Para mi papá, su trabajo fue una obsesión. Él era arquitecto y estuvo al frente de las obras del estadio y de la Villa Olímpica de Pereira, construidos para los Juegos Nacionales de 1974. Trabajaba día y noche. Sacrificaba lo que fuera necesario para cumplir con los altos estándares que él mismo se ponía. Yo, con apenas 10 años en el momento en que se puso la primera piedra del estadio Hernán Ramírez Villegas, fui víctima de esa obsesión.

Todo empezó en abril de 1970, cuando Pereira fue designada sede de los décimos Juegos Nacionales. Entonces la ciudad puso en marcha un eficiente plan para construir todo un complejo olímpico. Unos años atrás, la administración municipal había aportado las 27 hectáreas de la finca La Albani, cerca del aeropuerto Matecaña, que sirvieron para levantar ahí el proyecto.

El equipo de trabajo, comandado por la seccional de Coldeportes en Risaralda, fue armado a comienzos de 1971, y ahí mi papá fue designado director técnico de las obras. Él ya tenía bajo su poder la construcción del estadio, que había empezado poco antes, pero ahora se le encargaba la dura tarea de armar la edificación deportiva entera. Su misión era hacer la mejor sede posible para que todos los pereiranos se sintieran orgullosos.

Por esa época, mi papá tenía 41 años y solo vivía para trabajar. Estaba en una contrarreloj para dejar todo perfecto. Finalmente, en mayo de 1971 fue inaugurado el Estadio-Villa Olímpica de Pereira. Al evento, que contó con un partido de fútbol entre el Deportivo Pereira y el Sporting Cristal de Perú, fue hasta el entonces presidente de la república, Carlos Lleras Restrepo.

Durante los tres años siguientes, mi papá se enfocó en preparar los juegos del 74. Por suerte, logró dejar todo a tiempo y a la perfección, y Pereira sirvió como una de las mejores sedes en la historia del evento. Con la misión ya cumplida, el hombre se dio unas merecidas vacaciones, y al regresar, en noviembre de 1974, sufrió un paro cardíaco que le causó la muerte. Apenas tenía 44 años. Por eso, no tuvimos la oportunidad de compartir grandes momentos. Ahora, si me preguntan si estoy orgulloso de mi papá, como ciudadano digo que sí, pero como hijo, mi respuesta tiembla.

Quizá mi único consuelo es que, luego de su muerte, el Concejo Municipal de Pereira no lo dudó y rebautizó el estadio con su nombre: Hernán Ramírez Villegas. Fue un homenaje sentido y merecido. Hoy, sentado en mi oficina de ingeniería civil, recuerdo aquellas épocas y sigo pensando que si por alguna insólita jugada del destino se me permitiera cambiar la asignación del nombre del estadio por compartir más años con mi papá, la respuesta sería obvia.

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