No sé cuánto tiempo lo resista ni hasta qué punto la paciencia no se agote, pero cada vez que me enfrento al fervor de quienes defienden nuestros más altos valores nacionales en la música, las letras o el deporte, me invade un profundo sentimiento de malestar que difícilmente puedo superar al día siguiente.

Cuando esto ocurre, quiero decir, cuando alguien en la calle o en el trabajo, o en el ascensor, o en el parqueadero me habla de las virtudes inigualables de Shakira o de Juanes, inmediatamente tengo que acudir a la valeriana, declararme en reclusión permanente en mi casa y enfundarme en unos audífonos para olvidarme de todo durante varios días. Los que sean necesarios.

No lo puedo evitar. Es el único remedio que conozco. Y es que, aunque siempre me he sentido orgulloso de los triunfos de quienes alcanzan el éxito, me producen alergia sus fanáticos. Me da rasquiña el elogio por el simple elogio. Me destempla los oídos el aplauso por el aplauso. Me marean en el estadio las olas por las olas.

Con el paso de los años, he aprendido a saber que no hay nada más aburridor que un fanático gritando en la mitad de un concierto y que no existe peor plaga que un fan furibundo hablando con pasión sobre sus ídolos en la mitad de una reunión que, hasta ese momento, se desarrollaba de manera muy amable. Aunque quizás deba ser más categórico: no hay nada más aterrador en la vida de un hombre que encontrarse con una persona que deposita sus ilusiones en las ilusiones alcanzadas por los demás. Y entonces sonríe. Y vitorea. Y pide autógrafos a la salida de los hoteles, como si con ellos pudiera saborear las boronas de fama que se deslizan de la boca de sus ídolos.

A lo largo de mi vida he conocido fanáticos que lo han dado todo por conseguir un disco “incunable” de los Beatles, que han arriesgado su dignidad tatuándose una divertidísima lengua roja en uno de sus brazos, que han intercambiado una docena de libros de poetas franceses del siglo diecinueve por una primera versión de Fanctotum de Bukowsky, que han preferido un partido de fútbol entre Millonarios y Santa Fe a cambio de una tarde de sexo, sin condón, al lado de sus novias. Sé de amigos, valga decirlo, que siguen con ansiedad enfermiza los últimos movimientos de U2 alrededor de la Tierra; que viajan kilómetros para conocer “en directo” la casa donde Dalí pasó sus momentos más angustiantes de pobreza; que lo dan todo por tener en sus casas una fotografía en la que aparecen acompañados por una modelo de tetas firmes y curvas peligrosas. No digo mentiras.

Los fanáticos son seres molestos, con indicios de fiebre a toda hora, impetuosamente comunes y aterradoramente moldeables, como la greda. Aplauden los éxitos de Juanes o Shakira de manera robotizada, creen en las mentiras que mantienen vivos a sus ídolos porque ellos también están hechos de mentiras y, finalmente, se atribuyen los logros de sus estrellas como propios para, entonces, sin pena ni vergüenza, conjugar el verbo del éxito siempre en plural, diciendo, por ejemplo, ‘hoy ganamos’, ‘hoy conseguimos’ o, engreídamente, ‘hoy somos’. Están enfermos. Están perdidos.

Al igual que muchos, mi vida siempre se ha conjugado en singular. Y eso me gusta. Hoy gano, hoy consigo y hoy soy. Creo en los triunfos de quienes los consiguen. Creo en las risas de éxito de quienes abrazan toda clase de medallas. Creo en los aplausos de quienes los merecen. Pero, definitivamente, no creo en sus fanáticos. Son piedra pómex que raspa a la victoria.

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Los fanáticos deben estar saltando en una pata: Shakira triunfa. En el último número de la revista Rolling Stone (versión USA), su disco Laundry Service aparece ubicado en el puesto 15 del Top Billboard, por encima de Britney Spears (22), Jewel (23) y Jennifer López (45).

Me parece bien que Barranquilla triunfe. Que tenga carnaval y, sin embargo, triunfe. Aunque, a decir verdad, a diferencia de sus fanáticos, soy consciente de una cosa: prefiero el puesto número 30 de Pink Floyd. Simplemente, me gusta más.

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