¿María Paz Ruiz? —me pregunta la mujer del check in—. ¡Es la única que no utiliza pseudónimo! Va a compartir habitación con la señorita Blume, una sexóloga a la que solo he visto en redes sociales.

Acabo de llegar al hotel elegido por la organización del Valencia Sex Festival (VSF), el primer festejo dedicado al sexo en la historia de la ciudad, que dura tres días y reúne a todo el que se dedique a esta industria. Un poco inconsciente de lo que supondrá esta convivencia, como escritora e investigadora sexual me comprometo a vivir allí de viernes a domingo.

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Me ducho y me pongo un vestido negro y unas sandalias. No pienso ir en cuero ni en cueros, porque voy a trabajar. Un carro vendrá a recogerme para llevarme al festival, situado en una apartada nave industrial de esta ciudad costera española, conocida por ser la cuna de las Fallas, esas esculturas impresionantes que luego arden sin pena, porque aquí les encanta todo lo que echa humo o suena. Por eso, adoran las motos, las bandas musicales, la pólvora y la paella, que nació acá. Claro que en estos últimos tiempos, los valencianos no pueden evitar ser conocidos también por sus casos espectaculares de corrupción.

En el parqueadero, me presentan a una californiana rubia y superblanca y a su esposo, quien podría ser el doble de Will Smith en la industria del sexo. Ella me cuenta en el trayecto que hace documentales y que tiene un trabajo convencional, aunque su marido es actor porno y los padres de ella no lo saben. Ambos me preguntan: “Are you a performer?”. Les contesto que no. En esta industria, ser un performer significa ser actor porno.

Llegamos, y antes de ingresar repaso las bases del festival: “Sí a las fotos de prensa, sí al sexo seguro, sí al uso de tu cuerpo bajo consentimiento, sí a la igualdad, sí a la diversidad de vestuario (desvestido, cuero, ropa interior), sí a la experimentación, sí al baile y al juego. La regla de oro del festival es el respeto mutuo, no a las fotografías en las zonas de juegos y en los escenarios, no a las sustancias ilícitas, no a la carencia de buenas maneras. Por razones de privacidad se pondrá una pegatina en la cámara de los teléfonos móviles”.

Entro a una bodega enorme con capacidad para miles de personas, pero se ve casi vacía. El ruido es espantoso, unos altavoces inundan de música electrónica todo el espacio, iluminado por luces verdes. Hay mucho humo. Pasamos a una sala oscura con un bufet para cenar. Además de la paella, tienen coliflor al horno, cosa que me sorprende; no me imagino los efectos de la coliflor en estos actores cuando tengan que trabajar.

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Nos rodean 20 mesas, ocupadas por hombres y mujeres que exhiben tatuajes, faldas punk, pelos de colores, botas, piercings, ojos ahumados y tacones de tortura. Está claro el sí a la diversidad del vestuario. Hasta aquí ha llegado todo el que sea considerado alguien en la industria del sexo en España: performers, exhibicionistas, transformistas, grupos de rock con nombres como Putilatex, activistas, vendedores de juguetes eróticos, editores, tatuadores, sexólogos...

Cenamos los tres. El doble de Will Smith es un tipo organizado, impecable al hablar, y siempre va con un maletín de portátil. Más que con un actor porno, parece que he cenado con un ingeniero. No come mucho y su esposa sabe que está nervioso. Tendrá su show en 20 minutos. Vamos juntas a ver su espectáculo: una escena de sexo en vivo con una mujer bañada en tatuajes. Me siento extraña al ver a este hombre tener un polvo salvaje mientras su esposa lo mira con ojos devotos. Arriba, una pantalla extragigante se encarga de amplificar la imagen por si uno se pierde los detalles de los agujeros.

Cuando me despido de la chica californiana para deambular entre los otros shows, pienso que el hombre se veía mejor en camisa y con el portátil que desnudo.

En el VSF, los estímulos aturden sin compasión. La música truena y hay dos escenarios para los llamados shows eróticos. Eso quiere decir porno del duro en tarimas donde es posible contemplar, en tu propia nariz, escenas lésbicas; tríos MMH (dos mujeres y un hombre), HHM (dos hombres y una mujer) y M?H; acrobacias, felaciones, agujas; sexo vaginal, sexo anal, sexo homosexual; pajas, y hasta un espectáculo en el que un tipo va a sondar a otro por el pito… muy instructivo, aunque jamás se vaya a practicar en casa.

Empieza un trío HHM. La protagonista decide practicar una mamada, pero no hay ningún cambio en el sujeto en cuestión. El número no funciona porque él es gay.

El día acaba y yo solo pienso en que debo convivir con estos actores por tres días. Y bastante peor que estar en el festival es escuchar sus gemidos a la hora de dormir. A mis vecinos de habitación les encanta ventilar sus orgasmos. Es tanto el escándalo que tiene efecto llamada, su sexo es contagioso: ¡ya no solo follan los de arriba, sino que los de al lado también han empezado a rugir!

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La mayoría de performers son muy jóvenes, de veintipocos, aparentemente sin carrera universitaria y dueños de cuerpos trabajados. Aunque también es posible toparse con barrigas gigantes y tetas desparramadas. Entre los usuarios de páginas web dedicadas al porno hay todo tipo de requerimientos. La gente escribe en los buscadores “grasa y estrías”, escribe “celulitis”, escribe “con pelo” o “sin pelo”, escribe “blancos”, “mulatos”, “miles de tatuajes” y hasta “canas”. Hay más variedad que cereales en el supermercado. Seas como seas, te puedes dedicar al porno y alguien mayor de edad verá tus shows.

La calidad, sin embargo, es discutible. No puedo decir que hasta ahora haya visto algo que me haya gustado en el VSF. Todo funciona más bien como un acto terrorista contra la intimidad, contra el pudor y contra las buenas maneras que proclamaban las bases del encuentro. Había leído que la programación de los talleres era más suculenta que la de los shows; podías encontrar yoga erótico, escritura feminista, spank (nalgadas). Por eso acepté venir, porque pensé que era un festival de sexo, pero no: es un festival de porno, cuyo eslogan recién impreso es “El porno sí es cultura”. Además, es el sexo en vivo lo que mueve a los 50 asistentes de un escenario a otro como borregos. Y lo que muestra ese sexo en vivo no excita a las tres mujeres que he consultado. Una de ellas me lo dice en un lenguaje muy gráfico: “Ese coño del escenario no es feliz”.

En mi caso, al verlo, no me dan ganas de ir a tener sexo, y eso es suficiente para saber que no me gusta. No hay un toque de sugerencia ni un gramo de erotismo. Todo está servido para que se engulla sin vasito de agua y deje agrieras. Hay exceso de tetas operadas, lametones guarros, coños abiertos para ser taladrados, pollas duras a base de ayudas. Y hay, sobre todo, superávit de calzoncillos de látex. No dan ganas de treparse allí. Dudo mucho que el sexo en vivo genere el fenómeno groopie de la música. Así que creo que lo del sexo seguro de las bases se cumplirá: seguro que hay sexo entre los actores, pero nadie más lo practicará.

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El segundo día del VSF, fuera de la nave espacial del porno, en un salón sin ventanas, daré un taller de orgasmo creativo para mujeres. Es un curso de empoderamiento femenino y, desde luego, la que llegue hasta allá tendrá un premio.iñe

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Aquí las mujeres nos observamos y descubrimos que en un círculo podemos liberarnos de todos los mitos que nos han contado sobre nuestra sexualidad. En este taller ninguna mujer se quitará la ropa. Todas trabajarán con su aceptación, hablarán sobre su miedo a quererse, a sentirse bien y a aceptarse como mujeres deseadas y deseantes. Alguien tiene que descorchar esa botellita que es nuestra sexualidad. El taller se llena, porque me dedico a cazar una por una a las asistentes y a darles algo más profundo que un show de penetraciones.

Reconozco: el porno me gusta, pero no el porno en el que el hombre maltrata a la mujer. Algunas de las actrices disfrutarían mucho más en mi taller. Yo sigo moviéndome entre los stands y buscando algo de paz entre tantísimo ruido. El porno en vivo es un montaje viviente con el tiempo medido, que suelta un olor a gel lubricante y que va dejando en el suelo rastros de residuos, confeti y algunos aderezos usados por los actores.

Reúne a un público sediento. La mayoría son hombres que han pagado 15 euros por pasar el día en el VSF. Cuando vuelvo, veo nuevos espectadores: 20 personas en silla de ruedas. Puede que estén aquí por el documental Yes We Fuck, que intenta visibilizar que los discapacitados también tienen sexo. La escena me resulta bizarra, incómoda, imposible de ser explicada.

El número que están observando concluye con una eyaculación, como tantos otros. Entonces, una señora con tapones, armada de un trapero y un balde, se encarga de limpiar los rastros de semen que caen al suelo. Así termina mi jornada.

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Al tercer día, después de haber comido coliflor de nuevo, me dedico a hablar con los performers y con un artista transexual, pues prefiero sus conversaciones a sus shows. Hay actores porno que estudian criminología, otros son artistas visuales o antropólogos, y hasta hay profesionales del circo que se dedican a esto porque es un trabajo bien pago. Y no falta quien dice que lo haría hasta gratis.

Una de esas personas es la impresionante Silvia Rubi. De mirada devoradora y 28 años, me confiesa que puede llegar al orgasmo con besos. “Los besos son lo más lascivo”, apunta con aire de conquistadora sin remedio. Charlo con ella y con Silvan, un chico hermoso que ha dejado clarísimo que tiene novia. Con su cara de ángel, dice que esto es un trabajo y que a veces tiene que hacerlo, aunque no le apetece. “Algunos días hace frío, otros actúas con la regla”, comenta Silvia.

—¿Qué haces en ese caso? —le pregunto.

—Uso un soft tampon, una esponja que te introduces hasta el infinito y más allá para poder hacer la escena. Cuando se termina, te vas de cañas (cervezas) si te llevas bien —comenta—. A veces le dices hasta pronto y ya. ¡No hay vínculo real! Es sexo, se empieza y se acaba.

Silvia y Silvan son personas que podrían estar viviendo una vida parecida a la mía: trabajo común, amigos, familia y ocio. Pero no. Están en este mundo donde no hay nada de clandestinidad, pero sí un seudónimo que se elige normalmente en inglés y que los performers dejan colgado en una percha cuando llegan a la casa. Les digo que estoy muy cómoda a su lado, que me resultan simpáticos. Me responden que así son ellos dos, pero que aquí no abundan la cultura ni los estudios.

Doy una última vuelta y, en susurros, me cuentan que los performers harán hoy miles de euros, mientras que a las investigadoras que hemos preparado las charlas y los talleres solo nos darán para el transporte, para ese hotel en el que no se duerme y para los platos de paella y coliflor.

Desconcertada e irritada, termino el festival. Se me quitan las ganas de tener sexo por un mes. Y eso de que “el porno sí es cultura” envuelto en humo y ruido se me raja en dos.

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