En el principio fue un tubo de cristal. Mi fobia a morir atragantado, asfixiado por atragantamiento, no nació después de vivir una experiencia que me situara al borde de esa posibilidad. Al contrario, nunca había vivido una situación semejante, que, sin ser dramática ni fatal, suele ser bastante común. Casi todos hemos presenciado cómo alguien, a nuestro lado, se atraganta con un trozo de alimento, tose, recibe palmadas en la espalda, bebe agua, pasa un mal rato y, finalmente, supera el trance. A mí nunca me pasó algo así.

No es una desagradable experiencia directa con el objeto o la situación de la fobia su necesario agente desencadenante, aunque pueda, en ocasiones, serlo.
Los expertos coinciden en que toda fobia es un reflejo del esencial miedo a la muerte del ser humano, en que suele tener raíces en remotas alteraciones psicológicas de la vida pasada y que, además, toda fobia es una máscara o un síntoma de otro miedo, del miedo a otra cosa —amén de a la muerte— que no es, ni mucho menos,  aquella cosa o circunstancia que provocan, en apariencia, el terror del fóbico.
El tubo de cristal. En una noche de fiesta, en la clausura del Festival de Cine de Cannes, en 1984, sentí que mi garganta se prolongaba hacia abajo en un tubo de cristal transparente y rígido. Tuve, durante horas, la sensación de no poder tragar mi propia saliva, pues la rigidez del tubo de cristal bloqueaba el mecanismo de tragar.
Después de diez días de festival, de trabajos y excesos, estaba agotado. Mi tarea en la redacción de mi periódico ya me tenía exhausto antes de llegar a Cannes. Me esperaban al día siguiente veinte horas de viaje en tren hasta Madrid, que se convirtieron en treinta por causa de una violenta huelga ferroviaria —retrasos, llamaradas y barricadas en las estaciones— de la que no tenía noticia.
El tubo de cristal fue el comienzo, pero desapareció antes de llegar a mi casa. Después de dormir doce horas en Madrid, y nada más levantarme, tuve un ataque agudo de pánico que, por los dolores en el pecho, confundí con un infarto. A partir de ese mismo día surgió mi fobia a morir atragantado, asfixiado, fobia que, en su fase aguda, duró más de tres años.
Durante ese tiempo, la ansiedad y la fobia fueron juntas, pese a la ingesta diaria de ansiolíticos por prescripción facultativa: sudoración, hormigueos, frío-calor, dolor pericordial... Recurrí al psicoanálisis que, a mi juicio, resultó útil para conocerme mejor y solucionar errores de actitud y comportamiento. Pero no atribuyo al psicoanálisis la superación de mi fobia, sino a un cambio de trabajo que forcé después y que atenuó considerablemente el hasta entonces frenético ritmo de mi vida.
Durante esos tres años me alimenté de zumos, leche, sopas, cremas, verduras, purés y huevos. No podía soportar la idea de comer nada sólido, ni con huesos —carne—, ni con espinas, como el pescado. Los restaurantes, incluso sentarme a la mesa en mi propia casa, me producían claustrofobia.  Y ello pese a que mi intención fuera la de reducir mi dieta a los ingredientes antes reseñados.
La fobia ha desaparecido hace muchos años. ¿Por completo? Como de todo, pero mastico hasta hacer papilla cualquier alimento. Fabrico bolitas, como los niños, con pequeños restos de carne que no ingiero. Si alguien se atraganta, siquiera levemente, junto a mí, me angustio y tengo ganas de huir. Mis próximos me han hecho notar que, a veces, me llevo la mano a la garganta y la acaricio brevemente.

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