La sexualidad del pastor

Fue a finales de septiembre de 2002, cuando mi entrañable amiga travesti Xiomara Rosa llegó a mi casa para pedirme que la acompañara hasta un campo de fútbol ubicado en la zona limítrofe entre los barrios Conidec y 7 de Abril, en el suroccidente de Barranquilla. Le pregunté cuál era la prisa que llevaba mientras me jalaba de la mano para apresurarnos. “Vamos a escuchar la prédica de un pastor cristiano”, fue su respuesta. “¿Y piensas ir así?”, le pregunté sorprendido: no eran los altos zapatos de tacón, ni siquiera el bluyín que le marcaba obscenamente su pene estrangulado, ni la blusita recamada de brillos lo que realmente irritaba; era ese maquillaje de puta que traía encima. “Fue lo más sencillo que pude encontrar”, contestó ella. 
Cuando llegamos al lugar, fue inevitable no llamar la atención. Eran casi cien personas sentadas en sillas plásticas, todas expectantes frente a una pequeña tarima de madera en la que reposaba un atril, una mesa con vasos de agua y un enorme retrato de una mujer apenas vestida con una blusa ajustada y un diminuto short que dejaba al descubierto unas nalgas enormes y un par de piernas bien definidas. Al mirar con atención su cara, se deducía de inmediato que aquella foto no era la de una mujer verdadera. “Ese es el pastor, bueno esa solía ser él”, dijo la Xiomara como si nada. Todo se hizo claro cuando hizo su aparición un hombre que subió a la tarima. Luego de un breve aplauso encendió el micrófono y lo primero que dijo fue: “Yo vencí a ese demonio”, señalando el retrato que reposaba sobre la mesa. El pastor resultó ser Deiman Ariza, un extravesti que gracias a la intervención divina volvió a ser el varón que todos ahora veíamos moverse de un lado a otro, azotando el aire con la Biblia. A pesar de su notable cambio físico, el pastor mantenía en el tono de su voz cierto dejo de amaneramiento, que era la comidilla de algunos incrédulos que con sarcasmos a baja voz, ponían en duda la transformación del predicador. “Yo lo que quería ver, era cómo se veía de travesti, y sí, era regia como ya me habían contado”, apuntó la Xiomara despectivamente. Pues ahora nos quedamos, le dije en ese momento y escuchamos el testimonio de Deiman, quien aseguraba tener la cura para que el demonio del homosexualismo saliera de los cuerpos de las personas a quienes tenía sometidas. Así nos enteramos de cómo el pastor le fascinaba observarse de siete años frente al espejo vestido con los trajes de su hermana, también de su debut como transformista en unos carnavales en la década de los ochenta y hasta de su historial como servidora sexual por las peligrosas calles de Medellín a mediados de los noventa. Deiman, al igual que todos los pastores evangélicos, argumentaba que la homosexualidad era un demonio, una maldición heredada por culpa de algún antepasado familiar que hubiese hecho algún pacto con demonios que pueden tener la forma del santoral católico, la hechicería o el vudú. “Porque ningún afeminado entrará al reino de Dios”, escupía el pastor aquella noche con su vocecita aflautada, mientras Xiomara descaradamente armaba un bareto. Ocho años después, decidido a buscar una “cura” a mi amariconamiento, al pastor Deiman se le da por morirse, él, que tenía la supuesta cura a mi mal, falleció hace algunos meses de una presunta infección pulmonar, dejando una viuda y un pequeño huérfano. Pero al ver unos testimonios en video montados en YouTube, donde se le ve tan convencido de su fórmula mágica, me digo que por su honor pondré mi carne sobre la parrilla. Yo, a quien algunos llaman graciosamente La Better, seré todo un varón, cueste lo que cueste.
Con sangre entra
La iglesia católica de la Santa Cruz, en el barrio Ciudadela 20 de Julio, es un feo edificio pintado de rosado fuerte, que a cierta distancia parece un recamado merengue al que alguien puso sin mucha gracia una cruz en su punta. A las dos de la tarde la iglesia está prácticamente vacía, cualquier ruido por leve que sea, produce un eco que queda vibrando en el aire. 
—¿Usted es el chico que me vino a buscar ayer? —preguntó el padre haciendo resonar sus pasos por los marmóreos pisos. Al fondo, justo detrás de la mesa de la liturgia, un Cristo de tamaño monstruoso parece precipitarse, una demencial escultura que brota de la pared central que en vez de producir regocijo, lo que trasmite es una angustia indescriptible.
—Sí, padre —respondo apartando la mirada del Cristo. Entonces le cuento al sacerdote mis intenciones masoquistas de azotarme como hacen año tras año algunos fanáticos religiosos del municipio de Santo Tomás.
—Aunque la Iglesia no está de acuerdo con esas abominables prácticas paganas, una cosa sí te digo, hijo, cualquier medio utilizado con tal de que corrijas tu vida y dejes ese pecado que esclaviza tu cuerpo es válido, así que id, id, y castigad la carne, ¡la carne! fuente de toda inmundicia —sentenció el cura y como un fantasma desapareció envuelto en su sotana.
 
Viernes Santo: el día elegido
¿Te vas a picar?, ¿quién te va a picar?, ¿es la primera vez que te vas a picar? Esas eran las preguntas que me hacían los habitantes en el municipio de Santo Tomás, al verme aparecer vestido con las indumentarias propias de los penitentes que tradicionalmente, año tras año, recorren (tomando como punto de partida un lugar llamado el Caño de las Palomas) un camino doloroso para agradecer las plegarias que Dios, en su infinita misericordia, ha atendido: el hijo inválido que ha caminado de pronto, el mudo que de repente canta el Himno Nacional, o la mujer entrada en años a la que la radiación de la fe le ha fulminado esos dolorosos nudos que enquistaban sus senos.
¿Y usted qué manda paga? Me pregunta una mujer campesina de endeble aspecto, quien se flagelará porque su hija fue curada milagrosamente de un cáncer terrible.
—Pues yo vengo a que el Señor Todopoderoso me quite lo gay.
—¿Qué es eso?
—Una enfermedad muy grave, mi señora —le respondo, y ella se queda murmurando algo que no logro entender. 
Ever Machado es mi ‘preparador’, es el hombre encargado de infundirme el valor para lo que se me viene encima, es casi como un coach de boxeo, solo que él, en vez de incitarme a darle golpes a otro, me instruye de cómo debo autoinfligirme dolor: la intensidad del golpe, la altura precisa donde ‘la disciplina’ debe caer o la velocidad con la que debo caminar. ‘La disciplina’ es un látigo hecho con cabuya y dotado con siete bolas de cera de abejas endurecida, cuya misión es inflamar la carne de quien se flagela, para después ser cortada al final del tortuoso camino. La ruta es larga, la arena es hirviente, ha pasado el mediodía. Me pongo de rodillas, con el capirote ya puesto, esa máscara que usan los penitentes para proteger su identidad, rezo un padre nuestro, tres avemarías, tomo el látigo y, como diría Capote, me inflijo el dolor necesario. Es inevitable no sentir culpa por cada azote dado, más aún si cada latigazo me produce algo más parecido al placer que al arrepentimiento. Entonces vienen a mi cabeza terribles y absurdas imágenes: chicos ahorcados en Irán por ser homosexuales, el culo peludo de Mockus, el padre Chucho sodomizado por Ron Jeremy, los gemelos de Ricky Martin sonriendo diabólicamente, una de esas máquinas folladoras dándole duro a un protagonista de nuestra tele. Esto no está funcionado, me digo a mí mismo, pero igual sigo con el látigo que Dios me ha dado. “¿Un aguardiente?”, pregunta el preparador. Me empino la botella en un trago largo que humedece mis ojos, siento como si tragara lava derretida y como si mi estómago se encendiera igual que una caldera. A mitad de camino ya estoy borracho. “El preparador” se me va haciendo un hombre más atractivo, y entonces tomo aire y doy ahora con más fuerzas en las heridas que ya empiezan a brotarme. El dolor parece surtir efecto, porque cuando dirijo mi mirada a él nuevamente, no veo más que a un campesino de fea apariencia y curtido por el sol de estos lares. Sigo el camino infernal, es como ir dando pasos por carbones encendidos. A lado y lado de la ruta hay gente que va y viene, algunos se unen a nuestra marcha, ya somos una procesión de casi quince personas. “Tómese otro cole”, dice un chico que está entre la multitud. Tomo la botella de aguardiente y me meto un trago aún más largo que el anterior. Sudo como un búfalo de varias toneladas, eres una bestia de arado, un gigantesco camello atravesando el desierto, un cerdo que se ha revolcado en los más pestilentes chiqueros, me dice en mis adentros la voz amariconada de monseñor Rubiano. “¿Y qué manda está pagando este?”, pregunta una mujer al preparador. “Ninguna, este lo que quiere es dejar de ser marica”, le dice a la mujer en un tono de voz discreto, pero tengo oídos de águila y percibo una risita a coro entre los que vienen detrás de mí, una de esas risitas que cuando niño muchos dejaban sonando a mis espaldas. Pásenme más aguardiente, les increpo, y de un solo buche acabo con un litro de ese trago de porquería que tanto le gusta al colombiano promedio. En el horizonte veo una figura, una estampa flameante que se acerca, parece Xiomara Rosa, quien me hace señales con un espejo en la mano, pero eso es imposible, la Xiomara Rosa murió hace más de un año, yo mismo la vi a través del ataúd rezumando cloroformo. ¡Vamos, viejo, ya casi llegamos!, la figura no es otra que Henry Navarro, el reportero gráfico de esta crónica, quien con su cámara va disparando ráfaga tras ráfaga, mientras trata de darme ánimo para que no desfallezca.
Llegamos por fin a una pequeña capilla. El piso está ensangrentado y el olor a sarna es insoportable. Una cruz de madera negra representa la etapa final de la travesía. Caigo cansado, arrodillado apoyo mis manos en el rústico altar. Elevo una oración al cielo y me levanto rápidamente. Al voltear, exhausto, a la primera que veo es a mi madre, junto a Javier, un chico delgado, de escasos 19 años y ojos como almendras ennegrecidas: él es el chico a quien amo.
—¿Cómo se siente? 
Pongo en manos del preparador el dinero que cobró por sus servicios y le digo que no lo vaya a gastar en putas. “Esas son las que usted necesita”, es lo último que le oigo decir antes de perderse entre la multitud.
 
Una cita con la princesa Ópalo
Mónica Jiménez es una mujer de 47 años de edad, pesa casi doscientos kilos y desde que tiene memoria es una bruja consumada. Su centro de operación queda en el barrio El Campito, un alegre sector de Barranquilla, donde la ley parece ser que si quieres ser popular debes tener un equipo de sonido con bafles a todo volumen puesto en la puerta de tu casa. Pasa, dice la madame, conduciéndome a uno de los cuartos de su casa donde tiene su consultorio. El olor a tabaco es evidente.
—Según lo que me dijo por teléfono, usted quiere dejar de ser como es.
—Así es —le respondí.
—Primero veamos qué dicen las cartas —repuso, y de inmediato sacó una vieja baraja española que desplegó sobre una pequeña repisa. Habló de un pronto viaje, de algún objeto que iba a perder, y de una mujer que, según ella, pensaba mucho en mí—. Mírela aquí, ¿la ve? —preguntó ella.
Pero solo se veía una carta con una serie de copas llenas de oro. Al terminar su número, me hizo tirar sobre el piso, desde ese punto podía ver su cara de buda criolla mirándome con cierto dejo de ironía. Tomó unas ramas de matarratón y olivo, encendió un tabaco y empezó a darme de azotes en el cuerpo al tiempo que aspiraba un tabaco encendido. Invocó nombres de santos, habló del famoso negro Felipe, el santo pingón y borracho que se coge a las mujeres en sueños. Le pidió su guía, que entrara en mi cuerpo y me diera su virilidad negroide. Pero lo único que entraba en mi cuerpo era la ceniza del tabaco que caía en mi cara como una leve llovizna volcánica.
“¡Voltéese! —ordenó la princesa Ópalo, y se encarnizó a darme de ramajazos en el culo. Experimenté la misma sensación de placer cuando latigué mi cuerpo en Santo Tomás—. Porque de aquí es que sale su problema”, dijo Ópalo, sugiriéndome que abriera el trasero. Con algo de miedo separé mis nalgas y la bruja dejó caer un aceite. Al principio la sensación fue de un tenue calor, calor que se convirtió en un ardor insoportable de un momento a otro.
—¿Usted qué me echó? —le pregunté indignado.
—Si después de esto sigue usted empecinado en meterse por detrás lo que no debe, pues debo concluir que es un marica sin remedio. 
Sin duda alguna debo serlo. En China, en la década del cincuenta, la homosexualidad la curaban supuestamente con descargas eléctricas; hoy en día utilizan métodos menos violentos como la psicoterapia y el tratamiento con antidepresivos. Después de probar el castigo de la fe o la superchería popular, solo me queda por pensar que eso de curarse de ser gay no es más que un cuento chino. Un último dato con respecto a la pérdida de un objeto, según las predicciones de Ópalo fue cierto: ese día en su consultorio perdí un reloj, por fortuna, también chino.

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