La vocación es un lujo de la gente acomodada. No digo de la gente con plata, no, sino de la gente que tiene algo de tiempo (algo de silencio) para oír el llamado de un oficio. Es eso lo que significa la palabra "vocación": una voz que nos revela quiénes somos en verdad. Pero que, si lo pensamos con cuidado, no siempre alcanzamos a escuchar: el mundo es una suma de ruidos que nos paralizan (el mundo nos grita "hagan dinero", "alimenten su arrogancia", "escápense de ustedes mismos") hasta convertirnos en caricaturas de lo que fuimos. ¿Quién puede decir, en este lugar, que se ha dedicado al trabajo que necesitaba, al trabajo que soñaba cuando niño, al trabajo que lo vuelve lo que es? ¿Quién de acá se atreve a confesar que un día, en un inesperado momento de calma, descubrió que tenía que ser cura o bombero o cirujano para sentirse cómodo en la vida? Yo me ofrezco a comenzar. Yo escribo, a pesar de mí mismo, porque acepto que eso es lo que soy. Yo me dedico a escribir porque siempre regreso en paz de la escritura.

No importa para qué ni qué tan bien lo hago. No importa que el talento solo me alcance para obras menores. Mi labor no es la de criticar ni la de leer ni la de juzgar las cosas que escribo. Mi labor es escribirlas. Nada más. Y nada menos. Me he comprometido conmigo mismo a sentarme aquí, en esta habitación mal iluminada, a encadenar las palabras hasta convertir cada frase en un hechizo. Me he prometido quedarme acá, en la esquina del patio de recreos, con los dedos en ese piano que no produce sonidos sino notas. He decidido dejarme ir, sin mirar atrás más de la cuenta, en el esfuerzo de decir (mejor: en la obsesión por corregir) lo que pienso sobre las cosas que siento. Tal vez no se entienda del todo lo que digo. Tal vez tenga algo de locura este trabajo. Acaso este ejercicio, el que describo, les suene tan raro a los demás como me suenan a mí los ejercicios de traducir a Dios, de apagar incendios o de poner a andar un corazón que estaba quieto. Sea como fuere, suene como suene, el oficio del que escribe no es mejor ni peor que ningún otro oficio. No es más interesante ni menos riesgoso. Es solo que es el mío. Y estamos acá para que cada uno hable del suyo.

Estoy atrapado en esta forma de vivir la vida. Y por eso, porque en este punto no tengo alternativa, ya no importa si a los lectores les gusta lo que hago. Yo escribo lo que puedo. Yo escribo lo que tengo. Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que las malas reacciones de los demás me tomaban por sorpresa. Hubo una vez, hará unos tres o cuatro o cinco años, en la que los comentarios histéricos a mis textos de prensa ("yo sé dónde vive este tipo", decía el peor), los chismes maliciosos sobre mis publicaciones ("parece que es sobrino del editor de Planeta", le dijo un desconocido a mi hermano) o las sentencias equivocadas en los cocteles ("es una fabricación de los medios", dijo una mujer en la mesa del lado) no me dejaron dormir tan bien como quería. Pero no. Ya no. Lo único que me preocupa, ahora, es dejar dicho lo que se me ocurre. Sé bien que no hay grandes logros más allá de terminar lo que se empieza. No hay elogios ni desprecios que valgan. Ni famas que estén esperando a la vuelta de la esquina.

Sé que es lo mismo que en la vida: de vez en cuando alguien agradece que uno sea lo que es, de vez en cuando a alguien le ofende que uno exista, de vez en cuando habla uno el mismo idioma de alguien.

No todos encuentran el silencio para oír su vocación. No todos alcanzan a conocerla. No todos se dan cuenta de que sí, en efecto, la están atendiendo. El planeta está lleno de misioneros frustrados, de futbolistas que no se atrevieron a entrenar en un equipo de verdad, de soldados que se han conformado con regañar a los hijos a las cinco de la mañana. El mundo está plagado de gente que se ha quedado sorda a fuerza de rendirse ante los hechos. Y de personas que se preguntan cómo saber cuál es aquel oficio que las llama desde ese punto del futuro en el que todo ha hallado su lugar. La clave, digo yo, está en quedarse quieto. Y en preguntarse mil veces qué se quiere (se va quedando uno sin palabras) hasta darse cuenta de que se ha tenido siempre.

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