Es un secreto a voces que ninguna historia termina bien. Que lo único que puede ponernos a salvo de los finales tristes es detener nuestra curiosidad a tiempo. Si insistimos en saber, si porfiamos en que las cosas nos sean reveladas, antes o después nos encontraremos con la decadencia, con el dolor o con la tragedia. (El Falcao indígena)

Pongamos un ejemplo: la chica hermosa, pobre y maltratada tiene la oportunidad de enamorarse de un príncipe soñado. Queremos saber más. Nos enteramos de que bailan toda la noche y se enamoran. Necesitamos más datos. Nos dicen que por un problema de puntualidad de los hechizos la chica abandona el baile y el amor, a la exacta medianoche. Como auditorio sentimos que no nos pueden dejar con esa angustia. Nos aclaran entonces que en todo el reino se desata una improbable verificación de identidad a partir de un zapato extraviado. A esa altura aceptamos cosas inverosímiles, como que la burocracia estatal resulte tan eficiente como para dar rápidamente con la criatura en cuestión —descartando, de paso, la impostura de un par de hermanastras—, o que no existan en toda la comarca las chicas con los pies suficientemente pequeños. Y aceptamos esa conclusión delirante porque necesitamos saber el final. EL final. ESE final.

En ese punto sí nuestra curiosidad se considera saciada. Porque la felicidad siempre es una buena estación para detenerse. Y algo en el fondo de nuestra conciencia (una alerta sorda, una cautela atávica) nos recomienda no preguntar más. Y no preguntamos. No inquirimos por el número de hijos y nietos de la Cenicienta. Ni nos interesa saber qué tan bien o tan mal envejeció. Ni nos interesamos por la salud del príncipe ni por la perduración de sus ardores amorosos. Sellamos la historia agradeciendo que nos digan que “vivieron felices para siempre”. Sabemos que es mentira. Pero bueno, hemos aceptado como válido que encontraran a la chica hermosa a partir de un zapato de talla 33, de modo que está visto que somos fáciles de convencer. ¿Por qué no habríamos de dejarnos estafar con ese mito de la felicidad perpetua? (En defensa de Falcao)

Pero no solo en el mundo de los cuentos de hadas nuestra cabeza opera de este modo. En la vida real nos pasa lo mismo. Creo, de hecho, que como sabemos el modo perverso en el que funciona la vida de verdad es que necesitamos que en la literatura las cosas funcionen distinto. Que la rueda se detenga alguna vez, y se detenga en el casillero que queremos. (Soner Ertek (el que lesionó a Falcao))

Hagamos una prueba contando la historia de un jugador de fútbol.

Arrancamos desde el inicio. Hablamos entonces de un muchacho de talento evidente, de olfato goleador, de debut precoz, de rápida migración al promisorio mercado argentino. ¿Podemos detenernos allí, cuando el muchacho se consolida como jugador profesional de River Plate? No, claro que no podemos. Por más que el mercado argentino tenga algunas virtudes, no es el techo que los verdaderos cracks tienen en mente a estas alturas del siglo XXI. Tiene que haber un salto a Europa, por supuesto. Aquí el narrador tiene dos opciones. La primera es poner toda la carne en el asador, apelar a toda la pirotecnia narrativa y poner al chico a jugar de inmediato en el Real Madrid, el Barcelona o el Bayern Múnich. La otra es construir una fábula un poco más prudente y, al mismo tiempo, más fecunda. Contamos, en consecuencia, que el muchacho se va a jugar a un equipo menos rutilante. Le agregamos un peldaño a la escalera. Obligamos a nuestro auditorio a ejercitar la paciencia. La postergación narrativa puede dar sus frutos. Nuestro público intuye que en ese equipo menos refulgente, en esa liga menos espléndida, de todos modos, nuestro muchacho se hará notar. (Wendell Lira: El ‘tronco’ que le ganó a Messi y ahora es campeón de videojuegos)

No defraudemos entonces a nuestro público. Digamos que nuestro héroe juega en el Porto de Portugal de 2009 a 2011 y —permítaseme el argentinismo— “la rompe”. Goles, títulos, celebridad, el chico sube sin descanso los peldaños de la gloria. Ahora sí que pase a una liga de primerísimo nivel, la de España. Eso, así, muy bien. Al Atlético Madrid, a seguir avanzando hacia su cénit. Dos temporadas, más goles, más títulos. Pero como el público actual está demasiado habituado a los golpes de efecto, improvisemos un engaño, un giro inesperado. Ahora que nuestro héroe ha llegado a —y triunfado en— la Liga de España, todos esperan que lo fiche el Real Madrid o el Barcelona. No, señores. Nos lo llevamos a la Liga de Francia. ¿Cómo es eso, señor narrador? La pregunta surge desde el auditorio aterido. Hicimos bien: la sorpresa, mientras no se torne confusión, colabora en la tensión narrativa. Sí, respondemos nosotros. Nos lo llevamos a Francia, al Mónaco, para que si lo quieren desde el Bayern Múnich lo paguen más caro todavía la temporada próxima, por no avivarse a tiempo.

Nuestro auditorio entiende el riesgo: puede irle mal. Puede dilapidar su oportunidad histórica, por esta cuestión de que los trenes pasan una sola vez. Nos viene bien ese temor en quienes nos escuchan o nos leen. Porque ahora soltamos frente a ellos la siguiente maravilla: no teman, señores míos, porque en el Mónaco también le va genial. Avanza y termina el 2013, y los franceses están contentísimos, y Colombia también lo está porque se acerca el Mundial de Brasil y todo indica que nos acercamos a la apoteosis de nuestro protagonista.

Este sería un buen lugar para detener la historia. Nuestro muchacho adelanta un pie hacia el peldaño superior de la escalera. Allí lo espera el brillo definitivo, la consagración irrebatible. Pero no. Porque la vida no es como los cuentos, que se detienen cuando uno quiere. Ni la vida ni los marcadores centrales demasiado torpes se detienen donde aconseja la prudencia. Y puede pasar que uno de ellos —podría llamarse Soner Ertek— intente quitarle la pelota desde atrás a nuestro muchacho, pero lo haga en un ángulo imposible y con la pierna equivocada y las cosas terminen como terminan en la vida y no en los cuentos. En los cuentos tal vez a nuestro héroe le crecen ojos en la nuca y advierte la embestida de Ertek y brinca en el aire y evita lo peor del topetazo. Pero en la vida eso no sucede, y lo que sí sucede es que el defensor con apellido de ogro le rompe los ligamentos cruzados de la rodilla y lo deja afuera de las canchas, del Mundial 2014 y de la consagración definitiva. (La última raya del tigre Falcao)

Debimos habernos detenido antes. Cuando el muchacho la rompía en el Atlético Madrid, o cuando lo transfirieron al Mónaco. Nos equivocamos, porque ahora nuestro cuento se derrumba por una pendiente de melancolía. No exagero. ¿Quieren comprobarlo? El muchacho vuelve, pero no vuelve igual. La magia no está, el brillo se ha opacado. El Mónaco se lo presta al Manchester United. Pero se lo presta porque no lo quiere, porque no le sirve. Y el chico conoce el costado más oscuro del rechazo. No importa que ya tenga muchos millones de euros ahorrados, ni un cómodo colchón de fama abrigando su pasado. Cada vida se mide por sí misma, y cada momento de cada vida suma o resta según como haya sido el momento anterior. No le pidamos al muchacho lo que no hacemos con nosotros mismos. Y del Manchester pasa al Chelsea, y las cosas siguen torcidas.

Estamos cerca del final, como puede intuir cualquier lector acostumbrado a que le cuenten cuentos. Del Chelsea vuelve al Mónaco, que ya no puede seguir prestándolo. Qué feo, en cualquier vida, levantarse de la cama sintiéndose un estorbo. Nadie nos obligó a contar una historia tan larga, a fin de cuentas. Pudimos, debimos, detenernos antes. Cometimos el pecado de narrar la vejez de la princesa.

Si la literatura va a ser tan igual a la vida, prescindamos de la literatura. ¿O no? Bueno. A veces sí, y a veces no. Puede pasar —es difícil que pase, es casi imposible que suceda, pero a veces pasa, en ocasiones sucede— que las cosas vuelvan a ponerse en marcha en el sentido que los seres humanos definimos como la esperanza, la alegría y ficciones así. (En esta cancha empezó todo. Por: René Higuita)

Y entonces puede ser que el muchacho vuelva al Mónaco y de repente los astros se conjuguen y las rodillas respondan y las pelotas sacudan las redes y los periodistas se asombren y los hinchas festejen y los dirigentes se asombren y los rivales teman y Radamel Falcao tuerza el destino y la melancolía de este cuento, y vuelva a brillar.

A veces, muy de vez en cuando, suceden milagros como este.

Los números de Falcao

Partidos profesionales: 390

Goles: 233

Títulos: 10 (1 Liga de Argentina, 1 Liga de Portugal, 2 Copas de Portugal, 2 Supercopas de Portugal, 1 Copa del Rey, 2 Europa League, 1 Supercopa de Europa)

Goles con la Selección Colombia: 25 (es el goleador histórico del equipo)

Goles con el Porto: 72 en 87 partidos (promedio: 0,82 goles por juego)

Goles con el Atlético de Madrid: 70 en 91 partidos (promedio: 0,76)

Goles con el Mónaco: 41 en 59 partidos (promedio: 0,69)

Goles en la Champions League: 11 en 17 partidos (promedio: 0,65)

Goles en la Europa League: 31 en 33 partidos (fue dos veces goleador del torneo y tiene el récord de mayor número de goles en un campeonato europeo: 17)

Promedio goleador en competiciones europeas: 0,88 por partido (es decir, marcó 45 veces en 51 encuentros, lo que lo convierte en el mejor de Europa en este aspecto; sí, incluso por encima de Messi (0,83) y de Cristiano Ronaldo (0,73)

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

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