La primera vez que vi trabajar a un DJ se me pusieron los pelos de punta. ¿Cómo es posible, me dije, yo que conservo mis vinilos como un tesoro, que alguien torture sus discos de esa manera, a fin de sacarles un espantoso scratch con la intención imposible, impotable y torcida de producir placer en un oyente? Pero uno aprende todos los días algo nuevo (a la cama no te irás sin aprender algo más), y ahora sé que no es por el odio que sienten por sus discos, ni porque se hagan los locos que los DJ martirizan sus acetatos bajo las ásperas agujas. Aunque en los comienzos había cierto maltrato de las lunas de ebonita que llamó el poeta colombiano, la tecnología se encargó después de disminuir el mal en los surcos y comenzaron a fabricarse agujas especiales de puntas más dulces que las del pasado, redondeadas y de distintos calibres para conseguir los efectos convenidos. Y luego incluso reemplazó los acetatos por máquinas preparadas ex profeso para las manipulaciones de la estética nueva. Espantosa mientras uno se acostumbra. Y aprende a entender de qué se trata.

Para que me enterara de estas cosas y de otras, la revista, esta revista, la revista SoHo, que se preocupa por mejorar el nivel cultural de sus colaboradores habituales y de sus lectores de siempre, me encargó tomar un curso de DJ más somero que profundo. No basta exasperar un tornamesa. También hay que estudiar para ser un DJ que se respete y merezca su reputación. Yo fui a la DJ School, en Chapinero, una escuela dirigida por el músico Óscar Palacios. Porque, si no sabías te lo cuento, para el ejercicio de esta profesión es ideal tener una buena formación musical ojalá de conservatorio, ya que no se trata solo del ruido por el ruido. También hay que tener sensibilidad y un oído, si no perfecto, si no absoluto, excepcional, o por lo menos avezado en apreciar las tonalidades y las alturas y los ritmos. Porque en la vida, señoras y señores, todo es cuestión de ritmo: al hacer el amor, a la hora de comer y en la pista de baile, hay que mantener el ritmo siempre.

Mi primer maestro en la DJ School, aunque no me crean, se llamaba Darwin, lo cual no me sorprendió porque parodiando al poeta, quién no se llama Darwin o cualquier otra cosa. Y me pareció de buen augurio. Darwin iba a ayudarme a completar mi evolución, musical para el caso, iniciándome en una de las más aplaudidas formas contemporáneas de la música electrónica. Sin contar con que estamos celebrando otro aniversario del hombre que tuvo la idea peregrina de que venimos de un mono perdulario, como si no tuviéramos ya suficientes motivos para estar avergonzados de la clase de mundo que hemos hecho como unos perfectos animales de pelo.

Darwin me inició en los secretos de los equipos, en la historia del oficio que ya no es un oficio joven, y me explicó las nociones básicas del asunto: sobre todo, es preciso hacer bien la mezcla, mezclar de un modo apropiado dos melodías divergentes en un solo paquete de bits a partir de dos platos paralelos que giran a la misma velocidad o a distintas velocidades siempre que armonicen, para luego, por medio de los controles de la consola cambiarles la altura y jugar con el volumen y la intensidad a fin de que los fieles del nuevo estilo musical que en realidad son varios, entren en un paroxismo que imite la felicidad primitiva de las llanuras del África donde tuvimos origen, según los seguidores de Darwin, el suspicaz inglés, no mi maestro de DJ, hasta sudar la gota gorda como mineros o como negros, o como mineros negros.

Los DJ no son uno solo, digo. Los hay que prefieren usar músicas caribeñas para sus mezclas, los que usan los ritmos afroamericanos salidos de las iglesias bautistas y los prostíbulos de los algodonales, los hay en fin, de muchas clases. Todo está permitido en el reino de la experimentación para el DJ siempre que lo haga con gracia y soltura. Pero todos están dirigidos al mismo fin, es decir, a producir ese paroxismo parecido a la felicidad que buscan los hombres y las mujeres de hoy en los templos contemporáneos de las discotecas. En retribución, sus públicos los convierten a veces en divos, las mujeres se rinden a sus pies y los hombres los envidian y les piden autógrafos. Hay DJ que son auténticas estrellas del mundo del espectáculo de hoy, y hacen giras universales y salen fotografiados en los periódicos y son tratados como reyes donde quiera que vayan.

Le pregunté a Darwin qué relaciones mantenían los DJ con la bohemia, si consumían por ejemplo la socorrida cocaína como muchos guitarristas del primer mundo, el segundo, el tercero y el cuarto, si a veces acaban alcoholizados como algunos bluseros o heroinizados como ciertos rocanrrolistas, pero Darwin me miró con los mismos ojos de escándalo con que su tocayo el inglés contempló las iguanas de las islas Galápagos que tienen tanta cara de políticos profesionales y parecen tanto en cierto modo berlusconis involucionados, cuando en su corazón de mono eclosionaba la teoría peregrina que lo hizo famoso y que abochorna al mono. Había de todo, me dijo Darwin. Como en todas las profesiones. Pero un buen DJ, por más que contribuya a los desafueros de las fiestas modernas, debe mantener la cabeza limpia y el pulso firme. Al fin de cuentas es el director de los jolgorios. El encargado de mantenerlos calientes. Hoy por hoy, me dijo Darwin, el DJ es un profesional de la música como los organistas de las capillas luteranas de Alemania, los bateristas heavy o Daniel Barenboim. Y las diversas escuelas de Bogotá imparten las enseñanzas del oficio, por dinero, como los sofistas de los años de Sócrates, las directrices que completas duran a veces varios años divididos por semestres, o poco menos, de acuerdo con el talento del alumno. Durante los cursos el pupilo debe adiestrar el oído y la mano, dominar los secretos del funcionamiento de la máquina, y aprender todas las posibilidades de las consolas de las mezclas y de los brazos de los tornamesas. Al terminar el curso, las escuelas colocan sus productos terminados en discotecas de moda o los ponen en contacto con los aficionados para que presten sus preciosos, retumbantes oficios en fiestas privadas. Cada día los frentes de trabajo se amplían para los DJ, al contrario de lo que sucede con los arquitectos y los ingenieros que a veces acaban manejando taxi o vendiendo jamones en una charcutería. El DJ no. El DJ tiene el futuro asegurado. Porque como se sabe, a medida que las sociedades se aproximan a sus crisis postreras, la gente baila con más ímpetu y pone más entusiasmo en brincar y se despeluca más y quiere una música más atronadora y frenética que la aturda, para no pensar en el destino que aguarda. Mientras el mundo se derrumba, la gente se aferra mejor a su rumba.

Mi debut como DJ fue una noche de noviembre de 2009, en Bardot, en el parque de la 93, un lugar bautizado en honor a la actriz francesa, la malísima Brigitte, que se encamó los más distinguidos hombres de cine de los años que precedieron a la llamada Nueva Ola francesa, siempre diligente en el ofrecimiento de la húmeda flor de su entrepierna y de sus labios carnosos y de sus pechos exuberantes que desvelaron a tantos adolescentes sanos en los años sesenta que le dedicaron en consecuencia innumerables series de trabajos manuales de baño. Aunque a pesar de todo, solo está vinculada a esta música extrema por la imaginación de quienes escogieron el nombre del sitio. Porque la única vez que Brigitte cantó en público, que yo sepa, cantó una canción agropecuaria, una guabina boyacense, aquella que pregunta por Cuchipe y pregunta por Dolores. ¿Te acuerdas?

Bardot, contra lo que yo esperaba en una discoteca de hoy, está decorada en contravía de las otras, que suelen recurrir a los mobiliarios minimalistas de líneas escuetas más funcionales que rebuscados. Bardot ofrece sofás franceses con tallas doradas en los espaldares y lámparas de estilo llenas de brazos como los pulpos y de lampadarios de los tiempos de la guillotina. Y la noche de mi debut, también contra de mis expectativas, el público estaba compuesto no por un montón de jóvenes sudando hormonas vivas, sino por grupos de cincuentones circunspectos con sus tímidas esposas. Aunque en un rincón anidaba un colegio de modelos, una guajira que dijo que leía mis cosas, una caleña con los pies recién pedicurados y Violeta Struvay, una pereirana de ascendencia belga que niega por completo el cuento de Darwin de que venimos del mono. Es imposible que Violeta descienda del mono. Del mono pueden descender Luis Guillermo Giraldo o Valencia Cossio, si ustedes quieren, o Hugo Chávez con mucha probabilidad, pero no Violeta. Violeta desciende, si debe descender de algún tronco particular de seres concretos, de una tribu de ángeles desplazados del cielo que nos tienen prometido por insoportablemente bellos y deseablemente perversos. Me pregunto si tendrá ombligo. Dicen que a Adán y a Eva les faltaba.

Claro que con mi exigua preparación en la DJ School necesitaba un apoyo aunque fuera moral. El encargado de prestármelo fue el DJ de Bardot, un joven músico, baterista de un grupo de rock bogotano. Un joven sencillo, servicial y comprensivo, con quien nos entregamos hasta que pasó la medianoche a atronar el espacio clásico de Bardot, a propiciar los saltos del público asistente, del grupo de cincuentones con sus esposas levemente menores, las modelos que acompañaban a la divina Violeta, y los otros que fueron llegando poco a poco a gotas contadas como comienzan siempre los grandes aguaceros. Porque a Bardot la gente suele llegar tarde, tarde en la alta noche, cuando a las estrellas del parque de la 93 empiezan a cerrárseles los ojos. Como a mí comenzó a pasarme, al filo de la madrugada, mientras me dirigía a mi casa por una autopista solitaria, y solo. Juro que disfruté la velada. Sobre todo, me queda como una riqueza el recuerdo de Violeta Struvay. Un ángel vestido de negro y sin alma posible. Porque para qué va a necesitar alma una mujer así, si ya tiene ese cuerpo, y esos ojos procaces o que en todo caso indujeron en mí un montón de pensamientos inconfesables aquí, que le dije a ella al oído. Tengo derecho a mis secretos. ¿Cierto, Violeta?

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