Lo primero que noté de la capital colombiana fue su ritmo caótico. Vengo de Innsbruck, una ciudad de Austria que los bogotanos seguramente considerarían un pueblito, porque es mucho más pequeña y tan solo tiene 120.000 habitantes. Por eso me impresionó tanto. Por eso y porque allá en mi ciudad hay parques por todos lados, las casas no están tan pegadas las unas de las otras, hay canecas de basura cada 15 metros y la vida en general es mucho más tranquila. En todo caso estoy fascinado con lo poco que conozco de Bogotá, aunque no creo que pudiera vivir en esta ciudad más de un año.

 
Estudio en la Universidad de Medicina de Innsbruck, pero no pasé el examen de mi segundo semestre y solo podía repetirlo después de un año, por lo que decidí viajar a Colombia a trabajar con la fundación ICYE, que me ha dado la oportunidad de conocer la Bogotá que no aparece en las guías turísticas: mi trabajo es jugar con niños de Cazucá, un barrio pobrísimo del sur, que han sido víctimas de la prostitución infantil. Supongo que mis primeros días en Bogotá fueron muy impactantes por este motivo. Todavía no logro entender por qué algunos niños de acá solo van tres días de la semana al colegio, cuando en Austria todo el mundo va por lo menos 35 horas. O, peor aún, por qué no saben leer ni escribir. 
 
Lo segundo que noté fue el tráfico, que, sinceramente, es una locura por todas las obras que hay. Y eso que mi hermana, que vivió acá hace diez años, me dijo que sin TransMilenio el asunto era aún peor. Igual, desplazarse de un lugar a otro fue toda una experiencia. Tan pronto llegué me recibió una familia que vive en Santa Matilde, en el suroccidente, y mi lugar de trabajo quedaba cerca de Paloquemao. Al principio solo cogía TransMilenio porque no sabía cuál era el bus que me llevaba a mi lugar de trabajo. De hecho, todavía no me atrevo a usar ese medio de transporte, a menos que esté completamente seguro de cuál es la buseta que tengo que coger. En todo caso, en ese trayecto, que en realidad no es tan largo, me podía demorar hasta cuarenta y cinco minutos, y siempre me tocaba irme de pie en esos articulados llenos de gente. Luego aprendí a usar los colectivos y llegué a ahorrarme unos veinte minutos. Eso fue un gran cambio no solo porque me demoraba menos, sino porque me podía ir sentado. 
 
En este momento ya me siento todo un bogotano: me puedo ubicar usando las montañas como punto de referencia y mi español es cada vez más fluido. Es más, les puedo decir a las personas que me hacen algún chiste por gringo que en realidad soy austriaco. Ya aprendí a bailar salsa, entonces lo único que me delata es mi apariencia, porque de resto me muevo mejor que muchos cachacos. Eso sí, sigo siendo el centro de atención en las fiestas. Tanto que me tocó aprender a ignorar a muchas de las mujeres que me coqueteaban. Ahora tengo una ‘amiga con derechos’ y el único problema es que no puedo llevarla a mi propia cama, porque está rotundamente prohibido que una mujer pise la casa donde vivo. Supongo que Colombia sigue siendo un país muy católico.
 
Lo único que realmente me hace falta de mi país es la cerveza. La que hacen acá me la puedo tomar, pero siento que no es de verdad: un amigo me contó que acá no usan cebada, como en Austria, sino arroz. Eso dicen. Una vez me ofrecieron una cerveza con hielo, sal y limón, y eso me ofendió tanto que ni siquiera me la tomé. Pero bueno, esto lo puedo compensar con la variedad de frutas que hay en este país. Creo que puedo vivir tomando cerveza local si por lo menos puedo comerme una feijoa o una guayaba a diario.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.