Incomprensible error en el más apegado nieto de un abuelo que era un hincha consumado. No me explico cómo es que no guardo ningún recuerdo de tan histórico hecho, tan histórico que a veces parece lo único valioso que hemos logrado como país. En cambio, recuerdo con toda claridad el mundial del 94 y su hito trágico: el asesinato de Andrés Escobar. Vimos el partido —¿cómo no— con mi abuelo, él en una silla y yo sentado sobre la cama; vimos el balón cruzado, el puntazo rastrero, el perfil idiota de Óscar Córdoba sin poder moverse. Después, el número 1 que apareció en el extremo de la pantalla. El 2-0 es difícil de recordar, y el gol del Tren Valencia es un hueco en la memoria. Días después —aunque parece como si hubiera sido al terminar el partido— asesinaban a Escobar en Medellín, y los noticieros estallaban en indignación y escándalo. Me importó menos quién fuera el muerto (en todo caso, yo no era tan aficionado) que el hecho de que lo hubieran asesinado por meter un autogol. Creo que fue mi primera experiencia de la realidad desmesurada —e incomprensible— del país.

Y ahí terminó mi relación con el fútbol: primer síntoma del alejamiento de mi generación. Además, nunca tuve Nintendo: segundo síntoma. Cuando jugaba en la casa de alguien —siempre algún propietario ofensivamente mejor que yo—, debía dar la impresión de un chimpancé aprendiendo a montar en bicicleta. Era el último en las carreras, perdía siempre en fútbol, me mataban en los juegos de disparar antes de haber acertado un solo tiro. Algo debía estar malformado en mis tendones —o en las articulaciones de mis dedos— para que los trucos de Mortal Kombat no me salieran ni siquiera cuando mi contrincante dejaba de lado el control y se dedicaba a explicarme las secuencias que tenía que hacer en los botones. Esta historia —de completa falta de habilidad para una actividad que era lo más genuino de mi generación, lo único que podíamos reclamar como propio— se repitió con el Nintendo 64, el Play Station 1, 2 y 3, el X-Box y el Wii. Ni siquiera el benévolo Game Boy, de solo dos botones, me permitió ir más allá del Tetris. Ahora, puedo compartir, eso sí, los detalles de la televisión que veíamos, pero me pregunto si unos programas como esos no estaban más orientados a separarnos que a unirnos. La primera noción de terror que tuve de niño la personificó Guri Guri, una especie de Gremlin enrazado con personaje de Plaza Sésamo con el que mi tía —seis años mayor que yo, cruel como todos los adolescentes— me amenazaba antes de dormirme, y que aparecía en una telenovela titulada Calamar. No menos miedoso era el payaso trágico que acompañaba a Patricia Castañeda en la Brújula mágica, retorciéndose sobre un fondo delicuescente y sicodélico que de seguro moldeó las personalidades —y los vicios— de todos nosotros. Nos educó el gringo que nunca aprendió a pronunciar en Te quiero pecas, el mensajero mechudo de Vuelo secreto, Ramiro Meneses en todas sus presentaciones, la tía Loli, el negro Batey diciendo “cinco cinco” en De pies a cabeza, y El Minuto de Dios. Gracias a Quiere cacao, muchos aún creemos que existe un instrumento musical que se llama Tecnomarimbamix, y todavía oímos, como una esquizofrenia auditiva, la voz chillona de una lora que nos dice: “Pacheco, ¿le cuento un chiste”. Después, cuando empezábamos a ser grandes, llegaron Betty, la fea y Pedro, el escamoso, y apuntalaron la labor iniciada por sus predecesores.

Como todos los niños, cometí —o cometimos, porque hay etapas de la infancia en que uno es una parte de un grupo sin individuos— arbitrariedades que deben pesarnos en la conciencia. Las clases de historia en que nos enseñaron las deidades egipcias terminaron, cuando el profesor se marchó, en un linchamiento general al alumno que no profesaba la fe del hijo del sol. Anudamos nuestros sacos en una de las mangas —con un nudo chiquito y apretado, como una pequeña piedra— y lo azotamos en una esquina del salón. Por supuesto, la elección del mártir estuvo más relacionada con su soledad y falta de amigos que con sus creencias religiosas. Se paró llorando, como siempre que lo golpeábamos. Más me arrepiento cuanto más pienso que, años después, fuimos amigos y demostró ser el dueño de una nobleza extraña que nunca más he podido encontrar.

Si hacíamos deporte en clase, era una norma que los equipos se confabularan para darle pata al más débil, o para burlarse del más descoordinado. Y todo con el apoyo silencioso de los profesores y de la institución entera. Una de las más grandes infamias que acometió el colegio —por la cual debería avergonzarse para siempre— fue la creación de un torneo de fútbol llamado Troncolandia, en el que solo participaban los peores de cada curso. Y los directivos y profesores se congregaban, gordos y sonrosados y sonrientes, cargados de dicha, a ver cómo los estudiantes sufrían por darle una patada al balón. Si hubiera sido un colegio femenino, habría sido el equivalente a un desfile de gordas, auspiciado y disfrutado por todo el personal.

En algún punto del camino —no sé dónde ni cuándo— me perdí de mi generación. O nos perdimos todos. He tratado de encontrar las causas de ese alejamiento, y en mis recuerdos no encuentro sino escenas dudosas de una infancia en que nos vimos obligados a no compartir nada con nadie. Porque a los que metían autogoles los asesinaban; a los que no tenían amigos los golpeaban; a los que veían televisión los sometían a programas de lástima; a los que nos juntábamos para lastimar a los demás nos quedó en la conciencia el peso de haberle hecho la infancia imposible —o bastante más difícil que la nuestra— a alguien más, y a los que no tenían habilidades los sometían al espectáculo público de su impotencia. Y así es imposible que ninguna generación haya llegado con bien, y unida, a ningún lado.

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