Se suponía que estaba disfrazado del Acertijo. Es claro que era una época en la que tenía baja autoestima. Y es claro, además, que era una época en la que tenía una economía de sicario. No hay una fiesta en Colombia que cumpla mejor su cometido de aterrorizar a la gente en Halloween que la de Andrés Carne de Res, a la que me he prometido no volver jamás.

La última vez fui disfrazado de Chucky. Gasté una tarde buscando un overol y toda una noche pintándome el pelo de rojo. Estaba tan impregnado de inseguridad como de los tóxicos del tinte de pelo: había comprado la boleta y desde ese momento me chocó que la fiesta se llamara “Jalogüín”. Andrés Jaramillo y su grupo de actores/montadores son unos genios, no por otra razón logran que uno pague una millonada por una fiesta cuyo nombre está mal escrito y se embarque en un carro, pague peaje y llegue al tenebroso Chía, lleno de mitos y leyendas de concejales que se aparecen borrachos en los carros, manejan en contravía y reaparecen ineludiblemente sobrios en una estación de policía.

Pero fue una vez dentro de Andrés cuando empezó el horror. ¿Qué mejor manera de provocar una sensación de pavor que meterlo a uno en un espacio cerrado, con una dudosa ruta de evacuación, llenarla de velas, objetos inflamables y dejarle a cada persona un espacio de 30 centímetros cuadrados para moverse? Ellos han hecho de Chía la capital internacional de la claustrofobia. Luego de unos minutos, mi cara se llenó de líneas de sudor rojas. Quise escapar al bar con la esperanza de que un trago acabaría terror, pero estos Hitchcocks de Chía van siempre un paso adelante: un mojito, hoy, vale 45.000 pesos. Momento clásico del terror # 1: imprimir en el protagonista la plena conciencia de que no podrá escapar a su perdición. Nadie ha sabido encarnar estos métodos mejor que Andrés Carne de Res y los torturadores de Guantánamo.

Pero ya estaba allá, así que no había otra opción que bailar Carlos Vives. Y quedaba, por supuesto, ver disfraces. Y una vez más: terror.

Vi las gatitas y enfermeras sexis y a gente que ha gastado demasiado tiempo de su vida adulta en disfrazarse del último personaje de Johnny Deep. Pero entonces uno ve la cadena de oro, la cruz con incrustaciones de esmeralda, la camisa abierta hasta el ombligo y el carriel. El aguardiente antioqueño en mano. El panama hat referencia Uribe en campaña. Mi disfraz de Chucky es un viejo recuerdo de la mediocridad que alguna vez fue. El tipo disfrazado de traqueto es impecable.

Y ese es el problema. Luego de ver al tipo, de sonreírle incluso, abrí el lente y descubrí que su mesa estaba plagada de comida, en un restaurante donde una porción de yuca cocida con queso paipa y hogao vale 17.400 pesos; vi el clamor con el que el personaje cantaba Jorgito Celedón (compositor oficial de la banda sonora del sentimiento paramilitar); descubrí que la policía sexy que el personaje tenía en las piernas estaba inflada no con prótesis de algodón sino de silicona...

Momento clásico del terror # 2: el síndrome de La ventana indiscreta. ¿Quién está ampliamente cómodo en una fiesta cuya música es la misma de cualquier piqueteadero de pueblo, donde la decoración es la exageración de lo popular? Zoom a la cara con el chin chin chin trepidante de los violines como banda sonora: el tipo puede bien ser un traqueto real, y yo llevaba varios minutos mirándolo con total indiscreción. El miedo. El pavor.

Trate de imaginar la situación: cuando se descubre que quienes están disfrazados podrían no estarlo, usted no puede quitarse de encima la idea de que la mujer disfrazada de bruja que tiene al lado podría realmente ser una bruja o la contralora Morelli. Momento clásico del terror # 3: la realidad del protagonista está trastocada. Trata de convencer a todos sus amigos de lo que ha descubierto, pero todos lo acusan de loco. Está indefenso, navegando entre demonios y gente pavorosa que cree que disfrazarse del tipo de La naranja mecánica es ser original.

No pude correr. Me quedé, añorando el momento en el que la tanda de música de plancha con la que se anuncia el fin de todas las fiestas en Colombia empezara. Todo parecía la peor versión del personaje del que estaba disfrazado: Chucky vs. El Carnicero de Chía. El muñeco diabólico que debía ser quedó reducido a una Barbie indefensa, rendida ante los poderes de la especulación del mojito y el horror del kitsch colombiano. Embadurnado de la escarcha de una mujer con la que no me revolqué en los baños y prometiéndome a mí mismo que no volveré a Andrés jamás en mi vida.

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