Es la sala de cirugía número uno del Hospital de Meissen. Un joven de 16 años está tumbado en la camilla, conectado a un monitor que registra actividad eléctrica en su corazón y a un respirador artificial que infla y desinfla su pecho. Aunque Álex Torres parece vivo, fue declarado muerto a mediodía y solamente gracias a las máquinas y a los medicamentos es que su corazón todavía late.

Una vez cumplida una serie de requisitos legales, un grupo de nueve médicos de una clínica del norte de Bogotá ha llegado hasta acá, en el sur de la ciudad, para hacer el “rescate”. No van a devolverle la vida a este hombre, pero con los órganos que le extraigan sí se la salvarán a otra persona, que de no recibir un trasplante pronto, incluso esta misma noche, podría morir.

Después de todo un ritual de limpieza de manos y brazos, los médicos se uniforman de pies a cabeza y se acomodan los guantes de látex y el tapabocas. Están rodeados de varias mesas metálicas sobre las que han dispuesto toda clase de instrumentos quirúrgicos: pinzas, tijeras, agujas de sutura, hilo, jeringas, fórceps, frascos para muestras y recipientes llenos de hielo. Nos advierten que no podemos tocar nada, pues todo en la sala ha sido cuidadosamente esterilizado.

Salvo el “pip, pip, pip” del monitor cardiaco, hay silencio en la sala. Después de tapar la cara y las piernas del joven con una tela verde, uno de los doctores toma una especie de sierra eléctrica y, empezando por el esternón, abre el cuerpo hasta debajo del ombligo. Sale humo y huele a carne quemada, pero no hay sangre. “Concentración” les exige el líder de la operación, que se reconoce porque tiene una especie de lupa pegada a sus gafas. “Empezamos a las siete cero cinco”. En una esquina de la sala, uno de los médicos anota en una hoja blanca: 7:05, inicio del rescate.

Una operación de este tipo puede ocurrir en cualquier momento del día. Lo único que se necesita es que una persona sea declarada con muerte cerebral (cese completo e irreversible de la función cerebral), que eso ocurra en un hospital y que sus familiares acepten la extracción de los órganos con fines de donación. Tres condiciones que en el caso de este joven se cumplieron a lo largo del día.



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Álex Torres vivía en un barrio del sur de Bogotá. Era un joven de raza negra, con estatura y contextura de adulto, aunque apenas tenía 16. Ese día, su mamá les pidió a él y a su hermanita que fueran a la tienda del barrio y le compraran 2000 pesos de pan. Por el camino, un vecino de 15 años empezó a gritarle morbosidades a la niña, y Álex, por defenderla, lo empujó. La respuesta que obtuvo fue una puñalada mortal en el cuello.

Inmediatamente fue llevado al Hospital de Meissen, una institución pública ubicada en la localidad de Ciudad Bolívar, conocida por ser una de las más violentas de la ciudad. Hasta agosto de este año, solo en esa zona, Medicina Legal registró 167 homicidios, la cifra más alta en Bogotá.

Torres fue una de las víctimas que les pusieron cara a esas cifras. Pero también, gracias al consentimiento de sus padres, pasó a ser un donante, que se suma a los 205 donantes de órganos que se registraron en el país en el primer semestre de 2014. Del total de muertes que se presentan al año, menos del 5 % termina en una donación con trasplante efectivo; por eso, que haya una persona apta para donar y que se den todas las condiciones es casi un milagro.



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Cuando una persona es declarada con muerte cerebral, la red de donación y trasplantes se activa: el médico que la decreta le avisa al coordinador de trasplantes (hay uno por cada institución prestadora de salud habilitada) y este, a su vez, informa a la red a través de un sistema especial que hay un potencial donante para que se empiece la búsqueda de los posibles receptores de la lista de espera.

Mientras tanto, una persona especializada en ello tiene la difícil tarea de hablar con la familia del que acaba de morir para pedir su consentimiento e informarle sobre los beneficios de donar. No obstante, existe una presunción legal de donación que implica dos condiciones: una, que durante la vida la persona no haya ejercido su derecho a oponerse a que le extraigan órganos o tejidos de su cuerpo y, dos, que dentro de las seis horas siguientes al fallecimiento la familia no acredite su condición de tal o no exprese su oposición. Si se cumplen esas dos condiciones, el trasplante se puede hacer. Por eso es bueno dejar muy claro, estando en vida, si uno quiere ser donante o no y hacérselo saber a la familia, para que, llegada la pregunta del médico, se haga la voluntad de quien murió.

Una vez se tiene el aval de la familia o ha ocurrido la presunción legal, se hacen una serie de exámenes al cuerpo para descartar enfermedades como VIH y se envían muestras a un laboratorio que determina la compatibilidad con las personas en lista de espera. No necesariamente el primero en la lista va a ser el que reciba el órgano; lo hará el que sea compatible con el donante.

A su vez, se hace un llamado al equipo de médicos que se encargará de la extracción de los órganos. Detrás de cada donación hay un ejército de personas trabajando en equipo 24 horas al día, 365 días al año. Ellos, como el donante, son una especie de héroes anónimos que, a partir de una muerte, consiguen devolver vida: con un solo donante pueden beneficiar hasta 55 personas.

En Colombia, la lista de espera por un órgano es larga. Hasta mitad de año, había 1839 personas en fila principalmente para riñón, seguido de hígado y corazón. El tiempo de espera varía según el órgano y el estado de salud del paciente. Así, por ejemplo, si alguien llega al hospital con falla hepática fulminante, tiene prioridad en la lista aunque haya otros esperando desde antes. El tope máximo de espera está en cuatro años por un hígado, un año por un corazón y algo más de cinco por un riñón.

Esa espera terminó esta noche para las personas que recibirán los dos riñones y el hígado de Álex. Esos fueron los órganos que su familia aceptó que fueran donados. Al principio dudaron, porque creían que se quedarían sin cuerpo que enterrar, pero cuando les explicaron que Álex quedaría tal cual lo recordaban —salvo por una cicatriz en tórax y abdomen—, que podrían hacerle un entierro normal, que su cuerpo sería tratado con absoluto respeto y que además les estaban dando la oportunidad de vivir a otras personas, accedieron.

Por eso en esta sala de cirugía, el corazón de Álex sigue latiendo. Se necesita que lo haga para mantener irrigados los órganos, pues cada uno de ellos tiene un tiempo máximo de supervivencia desde que deja de recibir sangre y oxígeno hasta que comienza a funcionar en el cuerpo del receptor. Los menos resistentes son el corazón y los pulmones, que no duran más de cuatro o cinco horas, y los más duraderos son los riñones, que aguantan hasta 30. En el caso de Álex, primero sacarán el hígado y luego los riñones. Su corazón no puede ser donado porque, por haber tenido una muerte violenta, pasó a hacer parte de la evidencia para la investigación criminal.



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8:05 p.m. Se siente algo de tensión en el ambiente. Los médicos están en una carrera contrarreloj y acaban de llegar a un momento crucial de la operación, lo que en el argot médico se llama “clampeo” y que ocurre cuando ya se han despejado los órganos a extraer y los médicos deben hacer una ligadura de la arteria aorta y la vena cava para impedir que la sangre y el oxígeno sigan circulando. Al mismo tiempo, deben desconectar el cuerpo de las máquinas y meter hielo, mucho hielo, en toda la parte abdominal que está al descubierto.

Lo que viene después es una especie de parto. Los doctores empiezan a sacar los órganos con el mayor cuidado, como si fueran un bebé. El primero es el hígado, un pedazo de carne morada, casi del tamaño de un guante de boxeo, que muy rápidamente envolvieron en una compresa y pusieron en hielo. Luego se ven salir dos bolsitas, al parecer resbaladizas y viscosas, que son los riñones. Cada uno va a una talega llena de un líquido especial y a una nevera llena de hielo, como la que se usa en los paseos para meter la cerveza.

Lo siguiente que sacan son todas las venas y arterias que servirán para hacer las conexiones en el cuerpo del receptor. Las limpian, les hacen una serie de arreglos y las meten en cajitas marcadas. Mientras tanto, otro doctor cose el tórax de Álex y lo alista en una bolsa verde para que sea llevado a su autopsia, en Medicina Legal.

Una enfermera hace una llamada al hospital del norte: “La ambulancia ya sale para allá. El paciente de hígado debe estar en sala de cirugía a las 11:00 de la noche, los de riñones, entre 1:00 y 2:00 de la mañana”. En efecto, tres personas resultaron compatibles y ese día recibieron la llamada más esperada de toda su vida: había un donante que les podía salvar la vida.

El rescate terminó con éxito. Los doctores empacan toda su indumentaria, toman las neveras con los órganos y se montan en una ambulancia que prende sus luces y alarmas y se aleja a toda velocidad.

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