El 10 de septiembre de 1985 celebramos el cumpleaños número 40 del director de cine Carlos Mayolo en Cali. La fiesta se hizo en la casa desocupada de su familia, dos pisos llenos de habitaciones donde podíamos hacer lo que nos daba la gana. Llegaron más de 100 invitados, viajaron amigos de todo el país, se vendió trago, se rifaron diez gramos de polvo de estrellas y lanzamos, con todo éxito, un grupo de rock llamado Band-Aids. La fiesta duró dos días. Cuatro años después, el 28 de diciembre de 1989, celebramos el final de la década del ochenta en una mansión abandonada del barrio Normandía, en nuestra ciudad natal. Llegaron 500 invitados. A los primeros asistentes se les dio una bolsa con un condón, una papeleta, dos Alka-Seltzer, un paquete de cigarrillos sin filtro y un tranquilizante. Dos días después, a la orilla de la piscina, en medio de carcajadas inverosímiles, incendiamos la casa para nunca más volver.

(Lo que me gusta de la rumba)

Veintiocho años más tarde (es decir, hace dos días), me invitaron a poner la música en una rumba (una “rumba”: primer malentendido) de música “retro” (segundo malentendido), donde se reprodujeran las fiestas “de mi época” (tercer malentendido). Después de pensarlo durante un minuto, decidí decirles que no, con un argumento imbécil: la felicidad es irrepetible. No sobra decir que, minutos después de colgar sin despedirme, estaba arrepentido. Para completar, Dios sabe cómo desorganiza a sus criaturas: no pasaron 48 horas y ya me estaban pidiendo de SoHo un artículo sobre lo que extrañaba de esas peculiares ceremonias nocturnas en las que la música reina y los bailarines se confunden con los ligues, las conversaciones repetitivas y las peleas de altos decibeles. La coincidencia solo sirvió para reflexionar sobre un asunto que me viene atormentando. Mis seres queridos me miran con cierta indulgencia y, a veces, se atreven a preguntarme las razones por las cuales he decidido no volver a jolgorios nocturnos. No tengo una respuesta. Y creo que no la tengo porque no he dejado jamás de ir a fiestas. Simplemente el tiempo ha pasado, el ambiente de la noche tiende a repetirse y he procurado evitar, hasta donde sea posible, los placeres del alcohol.

Durante muchos años he pertenecido a una generación que ha vivido protegida en los excesos. Nos gustaba trabajar para celebrar y celebrábamos el placer del trabajo. Nuestro lema tácito ha sido: jamás hagas lo que no te encante. No había mucha diferencia entre el deber y el placer, porque el deber era el placer. Bastará repetir que nací en Cali, una ciudad sobreactuada por sus encantos. Pasé mi juventud en ese amanecer dorado en el que el alcohol, las drogas, el sexo, la salsa y el peligro nos acompañaban sin mayores problemas. Me crie entre músicos, pintores, escritores, actores y cineastas. Entendí que los pecados eran parte de mi formación y pronto los asumí como un regalo de la naturaleza. Promediando los años ochenta, colaboré en el rodaje de la película Cali, cálido, calidoscopio, dirigida por el citado Carlos Mayolo. En aquella cinta olvidada, el historiador valluno conocido como “Plumitas”, atravesando sus 90 años, aseguraba que todos los caleños éramos perezosos porque éramos contemplativos. “Todos los caleños sabemos nadar y bailar. Caleño que no sepa nadar y bailar no es caleño”, afirmaba, lapidario. Para mi desgracia, nunca aprendí ni siquiera a flotar en el agua y a bailar lo hice a regañadientes, porque mi mamá era bailarina de ballet y, entre sus alumnas, me obligaron a aprender. Así que me desenvolvía en las pistas con mediana seguridad aunque, en la realidad, lo que me gustaba de las fiestas era mirar. Mirar y, después, mucho después, poner la música. Siempre he tenido corazón de dj.

(Así se prende la rumba en un amanecedero)

Hasta los 27 años oí música como un salvaje y me enamoré tanto de los sonidos desconocidos que terminé cantando en un grupo de rock. Todo cambió cuando me vine a vivir a esa ciudad tan antipática como yo que los caleños llamábamos Tabogo. Me enamoré de Bogotá, en medio de los aullidos y las bombas, porque tenía más amigos con quienes hablar de los temas inútiles que me apasionaban. Y esos temas comenzaban en las fiestas y terminaban al amanecer, no necesariamente del día siguiente. Poco a poco, las rumbas fueron cambiando y nos fuimos refugiando en los apartamentos de los amigos. Los bares eran caros y había que hacer concesiones innecesarias. Ya no había tiempo para las divagaciones. En el apartamento de Luis Ospina celebramos, por ejemplo, los 50 años de Carlos Mayolo, donde dio un discurso memorable en el que afirmó: “Cuando nací, lo primero que dijo mi mamá fue: ‘bebé’. Y yo cumplí sus órdenes”.

A decir verdad, no extraño nada de las fiestas. Las fiestas están aquí, muy dentro de mí, ayudándome, con su poder esquivo, descubriendo, en algún amanecer de vértigo, que la cuenta regresiva, ironías felices, se iba a encargar de mantenerme cantando, como diría el censurado Andrés Caicedo, “la difícil Loving Cup”.

(La mamera de salir con una mujer demasiado inteligente)

*Escritor y dramaturgo. Su libro más reciente es Piedra sobre piedra, crónicas sobre los Rolling Stones.

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