El 28 de agosto de 2015, a las 3:44 de la tarde, un mensaje llegó a su celular: “Loca, drogadicta, afeminada, Sebastián Lanz, la perra prostituta”. El agresor era un anónimo. Se hacía llamar “K”. La comunicación se hizo a través de Grindr, una aplicación —como Manhunt y Scruff— creada para organizar encuentros entre personas del mismo sexo.
Ese día, Sebastián estaba en la Quinta de Bolívar en Bogotá, la casona del Libertador que queda aproximadamente a 87 metros de distancia de la Universidad de los Andes. Lanz sólo pudo identificar cuán cerca estaba su agresor. La pantalla de Grindr, una aplicación dotada con geolocalización, marcaba que el personaje estaba a 300 metros de distancia.

Sebastián es estudiante de antropología y derecho en la Universidad de los Andes. Es gay y es activista por los derechos de la comunidad LGBTI. Lanz cuenta que los insultos se convirtieron en amenazas cuando “K” advirtió que le desfiguraría la cara con ácido, una práctica angustiosamente común en Colombia. El agresor también involucró a su hermano, Alejandro Lanz, activista y estudiante de derecho y lenguajes en la Universidad de los Andes.

Atando cabos, Lanz dedujo que era muy probable que “K” fuera una persona del campus universitario. Primero porque estaba a 300 metros de distancia. Es decir, cerca o dentro de la Universidad de los Andes. Además, en siguientes mensajes, insultó la apariencia física y el activismo de Lanz. “Es una persona que me ha visto”, agrega Sebastián.

La denuncia

Pasó el fin de semana y el lunes 31 de agosto los hermanos Lanz interpusieron la denuncia ante la fiscalía. También informaron a las autoridades administrativas de la Universidad de los Andes. Solicitaron a esa institución apoyo para investigar el caso.

La universidad respondió. Les recordó que los Andes es una institución de carácter académico y por ende no tiene la competencia para realizar investigaciones e identificar personas que estén cometiendo acciones “presuntamente” intimidatorias hacia sus miembros. Y agregó que, si bien la universidad debe velar por el bienestar de la comunidad, no puede intervenir en un hecho que sucedió por fuera del campus y además que se hizo a través de Grindr, un medio no institucional al que las personas se vinculan voluntariamente.

La universidad, además, ofreció los servicios que tiene a su alcance para apoyar al estudiante: seguridad dentro del campus, apoyo emocional y acompañamiento académico. Por su parte, Pablo Navas Sanz de Santamaría, rector de la Universidad de los Andes, aseguró que “los estudiantes han recibido desde el primer día nuestro apoyo para atender las dificultades emocionales, académicas y de seguridad que podría acarrear su situación”. Y agrega que la universidad sí fomenta el respeto por la diversidad y la mejor manera de hacerlo es “educando, en la diversidad y en la convivencia, seres íntegros, tolerantes, con capacidad crítica y conscientes de sus responsabilidades sociales y profesionales. De manera concreta en las aulas, puesto que contamos con el compromiso de los profesores para realizar actividades que respondan a ese propósito formativo; y desde las actuaciones institucionales”.

No obstante, Alejandro Lanz califica la respuesta de los Andes como “desentendida”. Según los Lanz, por lo menos 22 miembros de la universidad han recibido este tipo de amenazas a través de la misma red social, y agregan que estas manifestaciones de violencia se han presentado desde el año 2013. Esta revista, sin embargo, ha podido confirmar casos de amenazas similares desde el 2012. “Las amenazas que me llegaron a mí no pueden entenderse como un factor aislado”, dice Sebastián, “esto hace parte de un patrón sistemático de violencia hacia las personas LGBTI dentro del campus y la universidad no ha hecho nada, ha asumido un rol de espectadora y no se ha preocupado por combatir estas formas de violencia”. El 22 de septiembre, 23 días después de que los hermanos Lanz hicieron la denuncia, hubo una reunión con directivos de la universidad: “Esa reunión”, asegura Sebastián, “la empezó Alejandro preguntando persona a persona: ‘¿Ustedes tenían conocimiento de que esto venía sucediendo desde el 2013 en la Universidad de los Andes?‘”. Los asistentes a la reunión, uno a uno, respondieron que no.

Sin embargo, seis días después de la reunión, los hermanos aseguran haberse enterado de que un estudiante había escrito una carta a la Ombudsperson –una dependencia de la universidad encargada de la resolución de conflictos entre estudiantes, profesores y directivos dentro del ámbito universitario– en la que informaba sobre las amenazas que había recibido antes de los Lanz.

¿Tú eres el marica?

“A él le decían ‘loca’, ‘pirobo’, ‘soplanucas’, que se le rompía la cadera… ¡Y estamos hablando de Francia!”. Giuseppe Caputo, coordinador cultural de la Cámara Colombiana del Libro, habla de la historia de Para acabar con Eddy Bellegueule, del escritor francés Édouard Louis. Un libro que relata la infancia de un joven gay en un pueblo del norte de Francia; un pueblo de clase obrera en donde, según el autor, los valores masculinos se celebraban. Los “tíos duros” pelean, tienen mujeres y poca escuela. El libro narra las propias vivencias del autor. En sus primeras páginas, Édouard Louis describe una infancia infeliz.

Cuando tenía diez años, recién llegado al colegio, un par de jovencitos mayores le escupieron en la cara. Louis recuerda una baba espesa y amarillenta que le recorrió el rostro hasta llegar a la boca. Cuenta que se quedó sin respiración por los golpes que recibió y, sobre todo, recuerda la pregunta: “¿Tú eres el marica?”. Esas cuatro palabras quedaron grabadas en la memoria de Édouard Louis. Dice que lo marcó como las señas de hierro caliente que los griegos utilizaban para señalar a los individuos que se apartaban de la norma y representaban un peligro para la comunidad.

Después de la publicación del libro en 2014, Édourad Louis contó en un entrevista con ABC.es que ha recibido más de 3.000 cartas. En ellas, la gente cuenta que la experiencia del libro también ha sido la de ellos.

Dice que la sociedad reproduce comportamientos heredados sin reflexionar sobre ellos. Trae a consideración palabras de Claude Lévi Strauss para explicar aquello que es considerado normal: “En un momento dado, el racismo se instaló en la sociedad y, desde entonces, la gente lo reproduce sin motivo”.

De acuerdo con la RAE , desde la psicología, fobia es “un temor angustioso e incontrolable ante ciertos actos, ideas, objetos o situaciones, que se sabe absurdo y se aproxima a la obsesión”. En esa medida, el profesor y candidato a doctor en psicología de la Universidad de los Andes, Miguel Rueda, explica que la mal llamada homofobia es más bien un prejuicio del talante “o la calaña” del sexismo, el racismo, y el clasismo. “Tiene las mismas bases a nivel personal, a nivel cognoscitivo y a nivel emocional”. Agrega que en ese orden de ideas el prejuicio habla más de quien señala que de quien es señalado.

Este prejuicio, y sus efectos devastadores, siguen aún permeando todos los niveles de nuestra cultura y tienen manifestaciones a veces sutiles. Caputo recuerda cómo en su familia, antes de que saliera del clóset, las palabras “loca” y “marica” aparecían todo el tiempo en boca de su hermano. “Cuando salí del clóset dejó de usar esas palabras. Pero ya ni se atreve a decir gay. Dice cosas como: ‘yo creo que él es como tú’. El asunto se convierte en lo innombrable”.

Según Rueda, el prejuicio genera malestar en la conformación de la orientación sexual y en la identidad. “¿Cómo puede uno desarrollar una autoestima medianamente decente si toda la vida le han dicho que ser gay es sinónimo de violador, pecador, delincuente y enfermo? Yo crezco creyéndome ese tipo de juicios y de prejuicios acerca de mí mismo. Hasta que me doy cuenta que no soy nada de eso; que soy un ser humano común y corriente”.

El poder del prejuicio contra la orientación sexual y de género es tan fuerte que incluso aparece dentro de la misma comunidad LGBTI. “Personas homosexuales y bisexuales no estamos exentos de prejuicio”, asegura Rueda, “lo hacemos propio y lo interiorizamos”. Giuseppe Caputo cree que estas formas de discriminación entre la misma comunidad se manifiestan de muchas maneras. “No parecer gay”, por ejemplo, se entiende como un atributo. En Estados Unidos se ha acuñado el término Bottom Shame, que se refiere a la vergüenza de ser pasivo en la relación sexual entre dos hombres.

Por otro lado, de acuerdo con la sección de notas del lector de Sentiido, el primer medio digital en Colombia que genera contenido sobre diversidad sexual y de género, en redes sociales como Grindr hay expresiones tipo “busco varoniles”, “locas no”, “sin plumas”. Caputo agrega que incluso se ha perfeccionado este lenguaje: “Para no decir ‘no loquitas’ o ‘sin plumas’, dicen ‘discretos y serios’. ¿Qué es ser ‘discreto’? ¿Que no se le note que es gay? Entienden la seriedad como una seriedad masculina, porque, en ese discurso, una persona amanerada no es seria. Eso es un problema”.

“Usted no sabe lo que es ser feo”

La historia de los Lanz, por supuesto, no es la única. Mario y Pedro* son exalumnos de los Andes y tuvieron las mismas amenazas por Grindr.

Para Mario todo empezó en la segunda mitad de 2013 y comienzos de 2014.

—Yo en ese momento estaba trabajando medio tiempo mientras estudiaba. Mi oficina quedaba por la calle 72. Lo más extraño es que todo me pasó estando allá. Me llegó un mensaje de un man de Grindr, sin foto y sin nada, que me decía: “Hola, ¿qué más?”. Yo no respondí. Después de eso el tipo me comenzó a putear. Inicialmente era una cosa muy vaga, solo me ofendía y ya. Cuando a uno le pasa eso, uno simplemente borra el mensaje y sigue con su vida.

Pero entonces, luego de ignorar los insultos, el anónimo le escribió con nombre propio.

–Me comenzó a escribir: “Hey, usted Mario* hijueputa”. Ahí me asusté más porque sabía mi nombre. Yo pensaba: “bueno, eso no es tan grave, uno puede saber el nombre de las personas más o menos fácil si tiene a alguien en común”.

Sin embargo, su nombre no era la única información que tenía el anónimo.

–Después comenzó a enviarme puteadas para hacerme saber que me conocía: “Todos ustedes los de su facultad son unos hijueputas. Claro los de su semestre en tal carrera en los Andes…”. Mario, por razones obvias, ha preferido reservarse el nombre de su carrera.

–Él lo que hacía era demostrarme que sabía quién era yo: en qué universidad estaba, en qué semestre estaba, de quién era amigo. Ahí fue que me pareció ya muy raro. Yo solo le decía: “viejo, no me joda”, y lo bloqueaba. Pero el tipo hizo otra cuenta y me volvía a decir lo mismo. El problema fue que en un punto se comenzó a poner más pesado: “es que usted y su grupo de amigos y las viejas con las que anda. La mona tal, la pelirroja tal”. Ahí es que yo me frikié un poco porque sabía bien quién era yo, qué hacía y con quién andaba. Pero lo raro era que me decía eso en Chapinero. Eso ni siquiera pasaba en la universidad, el man estaba a 250 metros de distancia y eso era lo que me asustaba. Después fue aún más denso: “es que usted no sabe lo que es el rechazo. Usted no sabe lo que es tratar de levantarse a alguien siendo feo”. Yo simplemente le decía que ese no era mi problema. Y él seguía: “es que usted no sabe lo que es tratar de levantarse a alguien siendo feo, así que le voy a mandar a cascar, a rayar la cara”. Luego aún más fuerte: “le voy echar ácido en la cara para que sepa lo que es ser feo y estar en ese ambiente siendo gay”. Ahí fue que yo le dije que si me estaba amenazando ya eso pasaba a otro nivel. Y me decía: “¿Qué? ¿Me va a venir a buscar?”. Incluso llegó a decirme que yo no sabía qué era haber tratado de matarse dos veces, que después de eso a él ya todo le valía huevo, que ya nada le importaba.

Luego de algún tiempo, Mario supo que algunos amigos y conocidos habían recibido amenazas muy similares. Todos de los Andes y, sobre todo, estudiantes de la Facultad de Derecho.

El anónimo no volvió a escribirle a Mario.

(Captura de pantalla de una de las amenazas que le llegaron a un exalumno de la Universidad de los Andes. Su nombre es protegido por razones de seguridad.)

Para Pedro la situación empezó en el 2012 y siguió durante dos años.

—Me escribieron unas cuatro veces, en intervalos de tiempo separados, tanto dentro de la universidad como fuera de ella. Me hablaron por Grindr y no respondí porque era un perfil sin foto y sin datos. Después de no responder me dijo: “Oiga usted malparido Pedro*, fracasado, guiso”. Yo decidí ignorar esos comentarios, pero después un día en Chapinero me pasó lo mismo. Me aparecía cerca y me ofendía igual. La misma cosa ocurrió dentro del campus de la Universidad una vez más, a 50 metros según la aplicación. Las ofensas siempre eran las mismas y yo lo ignoraba. Pero en un momento todo se puso más fuerte: “usted no sabe lo que es ser feo, le voy a echar ácido en la cara fracasado”. Ahí me asusté mucho y le conté a mis amigos. Hubo como dos semanas de mucho pánico, pero nunca denuncié nada. El tiempo pasó y el susto volvió meses después cuando a uno de mis mejores amigos, ya graduado de la Universidad, le escribieron fuera del campus. A él también lo ofendía y le decía que le iba a echar ácido. Nunca supimos quién era, pero tenía que ser alguien de la Universidad porque nos conocía bien, sabía qué hacíamos y de quién éramos amigos.

Ni Pedro ni Mario denunciaron las amenazas.

La carta

El 26 de septiembre, el caso de los Lanz se hizo público con una nota del diario El Espectador. Dos días después, Juan Camilo Cárdenas, profesor de la facultad de economía, circuló una carta entre los profesores de la Universidad de los Andes invitando a firmar para expresar el rechazo hacia las amenazas proferidas en contra de los hermanos Lanz. Cárdenas incitó a los profesores a jugar un papel activo y pedagógico para reducir la violencia en contra de la diversidad y la convivencia dentro de la Universidad. Además propuso llevar la discusión a las aulas de clase y hablar del tema entre los colegas. De los 633 profesores de planta, la carta, hasta el 16 de octubre, recibió 160 firmas de apoyo incluyendo la del rector de la Universidad. Uniandinos por la Paz, también quiso levantar su voz en contra de estas amenazas. A través de una petición, en change.org, invitó a miembros y simpatizantes de Uniandidos por la Paz a rechazar estas manifestaciones de violencia.

“Estos actos de violencia son la punta de un iceberg”, dice Cárdenas. De acuerdo con él, este tipo de acciones muestran problemas de intolerancia en la comunidad universitaria y en la sociedad colombiana. Recuerda las cifras de la encuesta “Cultura Académica y Ciudadana”que él, junto con Corpovisionarios y La Universidad de Los Andes realizaron. Aunque aún no hay un informe final, de una muestra de 3.600 estudiantes de diferentes universidades —Eafit en Medellín, la Universidad Tecnológica de Bolívar en Cartagena, la Universidad Pedagógica en Bogotá, la Universidad Nacional en Bogotá y la Universidad de Los Andes en Bogotá— el 23% de los estudiantes respondieron que no quisieran tener homosexuales como vecinos.

“Creo que eso es suficiente sustento para mí, para argumentar que no es un problema anecdótico, que no es un caso particular, sino que tenemos casi una de cada cuatro personas en la población universitaria, de estas universidades que acabo de mencionar, que no quisieran tener homosexuales como vecinos”, y concluye que esa cifra “es una expresión de la intolerancia hacia la diferencia en orientación sexual”.

Para Amy Ritterbusch, profesora de la Escuela de Gobierno de los Andes y activista deParces ONG, una organización que aboga por la justicia social para comunidades históricamente vulneradas y marginalizadas, las amenazas son muestra de “un problema sistemático de la sociedad colombiana”.

Miguel Rueda dice que, a pesar de la legislación en favor de la diversidad, en Colombia a las personas gais, lesbianas, bisexuales y transgeneristas las siguen matando en la calle. De acuerdo con cifras consultadas a la Fiscalía General de la Nación, entre 2005 y 2015 se han presentado 339 homicidios activos, 26 en contra de mujeres lesbianas, 245 contra hombres gais y 55 homicidios de mujeres trans. No obstante estas cifras no son concluyentes. De acuerdo con Mauricio Noguera, integrante del equipo de género y enfoques diferenciales de la dirección de políticas públicas de la Fiscalía General de la Nación, “históricamente ha existido un desfase entre lo que vienen denunciando las organizaciones de la sociedad civil y lo que registra el Estado”. Explica que eso se debe al desinterés por parte del Estado en el registro de ese tipo de violencias y a la falta de una caracterización para guardarlas dentro de los sistemas de información.

La organización Colombia Diversa, en su informe “Cuando el prejuicio mata” de 2012, resalta que el sistema de información del Estado aún es desorganizado. En ese reporte, Colombia Diversa registró 105 crímenes contra personas LGBTI durante el año 2012. De esa cifra, 87 fueron homicidios, 20 de los cuales se determinó que fueron por prejuicio. En 27 las razones están sin establecer y en los 40 restantes los motivos no tuvieron nada que ver con la orientación sexual de las víctimas. Hay 15 casos de circulación de panfletos amenazando la seguridad pública y la vida e integridad de las personas LGBTI. También registraron tres suicidios, relacionados posiblemente con el prejuicio. Adicionalmente, hubo 28 hechos de violencia policial en contra de personas LGBTI.

Lo que nos falta

“Volví ayer a la universidad”, dijo Sebastián Lanz el 7 de octubre en nuestra última entrevista. “El miedo con el que me monto a un ascensor no es comparable con nada”, comenta.

En la Universidad de los Andes el camino está empezando. Existe una iniciativa creada entre profesores y estudiantes que apoyan a la comunidad LGBTI: Espacios seguros. Un programa creado entre Parces ONG y la Escuela de Gobierno de la Universidad. Se trata de una red de apoyo para la comunidad LGBTI dentro de la institución. Los profesores, administrativos, directivos y otros miembros de la Universidad que hacen parte del programa, pegan una calcomanía que lleva los colores del arcoíris sobre la puerta de su oficina o sobre su computador. Así, indican que un estudiante lesbiana, gay, bisexual o trans puede acercarse para recibir apoyo y asesoría. “Los miembros de la comunidad pueden llegar ahí y en efecto sentirse en un espacio seguro, en donde no le van a contar a nadie que no quieran sobre su identidad sexual, pero sí le van a brindar apoyo”, cuenta Lucía Guerrero, estudiante de los Andes y miembro del Círculo LGBTI uniandino.
El Círculo es un grupo estudiantil que nació en el año 2006 enfocado en la diversidad sexual y de género dentro de la Universidad. Organizan grupos de apoyo, programan actividades académicas y también fiestas. De acuerdo con David Portillo, representante del Círculo, la Universidad siempre ha estado dispuesta a apoyar las actividades.

Los hermanos Lanz son miembros fundadores del programa Espacios Seguros y, aún así, saben que esta iniciativa no es suficiente. Consideran que es necesario crear un centro de diversidad que tenga protocolos y rutas claras para atender a la comunidad LGBTI. Ritterbusch, cofundadora de Espacios Seguros, dice que la universidad tiene voluntad para atender las necesidad de la comunidad LGBTI, pero hacen falta herramientas para comunicar de manera empática las acciones que toma la institución. “Pienso que como comunidad uniandina debemos ampliar nuestra definición de diversidad y claro, ese es el papel que tiene un centro de diversidad”.

Por su parte, Pablo Navas, rector de la Universidad afirma que los Andes tiene establecido un procedimiento: “La Universidad sí establece en sus distintos reglamentos un procedimiento para el manejo de casos en los que se atente contra los derechos humanos de algún integrante de la comunidad uniandina: el Régimen Disciplinario. Por supuesto, dentro de estos derechos está el derecho a la libertad, y en esa medida, si un integrante de nuestra comunidad discrimina a otro por su orientación sexual, debe ser sancionado.”

Los profesores Juan Camilo Cárdenas, Amy Ritterbusch, Miguel Rueda y estudiantes como Lucía Guerrero y David Portillo afirman que el ambiente en la Universidad para miembros de la comunidad LGBTI es amable. “Yo soy de Barranquilla y en mi ciudad la situación es muy pesada, realmente muy pesada”, afirma David, “en Bogotá en general el ambiente es muy abierto…en la Universidad uno puede ir caminando de la mano con otro chico o un par de mujeres se pueden dar un beso y no pasa nada. Incluso los profesores están en el programa de Espacios Seguros”.

Para Sebastián Lanz “en la universidad hay de todo”. Hay personas que defienden las manifestaciones públicas de afecto de las personas LGBTI y otras lo condenan. Sin embargo, recalca que una amenaza en contra de una persona lesbiana, gay, bisexual o transgenero es un mensaje intimidante a toda la comunidad.

Miguel Rueda cree que en términos generales el ambiente de la universidad es amable con la comunidad LGBTI. Pero las amenazas hacen el ambiente hostil. “Sobre todo cuando ellas no se toman en serio”, dice. Esta “es la primera vez que dos estudiantes tienen la valentía de sacarlo fuertemente, de manifestarlo de una manera clara, abiertamente y con nombre propio para que se lleve a cabo lo que se tiene que llevar a cabo. Eso es lo que nos hace falta: verraquera para denunciar”, agrega.

Hace unas semanas, la universidad ofreció entregar un carné a una persona que sería el guardaespaldas de Sebastián Lanz. Al final, Sebastián no acogió la propuesta. Dice que no quiere andar con guardaespaldas en la vida. Prefiere vencer el miedo y regresar a la universidad paulatinamente.

*Los nombres de estos exalumnos fueron cambiados por razones de seguridad.
*Este texto se publicó originalmente en el portal 070, la revista del CEPER de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de los Andes de Bogotá. El contenido de este texto es responsabilidad de 070 y su respectivo autor.
 
 

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