Estaba muy consciente de que era un privilegio poder tener ese panorama al frente, algo que tan pocas personas han experimentado alguna vez. Nunca lo olvidaré.

La gente piensa que no sentí miedo, pero sí. Estaba a unos 39.000 metros de la Tierra, a punto de saltar desde la estratosfera, e iba a intentar romper la barrera del sonido usando solamente el cuerpo humano, algo que nadie había hecho antes. Además, el ambiente en el espacio es muy hostil y el mundo entero me estaba viendo. Pero creo que el miedo es algo sano si uno sabe controlarlo; el miedo lo mantiene a uno vigilante, atento, alerta y listo para responder ante un cambio. Y habíamos entrenado tanto y hecho tantas pruebas que me sentía confiado en mi equipo, en mi equipamiento y en mí.

¿Qué me motivó a saltar?, ¿por qué lo hice? Esas son grandes preguntas. Todo se remonta a mi infancia, creo. Desde que recuerdo, me ha gustado estar en el aire y me han encantado los retos. Era uno de esos niños que quieren ver el mundo desde arriba. Me subía a los árboles y a otros lugares; mientras más elevados, mejor.

Soñaba con ser piloto de helicóptero y paracaidista. De hecho, empecé a saltar en paracaídas a los 16 años. Y, en ese mundo, todos conocen a Joe Kittinger, quien es legendario por su salto estratosférico de 1960, desde poco más de 30.000 metros. Él alcanzó una velocidad de 988 km/h y rompió récords que me alucinaron desde muy joven, como el salto de mayor altura y el ascenso más alto en un globo.

Durante dos décadas empecé a romper mis propias marcas. Me lanzaba desde aviones y objetos fijos cada vez más difíciles. Salté desde el Cristo Redentor de Río de Janeiro; también desde el edificio Taipéi 101, hace unos años el más alto del mundo… hasta que sentí que estaba listo: tenía que intentar el salto desde el borde del espacio, había llegado el momento de tratar de superar el récord de Joe y, por qué no, romper la barrera del sonido sin la protección de un vehículo.

La motivación siempre estuvo dentro de mí. Y cuando descubrí que la misión Red Bull Stratos también podía darles a los científicos información que pudiera mejorar la seguridad aeroespacial en el futuro, me sentí más estimulado. Pudimos proporcionar los primeros datos fisiológicos de un humano cayendo a una velocidad supersónica. Es un legado del que me siento orgulloso.

Debo decir que, especialmente porque tuvimos muchos altos y bajos durante la preparación, el apoyo de la gente alrededor del mundo fue otra forma de motivación. Muchas personas —jóvenes y viejos, hombres y mujeres, y especialmente extraños que nunca conocí— me mandaron mensajes de apoyo y de ánimo. Eso me ayudó mentalmente durante los momentos difíciles, sobre todo cuando experimentamos demoras o frustraciones.

Mientras subía a la estratosfera, el 14 de octubre de 2012, estaba muy concentrado, metido en el cuento. Red Bull Stratos era primero —y principalmente— un programa de prueba de vuelo, y yo tenía la tarea de completarlo, por lo que debía reportar constantemente las condiciones en la cápsula para propósitos de investigación y también para estar seguro de que todo estaba óptimo en términos de seguridad. El equipo de control de la misión me estaba monitoreando visualmente todo el tiempo y el mítico Kittinger, quien fue parte indispensable del equipo, me hablaba a través de un radio. Yo seguía sus consejos al pie de la letra para que todo saliera bien y él me guiaba en momentos claves, como cuando chequeamos la lista de 40 pasos que debía completar antes de dejar la cápsula para salir a la plataforma y saltar.

Dentro del traje no sentía mucho, aunque parezca extraño. Ni siquiera durante los 4 minutos y 22 segundos que duré en caída libre. Pero la verdad es que sí experimenté algo de claustrofobia durante el entrenamiento, mientras me acostumbraba a usarlo. He oído que es común en los pilotos que tienen que ponerse ese tipo de equipamientos. Por eso, trabajé con un psicólogo para sobreponerme a ese sentimiento desde mucho antes del salto.




Para evitar problemas físicos, tanto la cápsula en la que subí hasta el espacio como el traje y el casco eran presurizados y climatizados, pues la falta de presión lo puede hasta matar a uno y tan arriba las temperaturas alcanzan los 50 grados bajo cero. Otra cosa importante es que el vestido fue hecho para que me pudiera mover con comodidad; a veces ese tipo de trajes espaciales pueden resultar algo difíciles de manipular, pero yo necesitaba poder acomodar el cuerpo sin problemas ante diferentes situaciones.

Ya bajando rumbo a la Tierra, sabía que estaba acelerando rápido, pero no tenía idea de qué tan rápido. Arriba en el cielo no hay referencias visuales como árboles o letreros que pasan al lado como flashes, y el aire es tan delgado que no hay resistencia, entonces no se percibe ni siquiera un fuerte golpeteo del viento. Si uno mira el documental del salto, Mission to the Edge of Space (en español, algo así como Misión al borde del espacio), puede ver que, aunque alcanzo los 1342 km/h, la tela del vestido no se mueve demasiado.

Por eso mismo no me di cuenta cuándo rompí la barrera del sonido. Solo hasta que aterricé y los del equipo me dijeron que habían oído el boom sónico estuve seguro de que realmente lo había logrado. También en la película del salto se puede ver mi casco sacudirse levemente en el momento en que la rompo, pero fue tan leve el movimiento que yo ni siquiera me di cuenta. Estaba muy concentrado en tratar de no girar como para notar esas cosas mínimas.

Porque uno de los riesgos era que empezara a dar vueltas sin control. El equipo me había avisado que era probable, y pasó. El entrenamiento fue crucial para superar ese punto. Llevaba 20 años saltando en paracaídas y cinco más preparándome para esa situación específica. Habíamos practicado una y otra vez diferentes técnicas de estabilización, que incluían ir ajustando poco a poco la posición para retomar el control del vuelo. Y cuando llegó la hora de la verdad, cuando empecé a girar, hice lo que tocaba: acomodar el cuerpo. Una vez encontré la postura ideal, no volví a perder el control. Pero no fue fácil. Afortunadamente no perdí la conciencia, como Joe cuando saltó más de medio siglo antes; tuve la suerte de no girar tan rápido como él y nunca estuve a punto de desmayarme.

Apenas se abrió el paracaídas cerca de la Tierra sentí un gran alivio. Y más aún al aterrizar. Después de tantos años de preparación y entrenamientos, me quité un peso muy grande de los hombros. Como parte del protocolo, los doctores del equipo me revisaron —la seguridad era lo más importante— y me encontraron perfectamente: ni mareos, ni dolores de cabeza, ni un cansancio excepcional, ni malestar muscular. Tenía los oídos tapados, sí, pero eso era de esperarse por el cambio rápido de altitud.

Ese día me dediqué a estar con mi familia, con mis amigos y con mi equipo, pues quería celebrar con ellos los logros y agradecerles por el apoyo durante todo el proceso. Tuvimos una fiesta casual en un restaurante que quedaba cerca de donde salió la cápsula que me llevó al espacio, en Roswell, Nuevo México; cerca, incluso, de donde aterricé. Todo era felicidad y júbilo, sobre todo, por tener de nuevo los pies en la tierra.

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