1.

El primer casting que hice para una película porno fue en Los Ángeles. Ya me había desnudado para Playboy, pero fue algo más sutil. Cuando llegué a presentarme, me fue mal: de una me dijeron que me pusiera en cuatro, que hiciera un montón de posiciones, y me intimidé. Además, no hablaba una palabra de inglés. Esa vez me rechazaron, pero el productor me dijo que estudiara el idioma y lo intentara de nuevo, así que cuando regresé a Colombia me matriculé en el Centro Colombo Americano. Luego contacté a otro productor, por medio de mi marido, y viajé a Miami a hacer un casting. Ese productor estaba apenas empezando y había intentado trabajar con varias estrellas del porno, pero ninguna lo aceptaba por su falta de experiencia. Lo chistoso fue que, cuando filmamos la primera película (South Beach Cruisin’ 3), se volvió tan famosa que luego esas mismas actrices lo llamaban para que él las dirigiera.

2.

La mayoría de las escenas salen tal cual, desde que iniciamos hasta que se terminan. Si hay buena química entre los actores, como a mí me pasa, el productor nos deja seguir, casi no hay cortes. Cuando hice la primera, el actor sabía que yo era nueva en eso, entonces no fue tan brusco; fue muy paciente conmigo, porque hacer porno es muy fatigante: se te va el aire, sobre todo cuando te toca estar encima. Además, el dolor en las piernas es terrible —más que en la vagina—; por eso cuando él veía que no me respondían, pedía que cortáramos.

3.

En todas las películas he disfrutado cada escena, excepto en una en la que no sentía química con el actor, a pesar de que tenía buen cuerpo y buen miembro. ¡Era un fastidioso! Hablaba demasiado, me interrumpía, se la pasaba diciéndome estupideces. No me caía nada bien. El primer día tuvimos que viajar una hora hasta el set; salimos como a las 6:00 de la mañana, en carro, y durante todo el viaje traté de dormir pero el tipo no paraba de hablar. ¡No quería filmar con él! Luego, cuando me estaba comiendo, se me venían a la cabeza todas las estupideces que me había dicho. Pero la escena salió bien.

4.

Con la mayoría de actores siempre me va bien. De hecho, son ellos los que les piden a los productores trabajar conmigo. Una vez hice un par de escenas con uno y me sentí muy bien, hubo química. Al terminar, nos fuimos todos para el hotel donde nos estábamos quedando. Él tenía que irse porque su avión salía al rato, así que ya tenía las maletas listas. Cuando nos íbamos a despedir, pensé que me iba a dar un pico en la mejilla y resultó dándome un beso en la boca. Le respondí, nos calentamos y nos metimos a la habitación a tener sexo. ¡Casi pierde el vuelo! Después pedí volver a grabar con él, pero me dijeron que había tenido un accidente y se había retirado de la industria.

5.

Me han tocado eyaculadores precoces. Una vez tuve que hacer una película con un actor que había ganado un premio y tenía fama porque hacía llorar de dolor a las viejas. Era un negro muy bien dotado; me asusté con el pene la primera vez que lo vi y creí que eso no me iba a entrar. “Yo no voy a ser capaz”, le dije, y él me respondió: “Tranquila, que no pasa nada”. El caso es que el tipo era muy brusco, y ya en la escena, empezó a jalarme el pelo y a agarrarme duro. Me dio rabia y pensé que no me iba a dejar. Cuando me penetró y trató de asfixiarme y pegarme, empecé a responderle más duro: si me cacheteaba, yo se la devolvía; si me nalgueaba, le respondía más fuerte.

Él estaba bastante sobrado. Me tiró a un tapete, me abrió las piernas y me lastimó. Entonces empecé a moverme superbrusca, y a los dos minutos el man se vino. Se puso bravo y se fue. A los 15 minutos volvió a estar listo y arrancó de nuevo, igual que antes; le respondí también y en menos de tres minutos volvió a venirse.

Teníamos que terminar la escena, pero el pipí ya no se le paraba, así que el productor le pidió que se tomara un Viagra. Y él que no, que era capaz así. Tuvimos que esperar como 40 minutos más, y cuando empezamos la tercera ronda, lo mismo. Todos estábamos muertos de la risa y él, furioso; no quería volver a trabajar conmigo. Al cuarto intento, al fin, me relajé y salió bien.

El tipo quedó ofendido y luego le dijo al productor que le diera “la revancha”: otra escena conmigo en una nueva película. Él le respondió que no, porque yo solo rodaba unas pocas al año, y el man estaba tan bravo que me llamó y me ofreció plata para que filmáramos. Acepté. Cuando lo hicimos, me puso en posiciones de las que la mayoría de las actrices se quitan, pero yo le respondí con toda y no me dejé.

6.

Hay actores que tienen muy buen cuerpo, pero pasa que a veces el rostro no me gusta. En todo caso, si conozco a un tipo feo y por alguna casualidad le veo el paquete, a mí se me olvida el resto. Eso me pasa en la industria. Tengo una obsesión con los penes: me gusta olerlos, rozarlos, tocarlos… cuando hago una escena, cierro los ojos y me meto en mi fantasía.

7.

Cuando empecé en el porno, no me gustaba mucho hacer sexo oral porque tenía brackets; si me tocaba, lo hacía muy superficial y trataba de besarles el miembro con los labios. Una vez tuve que hacer una escena con Carlo Carrera, un actor al que le gustaba mucho que se lo chuparan duro. Él ya sabía lo de los brackets, pero de todas maneras, antes de empezar, se lo recordé. Me dijo que sí, pero cuando empezamos el man se arrechó, me cogió la cabeza duro y la empujó… de pronto, veo un chorro de sangre que no paraba de salir porque el tipo se cortó el glande. Además, estábamos en una casa blanca y el piso quedó completamente rojo... A mí me dio la pálida, casi me desmayo. Me sentía culpable de todo. Tocó parar la producción y salir con él al hospital para que lo atendieran.

8.

Dos anécdotas en la playa: una vez estábamos filmando junto al mar, con la marea bajita. Ahí andábamos el productor, el actor, el asistente y el ayudante, todos concentrados en la escena. Yo estaba de espaldas, encima del actor, cuando de pronto subió la marea y sentí que una ola enorme me cayó encima y me arrastró hacia el mar. Tragué un montón de agua porque estaba superagitada; prácticamente me estaba ahogando cuando me ayudaron a salir.

La otra: estábamos haciendo una escena en una playa llena de cangrejos chiquitos. Trabajar sobre la arena es muy complicado porque con el roce se te pela la piel, y como la arena se queda pegada, la penetración es muy difícil. El caso es que, cuando acabamos, yo estaba de cuclillas limpiándome cuando me veo un cangrejito pegado de la vagina. Salí corriendo, gritando como loca: ¡quítenmelo, quítenmelo! Al final, hubo que cortarle la manito con una tijera porque no quería soltarse.

9.

Mi esposo es supertranquilo, es cero celoso. Nosotros hacemos nuestras fantasías privadas y a él le importa un pepino verme con otro. Es demasiado seguro. Él se queda en Colombia cuando yo viajo a grabar y por la noche, cuando acabo, nos conectamos a Skype para charlar del trabajo. Entonces le cuento de la escena, le hago una descripción, y él se excita y acabamos masturbándonos juntos.

10.

Aunque no solemos involucrar sexo con sentimientos, casi todos los actores me invitan, después de grabar, a fiestas o reuniones privadas. Todos han intentado una cita conmigo, pero con ninguno lo he hecho. Hay uno con el que me siento muy bien, Bill Bailey, porque es un mono, de ojos azules… ¡papacito! Él siempre intentó salir conmigo, pero le dije: “Mire, yo no me quiero involucrar. Pero, si quiere, lo que podemos hacer para que la escena sea más real es que lo hagamos antes de filmar”. Entonces siempre llegábamos una hora antes y mientras alistaban el set nosotros nos poníamos a practicar.

Si conozco a un tipo feo y por alguna casualidad le veo el paquete, a mí se me olvida el resto. Tengo una obsesión. Cuando hago una escena, cierro los ojos y me meto en mi fantasía.

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