Pintar es un placer extraordinario y por eso dedico mínimo ocho horas al día a mi trabajo, una labor tan solitaria como reconfortante. Siempre comienzo a partir de bocetos que se me ocurren cuando estoy pintando. Nunca sé el color que tendrá la obra. Los tonos van surgiendo a medida que avanzo en el cuadro. La decisión más importante es la de poner el primer color. Ese me sugiere el segundo y los dos juntos me llevan al tercero. Se trata de dejarse ir, siguiendo el instinto. En el proceso hay muchas correcciones y muchas dudas. El tema de la obra está en el boceto. Al empezar un cuadro conozco el 20 % de lo que será la obra y el 80 % lo tengo que inventar en el acto de pintar. El color es como un regalo que se le hace al tema.

Mi sistema es un poco como el de los escritores. Es editar un cuadro: cubro la tela rápidamente y la dejo descansar por lo menos un mes, por razones técnicas y por la facilidad que me da analizarla como si fuera hecha por otro. Generalmente la repinto dos o tres veces, corrigiendo el dibujo y el color, hasta que me satisface y ya no sé qué más hacer. Normalmente el proceso toma varios meses y algunas obras me han tomado años para resolverlas. Muchas no encontraron nunca la solución y siguen enrolladas o fueron destruidas. Antes de comenzar, sé más o menos el tamaño que va a tener la obra, pero para no sentirme limitado trabajo sin el bastidor pintando directamente sobre la tela en el muro. La proporción del cuadro cambia muchas veces y esto me da una gran libertad.

Dicen que para muchos escritores el primer párrafo es definitivo para comenzar una novela. El primer “párrafo” para mí sería la decisión del primer color, como dije antes, que en general debe ser un tono frío. Es más fácil ir de los tonos fríos hacia los cálidos que lo contrario. Lo que los pintores llamamos colores fríos son los que tienden hacia el azul y los cálidos los que tienden hacia el amarillo o el rojo.

Pero si me preguntan cuál es el peor error que puede cometer un artista, sería el de empezar sin la pasión que se necesita para realizar una obra. Si no hay pasión por lo que se hace, nada puede salir bien.

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