Nunca había estado en una cárcel y menos en una cárcel de Venezuela.


Así comienza este relato de alto impacto en mi vida, al empezar a trabajar y a desarrollar las estrategias de marketing y de comunicación para una gran empresa venezolana, productora de uno de los rones más importantes del mundo: Ron Santa Teresa.

Esta compañía poseedora de una increíble historia que se remonta a las épocas de Simón Bolívar, está basada en el hermoso estado de Aragua y sus directivos nos invitaron a conocer los cultivos de caña, la planta de producción, sus bodegas y sus proyectos. 

Emocionado salí desde Estados Unidos hacia Venezuela y al aterrizar en Caracas, una señora, vecina de silla durante el vuelo, me tomó del brazo y me dijo a los ojos: cuídate, en este país no te puedes confiar ni de tu propia sombra. Con estas palabras introductorias inicié mi viaje por las tierras venezolanas, sorprendido gratamente por la belleza de sus montañas, de sus valles y por la amabilidad de su gente.

Ya en Aragua, nos reunimos con el equipo directivo de la compañía, el cual nos mostró de manera ilustrativa durante varios días el proceso completo del ron en la hacienda. Allí conocí el proyecto Alcatraz. Un proyecto de Ron Santa Teresa que bajo el lema "delincuencia cero" busca reinsertar criminales de las cárceles y delincuentes de las calles y convertirlos en personas productivas en el proceso del ron. Una idea que sin duda llega directo al corazón cuando se tiene la oportunidad de conversar con asesinos, violadores y verlos transformados en personas de oficio.

El proyecto Alcatraz ha logrado durante varios años plantear un antes y un después al reinsertar presidiarios y brindar esperanza de vida a los que ya no tenían ninguna.

Y como profundización total del tema decidimos ir con un grupo del proyecto a visitar la cárcel de alta seguridad venezolana de Tocorón.

Al llegar allá y en medio de mucha expectativa y algo de temor pasamos por todos los chequeos de seguridad para ingresar. La primera gran sorpresa fue que la policía no entró con nosotros. Ingresamos solos e indefensos con un sentimiento de inseguridad absoluto. La policía está afuera de la cárcel y su función radica en que los presos no se salgan ni se escapen, pero ellos no entran, respetando así un pacto y un modelo de coexistencia y de paz.

Cuando pasamos por la puerta principal, un preso gritó : " gotas en el techo" , lo cual se empezó a expandir por toda la prisión de grito en grito como una especie de eco sin fin que seguía resonando a la distancia. Inmediatamente entendimos que ya toda la prisión se había enterado de nuestra presencia como desconocidos.

Con mucho miedo, pero fingiendo no tenerlo, yo no me despegaba del grupo.

El segundo gran impacto de dio cuando a la entrada nos acercamos a tres presidiarios para conversar con ellos, pero los tres estaban armados hasta los dientes con pistolas y con granadas. Traté de dialogar pero mis ojos y mi mente no se podían despegar del armamento y a medida que caminábamos observé y entendí que la gran mayoría vivía de esa manera como regla de convivencia.

De repente una persona del grupo vio mi cara de pseudo terror y le preguntó a un presidiario que jugaba con dos granadas en sus manos: - mi amigo que viene de Estados Unidos está asustado. Él cree que lo van a matar en cualquier momento. ¿Eso es verdad?-

A lo que él contestó - tranquilo mi amigo, acá las visitas son sagradas. Puede estar tranquilo y seguro. Hay más posibilidad que le pase algo afuera de la cárcel que aquí adentro-

Varios presidiarios entre pistolas de todo tipo contestaron como en coro sincronizado - Es cierto-
La adrenalina me empezó a bajar y empezamos a conversar con ellos sobre sus penas, sus delitos, sus sueños y sus vidas. Estuve en un micromundo de miles de personas que funciona con códigos propios, gobernado por ellos mismos.

Aunque nunca había visto tantas armas juntas en mi vida y al libre albedrío, ellos habían cumplido su palabra. La visita era sagrada y nada en absoluto nos iba a suceder. Ya a la salida vimos a un grupo de jóvenes en unas carpas, los llamaban los trasladados. Nos acercamos y vimos que todos tenían sus bocas cosidas de manera artesanal y sangrienta para llevar una huelga de hambre y pedir así traslado obligatorio a otra cárcel pues si seguían allí, serían seguramente asesinados ya que habían infringido alguna regla interna de la prisión como robar o no pagar.

La experiencia del proyecto Alcatraz me marcó por su humanismo pero sobre todo por su valentía.
Hoy recuerdo a mis padres y a mis abuelas quienes siempre me enseñaron que en la vida la esperanza es lo último que se pierde. ¿Pero no se trata de la esperanza en sí, sino de la esperanza en qué?

Fue sorprendente que todos los presidiarios con los que tuve la oportunidad de hablar, todos guardan una sola y la misma esperanza: sus familias.

Poder salir algún día para volver a estar con ellas. Aprendí que la visita es sagrada, pero reafirmé que la familia lo es mucho más, el motor de vida de cualquier ser humano, de cualquiera de nosotros. A ella nos debemos.

@juancarlosortiz

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