Hay algo que me pasa muy seguido cuando voy a Bogotá: me presentan a alguien, le digo “mucho gusto, Pascual Guerrero” y me responden tomándome el pelo: “Mucho gusto, Nemesio Camacho”. Alguna vez, también, llegué a un hotel en Santiago de Chile y, al soltarle mi nombre el conserje, me dijo: “Eso me suena a fútbol”. Cuando le expliqué que me llamo igual que el estadio de Cali, me rebajó la tarifa de la suite principal, porque supuestamente era hincha del América. Y en una visita a Washington, pedí cita con el entonces embajador ante la OEA, Horacio Serpa, quien me pasó al teléfono de inmediato y me dijo: “Pascual, venite de una vez para la embajada que tu nombre me causó curiosidad”… y la cita se convirtió en una charla futbolera. Como ven, mi vida está llena de curiosidades por llamarme como un estadio.

Pero el verdadero Pascual Guerrero, el del escenario deportivo, era mi papá: Pascual Guerrero Marmolejo. Él fue un hombre extraordinario. Nació en Palmira y, aunque a muchos les parezca extraño, se interesó por la poesía antes que por el fútbol. A principios del siglo XX fue descubierto por el gran poeta nicaragüense Rubén Darío, quien le dijo que lo mejor que podía hacer era irse para Cuba, cuna en ese entonces de la literatura latinoamericana. Allá en la isla, mi papá no solo fundó el Ateneo de Santiago de Cuba, sino que ganó, gracias a su poesía, varios premios internacionales, como La Palma de Plata y La Violeta de Oro.

Regresó a Colombia a principios de 1930 para meterse en el mundo de la política e hizo una promesa: si llegaba a ser diputado del Valle del Cauca, donaría los terrenos de su finca para la construcción de un estadio. Y, como se imaginarán, lo logró y cumplió con lo ofrecido: le entregó a la ciudad la finca que estaba en lo que hoy es el barrio San Fernando. Ahí arrancó la historia del Pascual y de la pasión de mi papá por el fútbol: se volvió hincha ferviente del América, fue el segundo presidente de la Liga de Fútbol del Valle del Cauca y creó el Boca Juniors de Cali, un equipo que ya no existe, pero que alcanzó a ganar un par de títulos.

Tuve la fortuna de compartir momentos inolvidables con él en el estadio. Me acuerdo mucho de que íbamos juntos a la cancha, nos hacíamos abajo y recibíamos el impacto de cáscaras de naranja y de limón, que era lo que entonces les lanzaban los hinchas desde las graderías a los jugadores del equipo contrario. Por ese tipo de recuerdos, estaré siempre atado al estadio.

Y como trabajo con el deporte —y como la vida da muchas vueltas—, he tenido la oportunidad de involucrarme de nuevo con mi estadio homónimo. Además de haber dirigido en 2013 los World Games de Cali, que lo tuvieron como sede principal, desde hace ocho años soy el director ejecutivo del Fondo Mixto para la Promoción del Deporte y la Gestión Social, el principal constructor de escenarios deportivos en Colombia. Por eso, cuando en octubre de 2010 el Pascual fue demolido y reconstruido en un 70 %, la persona a cargo de esa obra, por cuestiones puramente circunstanciales, fui yo: el hijo del estadio.

Mi papá murió a los 56 años, y su único legado importante no fue el estadio, aunque sí el más visible. Antes de irse, me entregó un poema que describe muy bien cómo era él y que termina así: “Sé leal con tus amigos / Sé alivio para el dolor / Perdona a tus enemigos / Y en las luchas ten valor”.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.