Virginia Woolf afirmó alguna vez que lo único que una mujer necesita para escribir es una habitación propia y dinero. Esto, claro, deja sin resolver el problema de la ficción y, de paso, el de la mujer. Comparto plenamente la sentencia: no creo que una mujer quede definida más por ser escritora que por ser cualquier otra cosa. Y el objeto de mi deseo ha seguido justamente ese camino: nunca he deseado más a una chica por ser prosista que por ser matemática o madre. Nunca me ha causado revulsión una bailarina exótica porque no ha leído a Bolaño. No escojo mis relaciones con base en la erudición y he conocido gente más inteligente por fuera de las esferas intelectuales que dentro de ellas. Mis fantasías, a riesgo de ser cortas, se han vuelto como mi ropa, descomplicadas: una mesera, la ejecutiva que almuerza sola, la chancera que evoca el azar y el juego, la vecina.

Pero como cualquier hombre, he deseado a las mujeres que más tengo a la mano, que por razón de mi oficio son las escritoras. Ha de perdonárseme; cualquiera que nos haya estudiado, a los sobrealimentados, sabrá que nos bebemos el lento veneno de la lascivia que el mundo nos niega.

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Me imagino que las escritoras viven también entre el aburrimiento de sus teclas y el éxtasis de sus relatos, porque la vida del escritor es justamente eso... el ciclo que va del encierro a la provocación. No son fáciles ni reconfortantes las pasiones en el trabajo, así sean la materia prima de los textos. Una de las primeras cosas que hago antes de escribir es darme una pasadita por YouPorn para sacar cualquier atavío del sistema, o si no termino escribiendo de nuevo Sin pene no hay gloria. Pero ellas, ¿qué diablos harán, cómo se calentarán, qué mixturas mentales vienen para evocar los demonios y los ángeles? Dudo mucho que sus musas seamos nosotros; si acaso despertamos el deseo, no hay plectro en los hombres. No conozco quien se frote con una hoja de hierba de Walt Whitman o sumerja sus sueños en ser poseído por Tolstoi. Es cierto incluso con los escritores vivos; de vez en cuando en un congreso se dan en poseer a las más agraciadas de las escritoras, pero no conozco un solo relato sobre el polvazo que es Paul Auster, sobre los deleites que se sabe Santiago Gamboa en la cama o sobre el tamaño de la “pichulita” (como la llamó en La ciudad y los perros) de Vargas Llosa. Siempre me ha parecido que esos polvos nacidos de la admiración literaria son decepcionantes. Uno no se encierra a escribir en una habitación como lo dice Orhan Pamuk, porque se esté poniendo más agraciado.

Margarita Posada

Pero a ellas les sucede lo contrario. Cuando conocí a Margarita Posada, llegué a mi casa y escribí en mi libreta las letras “MP” grandes en una sola hoja… aún era casado y me sentía como si hubiera comprado un revólver. Me tiré en la cama y miré esas letras. Si me hubiera quedado estupefacto con la vecina, anónimo dron de oficina con un Dell, nunca me hubiera tirado en la cama a mirar dos letras. Hay una foto en esta revista de Margarita; está sentada desnuda y entre sus piernas hay una máquina de escribir. No me excita esto como tal; son los detalles ínfimos. Sus senos también miran el papel, su pelo los toca. Tuve que volver a mirar mi apunte: “MP”. La última vez que la vi en una fiesta, eran las 12:00 de la noche y llevaba unos pantaloncitos calientes. Creo que se agachó a recoger un arroz en el piso delante de mí a propósito y por un momento sentí que ese culo suyo lo hubiera podido poseer de mil maneras. A su novio tejano, Joe, le aclaro que es una posesión literaria. Siempre intenté impresionarla, pero es como tratar de engañar a otro mago… los trucos son conocidos, no hay forma de asombrar. Esa noche llevaba un ‘tatuaje’ que le había hecho su sobrina en el brazo derecho; no era más que una boca de Colbón rociada con escarcha plateada. En medio de la euforia recuerdo haber intentado besar esos labios de argenta, pero justo en el momento sonó una canción en la que todos levantaron los brazos y también yo me vi obligado a fingir aullando que me había enrumbado. Es lo más cerca que he estado de besar a una escritora.

Carolina Cuervo

Bueno, también he tenido muchos encuentros íntimos con Carolina Cuervo, solo que debido a sus ocupaciones ella no ha podido asistir. Hicimos alguna vez una charla en la librería Biblos sobre salir con chicas que no leen. Yo era el gordo desparpajado que nadie duda que lee: Carolina puede pasar por una chica que lee o que no lee o por lo que ella quiera. La antigua Canela de los Oki Doki, a diferencia de otros niños del espectáculo que cuando crecen se deforman de maneras grotescas como si se hubieran tragado un paraguas y se lo hubieran abierto adentro —Macaulay Culkin, Harry Potter—, demostró que lo que se había tragado era un cisne, y esa noche afloró y pude sentarme junto a él por un par de horas. Yo estaba asustado en ese conversatorio; sin tapujos, el cisne tomó la palabra, me preguntó, yo contesté y por un momento todo fue armonía y soñé que el cisne soñaba conmigo. Al final del acto lo abracé. Me sentí como Ted, un muñeco lúbrico, porque para mí ese abrazo no fue de solidaridad, sino una excusa para saber si ese pelo aún albergaba algo de canelita. Cerré los ojos y aspiré con fuerza… déjeme contarle al lector que fue como si descendiera la primavera sobre un bosque escandinavo de fresas silvestres resguardado por la luna. Aún con los ojos cerrados sentí cómo ella intentaba poner fin a ese abrazo, pero yo lo impedí hasta que los aplausos de los asistentes me recordaron que estaba en un acto público y de nuevo levanté los brazos aullando triunfal… ¿Cómo negar que he sido un perdedor exitoso?

Margarita García

Yo no les había sido infiel a Margarita y a Carolina hasta que leí a otra Margarita, una García Robayo, cartagenera de 35 años que vive en Buenos Aires y cuya crónica “Amor al padre” cayó en mis manos solo porque no podía creer que una mujer tan deseable como ella pudiera escribir así como me habían dicho que lo hacía. No sueño discutiendo con Margarita sobre las técnicas narrativas de Proust. Basta entrar a su blog: es un maldito Bukowski en el envase de sus mujeres. Todo el tiempo que leí su crónica me la imaginaba a ella. Así describe la pérdida de su virginidad: “A G prácticamente lo obligué a violarme en un cuarto de motel que olía a desinfectante. A pesar de las lágrimas que me encharcaron los ojos, vi todo el episodio en el espejo del techo: su cuerpo entre mis piernas retorciéndose como un gusano, la cama enclenque y temblorosa, las sábanas gastadas, salidas en las puntas del colchón. Duró poco, dolió mucho. La sangre que salió no se parecía a la sangre que solía salir de mí. Era otra sangre más oscura, casi negra. Estuve un rato mirándome en el techo: al principio, con más repulsión que curiosidad, al final, verdaderamente fascinada por mi nuevo cuerpo roto”. ¡Descarada! ¿Cómo diablos lo haces? ¿Cómo te sales con la tuya, la de ser al tiempo Lolita y Nabokov?

Carolina Andújar

Claro que Nabokov no es ninguna referencia para una generación de lectores, lo son los libros de vampiros. Así esté lejos de ser mi género predilecto, mal haría en sacar de esta lista a la escritora de estas historias, la caleña Carolina Andújar… y que me disculpen los profesores de teoría literaria. Yo nunca había sentido verdadera atracción por las chicas vampirescas hasta que la vi; es una mezcla de Joan Jett y Penny, de The Big Bang Theory. Dado que hoy no es posible hacer un pregrado en brujería, se licenció en lo más cerca que encontró: homeopatía clásica en Estados Unidos e interpretación de los sueños al estilo Jung. Desciende de húngaros y en vacaciones supongo que prefiere Transilvania a Florida. Muchos no la conocen, pero tiene legión de lectores; la fila para firmar su novela Pie de bruja en la feria del libro de 2014 era más larga que la de Héctor Abad. Yo me dejaría dar un mordisco de Carolina Andújar —no así de Héctor Abad—. Y que ella lo tome como quiera, acá en mi casa estaré día y noche y tarde y temprano con la ventana abierta, Carolina. Incluso para los no-góticos, hay algo acerca de una chica que nunca te va a hablar del romancero español y que seguramente sabe escupir tan lejos como tú.

Marianne Ponsford

Pero no todas las escritoras colombianas son niñas que producen textos sobre el deseo de poseer a su padre. Hay una generación de monstruas literarias, criaturas que leen a la Poniatowska mientras chupan las patas de sus gafas. Que me perdonen todas, pero debo confesar que mi devoción por Marianne Ponsford es comparable solo a la que siento por Rudy Rodríguez; en mi mente, los dos conjuntos se intersectan como diagramas de Venn. Hay un sentido en el cual no me equivoco; es tan posible que ella se fije en mí como lo es que Rudy. La culpa de mi ilusión la tiene en parte un artículo suyo en SoHo en el que confiesa que admira a un hombre como se admiraba a un mueble bien hecho; yo al fin y al cabo hace años que no tengo partes móviles. Me gustaba visitarla en su oficina de Arcadia incluso para que me devolviera algún escrito. Siempre estaba al borde de algo, pendiente del mundo. Comenzaba el día leyendo una página que contenía los artículos más importantes de otras 600 páginas, las cuales a su vez remitían a otras cuantas. Pero la forma de mover sus manos, su pelo negro y profundo y su sonrisa —que siempre parecía la primera elucida jamás por el universo—… todo orbitaba al son de una belleza que tenía algo de apacible y misterioso como un lago escocés. “Ponsford” tiene ese origen o que ella me corrija; siempre que me lo explicaba estaba pendiente de todo menos de las palabras. De hecho, me llevaba ese lenguaje total para la casa en donde la sensación se quedaba conmigo como la del final de un libro.
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Creo que eso solo lo logran las escritoras; se convierten en sus propios personajes, una magia que no podemos concitar los bojotes literarios sin ridiculizarnos. Ocurre entonces un efecto notable, al menos para mí. Que todo lo que leo de sus manos se convierte en sus historias; las imagino y dimensiono a medida que avanzo en cada letra. También decía Virginia Woolf en el mismo ensayo que hemos mencionado que cuando un tema es tan controversial —y ninguno lo es más que el deseo— no se puede esperar que uno lo diga todo. Por eso no describiré en detalle lo que de vez en cuando hago con las letras de las escritoras en mi habitación propia. Ni cómo espero en lo más profundo que este texto me permita conocer el interior de la de alguna de ellas.

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