Siempre me imaginé que los fisicoculturistas eran tipos lentos, sin fuerza y hasta bobos que se inyectaban de todo. Por eso cuando empecé a levantar pesas pensé que en algún momento me iban a dar anabólicos y esteroides, pero no. Y mejor, porque dicen que esas vainas encogen los testículos, dan problemas cardiacos...

Cuando me metí al gimnasio pesaba 99 kilos, era gordito. Ya he perdido 17 y los músculos me han crecido varios centímetros. Desde el principio he tenido que hacer una ‘deliciosa’ dieta: seis claras de huevo a las seis de la mañana, cinco más a las nueve, y después cuatro platos con carne y arroz —¡sin sal ni aceite!— cada tres horas: de almuerzo, de onces, de comida...

Al principio salía molido, me tocaba usar las dos manos para levantar el celular. Hacía un día circuitos de 15 o 20 repeticiones de cada parte del tren superior: tríceps, bíceps, hombros. Al otro, del inferior. Las cargas eran como de 20 libras para pecho, por ejemplo, hoy son de más del doble. También hago bicicleta, elíptica, estiramientos... 

Mientras pasaban los días, el ejercicio se convertía en rutina y yo me preguntaba si valía la pena el esfuerzo. Pensé en tirar la toalla. O meterme algo para adelantar en cuatro meses el trabajo de años, pero prefiero estar bien físicamente. Solo tomo batidos de proteína y creatina, un complemento alimenticio que me da energía. 

Es rico sentirse bien físicamente y acercarse a los estándares de belleza de Hollywood. Pero todavía me siento flaco, así me repitan que he crecido un resto. Puede ser un trastorno, algo así como la anorexia de los fisicoculturistas, a quienes ahora veo con otros ojos. Quiero seguir trabajando para ser como ellos, como Arnold Schwarzenegger.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.