Es algo que no entiendo, pero es así. Tal vez tiene que ver con lo siguiente. Quienes crecimos con el recuerdo fantasmal del 4 a 4 a la URSS y sin ver a Colombia en un mundial (México 70, Alemania 74, Argentina 78…) adquirimos el raro hábito de hacerles fuerza a equipos de países que no conocemos. Lo que comenzó como una manera de calmar la frustración ("como no está Colombia, pues será ir por…") se convirtió en costumbre y de ahí, al menos en mi caso, en manía.

Pero no hablo solo del tradicional tira y afloje entre potencias antagónicas: con Argentina o con Brasil o con Uruguay; con Inglaterra o con Alemania; con España o con Francia o con Italia. También hablo de simpatías por equipos menores que no juegan a nada. Sin causa aparente unas veces, en otras ocasiones relacionadas con factores externos al fútbol.

Desde que tengo algo de uso de razón mundialista (es decir, hace 40 años), he veleteado más que Rodrigo Rivera, Noemí y Santos juntos. Grosso modo, le hice fuerza a Alemania Federal de manera incondicional en tiempos de Müller y Beckenbauer hasta 1977, cuando me entró la argentinitis aguda. Argentinitis que se mezcló con angloenteritis cuando hice el clic "los Rolling Stones y The Who son ingleses", y se volvió mi selección europea favorita. Y eso que en 1966 y 1970 yo odiaba la selección inglesa con toda mi alma.

En los setenta Holanda me caía mal porque era el enemigo natural de Alemania, pero al ir a Ámsterdam en 1994 compré bufanda y desde entonces les hago fuerza. Lo terrible es que esos amores no cambian sino que se acumulan. Cambian de lugar en el top 10 (que a veces parece más un hot 100), con singularidades coyunturales como haber detestado al equipo alemán en España 82 hasta el extremo de haberle hecho fuerza a Italia en la final.

¿Éxitos? Pocos. A pesar de jugar con tantas cartas al tiempo, muy rara vez le he pegado al perrito. Además de la tristeza y frustación que me provocó Colombia en los tres mundiales que jugó, el balance ha sido más bien pobre. Desde México 86 (donde ya sufría de síndrome bipolar a causa de la ya citada angloenteritis) han sido muchos más los sufrimientos y las decepciones que las alegrías.

También están esos amores por equipos que le roban a uno el corazón por su manera de jugar. Túnez en 1978, Argelia en 1982, la URSS y Bélgica en 1986, Suecia a partir de 1994 y, el amor más intenso de todos, Bulgaria en ese mismo Mundial. Aquella Bulgaria de Stoichkov, de ese monstruo inolvidable… hasta celebré que hubieran eliminado a mis queridos alemanes. En el Mundial pasado la detestada Francia se volvió mi equipo del alma. Y no era para menos. Además del conciertazo de fútbol que ofrecieron Zidane, Henry, Ribéry, Malouda y compañía a partir de octavos de final, eliminaron, uno detrás de otro, a los tres equipos que por nada del mundo yo quería que salieran campeones: España, Brasil y Portugal.

Centrémonos ahora en esos amores sin ninguna posibilidad de llegar a puerto. El primero fue Escocia. En 1974 me sorprendió que hubiera una selección de Escocia. Yo presumía que Inglaterra representaba a todas las naciones del Reino Unido. Y luego de verlos ante Brasil me volví hincha de esa camiseta, de Joe Jordan. Es un amor terrible. Siempre los eliminan en la primera fase. Por diferencia de goles, por borrachos, por mala suerte, porque les tocó el grupo de la muerte, por malos.

A países como Sudáfrica, Jamaica, Suiza, Eslovenia y Trinidad y Tobago les he hecho fuerza por asuntos tan poco futbolísticos como el final del apartheid y Mandela; el ska, el reggae, el dub y el dance hall; nostalgia trasnochada del colegio; porque me cayó rebién cuando se independizó, porque de por allá es el grupo Laibach, porque es un país del tamaño de Cundinamarca; por la diversidad étnica, la soca y los 'steel drums'.

Y eso para no entrar a detallar por qué le tengo tanta bronca a selecciones de países que me encantan como Brasil, España, México… O por qué me simpatizaba la URSS y ahora me cae tan mal Rusia. Lo anterior sí que amerita un psicoanalista.

Releo la lista y me encuentro en la siguiente situación. En este Mundial, el tercero de la era Uribe, o sea el tercero sin Colombia, tengo dos listas. En la primera están los opcionados, así sea remotamente: Argentina, Holanda e Inglaterra. En la segunda, los que no tienen ninguna chance: Sudáfrica, Suiza, Eslovenia, Eslovaquia, Costa de Marfil y Australia.

Y nada, a esperar otro esquizofrénico Mundial, otro más en mi larga lista de mundiales bipolares.

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