Querido papá: Te escribo esta carta ahora, cuando para todo el mundo estás muerto por dentro pero no por fuera; cuando te quedó este gesto en la boca que ya no se te quitará nunca; cuando ya sabemos que eres eso que está en la cama, húmedo, palpitante, respiratorio, pero silencioso. ¿Qué pensarás, sumido en tu propia enfermedad? ¿Penarás algo, anclado en ese limbo en el que ahora agonizas?

Tenerte así, muerto clínicamente pero orgánicamente vivo, nos causó mucha angustia. Qué dilema tan absurdo fue decidir si era mejor dejar que tu vida siguiera pendiendo de un hilo, de un cable miserable, o si más nos valía permitir que te fueras definitivamente, que te desplomaras del todo en la llanura de la muerte.

Decidimos dejarte, padre, soltar las amarras de la vida para que fuera tu cuerpo por sí solo quien decidiera, y al principio no supimos cómo reaccionar cuando vimos que tu impulso biológico te hacía resistir, inerte pero vivo, un tiempo más en "esto que llamamos vida y es tan solo una tumba transparente", como decía el poeta Eduardo Carranza.

Cuántas cosas no he hablado contigo desde que estás así. Probablemente te he contado mucho más de lo que te contaría si todavía tuvieras la capacidad de ser mi interlocutor. Recostado en la muerte pasajera en que estás flotando, tengo la esperanza de que todavía me oigas.

No creas que no es duro. Todavía no sabemos cómo integrarte a nuestra vida cotidiana. Pero a fuerza de verte tan quieto, me di cuenta de que no eres un problema sino una enseñanza. Me estás dejando tu última lección: haber callado. Estarte quieto. En un mundo en el que todos hablan, tú oyes. En un mundo que se ha vuelto un barrial de sonidos, murmullos, opiniones, tú aportas tu silencio. Mientras todos nos movemos frenéticamente, y vivir se ha convertido en ir de un lado para el otro sin que nadie se detenga, tú nos dejas tu quietud como un camino, como una última señal de protesta silenciosa.

¿Qué pensarás ahora?, es la pregunta que siempre se me viene en la cabeza, cada vez que te veo en tu triste pero decoroso reposo. Cuánto daría, padre, porque me dejaran recoger al menos por un instante el dobladillo de tu enfermedad para colarme a tu conciencia y averiguar de una vez por todas si de verdad nos oyes; por averiguar dónde diablos estás, en qué parcela del cerebro te estás moviendo, si sientes o no sientes, si tu enfermedad te sirve para que veas sin ser visto, o si te has convertido en un flujo de líquidos, en una maquinaria de savia y pulmones que sigue funcionando sin que tú te percates.

Tengo la esperanza, no lo niego, de que nos oigas. De que me oigas. Qué extraña intersección en la que andas perdido, en medio de la vida y de la muerte, con un pie en cada orilla, así, sin decidirte del todo. Al menos conociste también esa zona de misterio, que muy poca gente puede conocer. Todos conocimos la vida y conoceremos la muerte, pero en medio de todo es un privilegio conocerlas a ambas al mismo tiempo, ser testigos de las dos en un mismo instante, estar de pie entre el río y el mar, como tú estás desde hace unos meses.

¿Qué pensarás ahora? ¿Qué habrá detrás de tus párpados? No importa, papá, que esas dudas caigan como un martillo. Hay algo de hidalguía en tu estadía inmóvil: algo heroico en tu gesto de contener a la muerte, de resistirla, de preferir consumirte hasta el final, como las velas. No te entregues a la tierra; no nos quites esta enseñanza de cesar en vida. No nos quites nunca ese silencio que te quedó en la boca; ese silencio hondo, papá, que parece un pozo al que nos asomamos para vernos a nosotros mismos.

Acrílico 100x40cm

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