Su fuerte es la literatura francesa. Habla perfecto inglés y su padre lo educó en la filosofía.
Hace 20 años ya que Arturo Vallejo Mejía se pasa los días en la carrera once con 90. Y cada vez que alguien pasa, él levanta su mano a la altura de la cabeza para saludar. Es el mendigo del barrio Chicó. El personaje que conocen todos los que ahí crecieron. Tiene el pelo largo, la barba blanca, como los sabios de otros tiempos. Y con un aire elegante, bohemio, se la pasa pidiendo plata a los carros que se paran frente al semáforo.
Dicen que es hermano de Virginia Vallejo, la presentadora. Pero él dice que son primos. Un tipo limpio, educado. Que intercambia palabras con los que se le acercan a hablarle, pero que luego del tercer diálogo se despide formalmente y se aleja lo más rápido posible. "¡A mí sólo me gusta hablar con mujeres!", dijo molesto cuando me le acerqué. "¡Los hombres son machistas y tramposos! Y además las mujeres viven más". Por eso tuve que poner a mi novia a entrevistarlo, mientras yo, desde el otro lado de la once, los veía.
Arturo Vallejo Mejía es un paisa de 63 años. Según Sofía Vallejo, la hermana de Virginia, en realidad no es primo sino tío segundo de ellas, pero a duras penas saben que existe. Su padre fue Alejandro Vallejo, uno de los periodistas más importantes del país y a quien Arturo más ha querido en esta vida. Casi no habla de su madre, Cecilia Mejía. Una de sus dos hermanas ya murió y la otra vive en Miami. Tiene una casa en el Centro, donde vive solo. Es fanático de los novelistas franceses, sobre todo de Balzac, y domina el inglés y el francés a la perfección. En su casa esconde una biblioteca envidiable que su padre le dejó cuando murió.
Viene de una de las familias más importantes de Manizales y, según Sofía Vallejo, recibió todas las oportunidades del mundo en su juventud. Conoce Venezuela, Puerto Rico, Estados Unidos, Ecuador. Él mismo dice que pasó por todos los colegios existentes; pero repite una y otra vez que su padre, que se graduó de la Sorbona, lo instruyó en Filosofía y Letras desde pequeño. Fue él quien le enseñó todo lo que hoy sabe. Y por eso se la pasa diciendo que él también se graduó de allá, a pesar de que nunca ha pisado Francia.
Parece un tipo cuerdo. Pero algo le pasó. Algo que no quiere decir. Dice que nunca bebió ni "metió", pero a pesar de sus aires eruditos se pierde en divagaciones cuando se le pregunta por su pasado. Y a pesar de su mirada penetrante se dispersa con facilidad.
Dicen que era un genio consagrado, y que fue por eso que se chifló. Pero nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió, a pesar de que todo el mundo se lo pregunta siempre. Sólo se sabe que se la pasa, desde hace 20 años, por el Paseo Chicó, sin alejarse mucho de la 90, saludando a todo el mundo con la mano levantada. Dice que nunca se irá de ahí porque esa es su finca. Que su padre se la heredó cuando murió, y que hoy por hoy vale 400 millones de pesos. Por eso, todos los días sale a vigilar su patrimonio, sobreviviendo a punta de limosnas -'auxilios' que él llama- mientras espera a que le devuelvan su dinero.
Pero de pronto, sin terminar la conversación, se despide formalmente de mi novia, y le pide que no lo molestemos más. Se aleja con paso acelerado hasta la próxima cuadra, y allá lo vemos levantando la mano, pidiéndo 'auxilios' a los carros que pasan.
Ya entrada la noche, el loco del Chicó, pensativo, cabizbajo, se monta en un bus que lo lleva hasta su casa en el Centro. Y entre balbuceos y jerigonzas, le levanta la mano a la gente que pasa por su ventana, mientras los pasajeros que se sientan a su lado oyen cómo evoca sus días felices con su papá, que ya murió hace tantos años. Y mañana, como todos los días, se volverá a parar en la 90 con once, levantando la mano como siempre, masticando sus eternos balbuecos, esperando solamente a que la gente le deje de preguntar algún día quién es.

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