Desde que tenía dieciséis años y debuté como actor en la película María (1969), que se grabó en la hacienda El Paraíso de Cali, guardo un profundo agradecimiento por Colombia. Esa tierra me dio la buena suerte de entrar con el pie derecho a la industria del cine. Luego, mi carrera artística se desarrolló principalmente en Estados Unidos y México, pero en el verano de 1992, durante la entrega de los premios Óscar en Los Ángeles, la productora colombiana JES me invitó a participar en la telenovela Sangre de lobos junto a Aura Cristina Geithner. Acepté sin dudarlo y hoy puedo asegurar que fue uno de los mayores aciertos de mi vida porque con una temática polémica para la época (el amor de un sacerdote por una mujer) logramos paralizar a todo el país. Fue un éxito arrollador, que me dio la posibilidad de encarar un sinnúmero de proyectos en Colombia: teleseries como Dulce ave negra, películas, teletones y un programa de concurso llamado Fantástico. Esos años son inolvidables, porque con mi familia sentimos en carne propia esa forma tan especial que tiene el colombiano de demostrar su afecto. Incluso mis hijos Elán Fernando y Adán Jesús se educaron en una cultura con tradición latinoamericana de la cual me siento orgulloso.

Con el tiempo, regresé a mi hogar en Aspen (Colorado) pero la vida en la montaña me fue saturando lentamente. Por eso, con mi señora y mis dos hijos decidimos radicarnos en Puerto Rico el 10 de septiembre de 2001, justo un día antes de los atentados a las torres gemelas. Fue como un mensaje divino de que tenía que comenzar una nueva vida. Y eso fue lo que hice: Sin dejar la actuación me incliné más por la producción general. Monté mi propio estudio de cine en el que ahora produzco películas, series de televisión y novelas para distintos países.

Pero lo que más me llena de satisfacción es mi espectáculo musical Fernando Allende y sus mariachis con el que llevo cinco años recorriendo la isla de Puerto Rico. Me presento en teatros, estadios, restaurantes y en fiestas patronales con un show en el que interactúo con la gente. Yo les ofrezco un repertorio de doscientas canciones mexicanas y ellos van pidiendo. Al final terminamos cantando todos juntos como un coro celestial y eso me hace sentir en plenitud, recibiendo lo que todo artista desea: el cariño de su público.

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