Mi papá es un tronco, eso lo he sabido toda la vida, y él ha sido siempre el primero en admitirlo. Por eso, uno de los recuerdos que me causan más gracia de cuando era niña es el de una tarde en la que fuimos al estadio. En vez de llevarme a las tribunas, como todo el mundo, mi papá me tomó de la mano y me metió hasta la cancha, como hacen los jugadores con los niños antes de cada partido. La relación de mi familia con el fútbol no era más que la de un grupo de hinchas, por lo que yo no podía entender qué hacíamos en esas. “¿Por qué mi papá va a jugar si es un tronco?”, pensaba. El caso es que fuimos juntos hasta el centro del campo, él pateó el balón y todo el estadio aplaudió.

Luego, un poco mayor, entendí que ese día habíamos ido a inaugurar un torneo y mi papá era el encargado del saque de honor. También entendí que él era un personaje muy conocido y muy querido por la gente del Huila. Además de ser un político con una larga trayectoria, fue el hombre que lideró la construcción del estadio de Neiva y, por eso, se llama como él: Guillermo Plazas Alcid. Esa historia mi papá me la ha contado cientos de veces, y cada vez me gusta más.

Era mayo de 1964 y él estaba en el primero de sus tres periodos como alcalde de Neiva. Recién posesionado, y a pocos días de las fiestas de San Pedro, sucedió una catástrofe en la ciudad, que en ese entonces no era más que un pueblo: el río Las Ceibas y la quebrada La Toma se desbordaron tras un fuerte invierno y taponaron el alcantarillado. Neiva estaba sin agua a pocos días de sus fiestas más importantes. Entonces mi papá convocó a los ciudadanos para que todos juntos, a punta de pico y pala, se pusieran manos a la obra para “destaquear” las tuberías. La convocatoria tuvo tanta acogida que llegaron personas de pueblos aledaños para ayudar y, en una jornada sin precedentes, se recuperó el acueducto. Recuerdo que El Espectador tituló: “Neiva no tiene agua pero tiene alcalde”.

Esa experiencia sirvió para que mi papá dimensionara su poder de convocatoria. Dos meses más tarde, llamó a la gente de nuevo para que le ayudaran a realizar un sueño que los opitas tenían desde hace mucho tiempo: hacer un estadio de fútbol. La idea era que todo el mundo aportara un ladrillo para la construcción y lo llevara hasta el barrio Mano Fuerte, donde había un lote que servía de cancha improvisada. La campaña se llamó “La marcha del ladrillo”. Así, el 18 de julio de 1964, hombres, mujeres, ancianos y niños salieron a “marchar” ladrillo en mano.

El estadio fue terminado en 1980, preciso para la inauguración de los Juegos Nacionales de ese año. Mi papá propuso que le pusieran Estadio 18 de Julio, por la fecha de la marcha. Sin embargo, la gente decidió que debía llamarse como él.

Hoy, 35 años después de su inauguración, el estadio está cerrado porque lo están remodelando. Mi papá acaba de cumplir 79 años y yo tengo 19. Aunque ya no vivo en Neiva, tratamos de compartir todo lo que podemos cuando pasamos tiempo juntos. Una de las cosas que tengo pendientes es, cuando la remodelación esté lista, volver con el “tronco” de mi papá a un partido de fútbol. Y ojalá de su mano, como ese día que me metió a la cancha como si fuera un profesional.

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