seguí mis instintos y me apunté. No hubo eliminatorias, no tuve que competir contra nadie, no necesité demostrar mis cualidades de nadador aficionado; fui el único que se presentó ese día a la convocatoria y quedé como representante de mi país en la prueba de los 100 metros libres de natación, una competencia que, valga aclarar, ni siquiera sabía bien en qué consistía.
¿Por qué tan fácil? Porque resulta que el Comité Olímpico Internacional tenía un sistema mediante el cual asignaba unos cupos a algunos países con poca tradición deportiva. Como solo había una persona interesada en Guinea Ecuatorial, pues fue escogida. Y esa persona era yo, Eric Moussambani. Así terminé representando a mi país, que no ha ganado nunca una medalla olímpica.
Mi preparación estuvo a la altura de las circunstancias, pues nunca tuve trajes especiales ni gimnasios dotados ni equipos para monitorear mi rendimiento. Ni siquiera entrenador:  trabajaba solito, en algún río o alguna playa cercana. Allí nadaba durante un par de horas diarias siempre a mi manera, instintivamente, como aprendí. Para mí mismo resultó sorprendente verme siete meses después viajando a Sidney. Y más sorprendente resultó la piscina olímpica que tuve frente a mí, la de la competición: esa llanura azul y en calma.
No puedo negar que todo era sorprendente, todo, pero hubo dos asuntos que me impactaron más que cualquier otro: la extensión de la piscina, por un lado; la veía gigante, inabarcable. Por el otro, el ruido en la gradas: ver tanta gente pendiente de mi desempeño, sentir que había toda una expectativa, tener que lanzarme allí, delante de toda esa multitud, y nadar.
Debía competir contra dos nadadores más, uno de Tayikistán y otro de India. Mi humilde procedencia y preparación resaltaba con la de ellos aún sin tocar el agua: ellos hacían gala de sus trajes de baño aerodinámicos, enteros, mientras yo andaba con un discreto vestido de baño.
Quienes han seguido alguna carrera de natación deben saber que si uno se lanza al agua antes de tiempo, queda eliminado. Increíblemente, eso sucedió: mis dos contrincantes fueron eliminados. De modo que tuve que competir solo. Entonces me lancé y el resultado ya es muy conocido: mi tiempo no alcanzó para pasar a las finales. Al principio avancé con convicción. Durante los primeros 50 metros me sentí bien físicamente, muy concentrado, muy fuerte. Recuerdo que nadaba y nadaba y nadaba, pero la sensación de agotamiento se fue haciendo cada vez más grande. Nadaba mucho, pero sentí que no avanzaba, que no conseguía atravesar la piscina. Una vez alcancé el extremo de la piscina y emprendí el camino de regreso, sentía que mis piernas ya no daban más, que estaba fundido. Nunca había nadado tanto ni con tanta fuerza, y nunca, sino hasta ese momento, había sentido tanto cansancio: en el trayecto de regreso, los brazos casi no me respondían. Veía el borde de la piscina, la meta, en el fin del mundo. No sé cómo hice para llegar, pero llegué: casi con “nadado de perro” y la lengua afuera.
Cuando salí de la piscina, oí un gran aplauso del público. Había completado los 100 metros en 1 minuto 52 segundos, más del doble que el ganador de la medalla de oro, el holandés Pieter van den Hoogenband, quien hizo un tiempo de 47,84 segundos. Pero eso era lo de menos. Ya nadie me quitaba lo hecho: haber participado, haber sido el único representante de mi país y haber hecho lo que logré.
Hoy veo en YouTube videos en los que ciertos comentaristas se burlan de mi manera de nadar y otros que me elogian por mi esfuerzo en medio de las circunstancias. Fue absurdo, pero verdadero: nunca había nadado 100 metros en una competencia de natación. Mi primera vez fue en los Olímpicos.
Después de la competencia me fui a descansar. Cuando me desperté, caminé al comedor de los atletas y vi que todo el mundo murmuraba cuando yo pasaba, decían mi nombre y querían hacerse una foto conmigo. En ese instante entendí que mi vida había cambiado: pasé de ser un desconocido a convertirme en el personaje más famoso de mi país.


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