"En un pequeño cuarto de hotel.", así podría empezar una historia que contara de una actriz que se mira a sí misma, no en un espejo sino en la película que acaba de protagonizar. En su cuarto de hotel estamos Flora Martínez y yo, ella está a mi lado y fuma, yo bebo agua a pico de botella, no porque tenga sed sino porque tengo que mojar los nervios: vamos a ver la película Rosario Tijeras por primera vez juntos, y la veremos en la pantalla pequeña de un computador que ella ha puesto sobre el escritorio, en medio de frascos de cremas para la cara y el cuerpo, entre cosméticos, papeles y llaves. Entre el desorden surgen las primeras imágenes y una canción que me recuerda a Donna Summer y los años de un Medellín que me conmueve. La película comienza igual que el libro, con un beso y un balazo, pero Flora me aclara que esa no fue la primera escena que filmó. La primera sí fue en la discoteca, pero no esta, la de su muerte. Me dice que el primer día de filmación llegó asustada, se sentía todavía extranjera para encarnar a Rosario entre tanto paisa, la discoteca estaba llena de extras que jugaban de locales y por eso a ella le hubiera gustado comenzar con otra escena, tal vez una en solitario que le hubiera permitido ir cogiendo confianza, pero allá en la discoteca le tocó hablar por primera vez como Rosario Tijeras, recordando lo que había aprendido en los meses de preparación.
En la pantalla pequeña Rosario se ve inmensa, vestida de rojo y bailando sola entre la multitud. A diferencia de ella, ni Flora ni yo fuimos discotequeros. Flora prefería los bares donde tomaba cerveza y hablaba de teatro, el cuento bohemio, y cuando dice "teatro" su cara se llena de emoción. Fue su mundo desde los catorce años y una forma eficaz de alcanzar la libertad: su papá la encerraba, literalmente, en la casa para que ella no pudiera ir al colegio, para salvarla de la mediocridad de nuestro sistema educativo. Él le dio la opción de hacer algo distinto a ir a un colegio, le preguntó qué quería hacer y ella le dijo "teatro", porque presentía que ese sería su único espacio seguro. Entonces él abrió la puerta y Flora salió a volar, no solo con las alas que le otorgaría el arte sino como en ese sueño recurrente en que el que, dormida, vuela, sube y se eleva, al principio con miedo pero ahora, después de tanto volar, comienza a disfrutar de las alturas.
No han transcurrido muchos minutos de la película y ya Rosario aparece desnuda. Flora prende otro cigarrillo y yo tomo agua de mi botella. Tenemos que hablar de los desnudos que no son pocos en la película, y además son ardorosos y prolongados, porque más que desnudos son escenas de amor, más que de amor son de sexo desaforado. Ella admite lo difícil que es desnudarse, tiene que estar segura del tratamiento que se le dará a la escena, le teme a la vulgaridad, quiere que sus desnudos muestren y cuenten solo lo que tienen que contar, que no se sobrepasen. Confiesa que en una primera edición sus desnudos eran más extensos de lo que su comodidad podía soportar, y le agradece al director que hubiera sabido cuidarlos además de echarles tijera. Pero entiende que el sexo era parte de Rosario, parte de su poder y de su rabia, que no era Flora la que galopaba desnuda sino el personaje haciendo uso de su arma más exquisita.
De todas maneras no le fue fácil ser Rosario y sensual a la vez. El reto era cómo ser encantadora sin casi sonreír. Rosario era dura, la recubría una coraza de insensibilidad, pero Flora no quería convertirla en un monstruo de hielo, en un robot, tenía que hacer que su personaje sedujera sin los elementos tradicionales de la seducción, contenerla, un trabajo difícil para alguien como Flora, que es pura dulzura y expresión. Para Rosario, en cambio, cualquier asomo de ternura podía significar la mayor muestra de debilidad, de ahí, también, sus silencios. La película está llena de ellos. A veces retumban las balas y las palabrotas pero de tanto en tanto hay silencios largos y nubes quietas sobre el inquieto Medellín.
El teléfono suena en el cuarto, Flora contesta mientras Rosario se pasea intranquila en la pantalla, nadie sabe lo que piensa, ni yo que la conozco desde hace tanto tiempo, yo no sé qué quiere Rosario de la vida, Flora trata de entenderla y de explicarla, ve a Rosario atrapada en su presente y en su pasado, sin tiempo para pensar en un futuro, viviendo instantes únicamente. Suena un balazo, Flora y yo dejamos de hablar porque suenan dos tiros más. Rosario acaba de matar a un tipo. Flora recuerda cuando fue Rosario y también mató, me dice que cada disparo es una descarga energética muy violenta, cuenta que casi se desmaya en esa escena en la que le descerrajó tres tiros a un hombre en el baño de la discoteca, y cuando me lo cuenta estira su brazo y tiembla. Las mujeres con las que habló ella para preparar el personaje, muchas habían matado y le hablaron de ese temblor en las manos; por ahí en Medellín debe de estar el cuaderno donde Flora anotó las frases que ellas le dijeron, el recuerdo que quiso guardar de todas ellas.
Y algo que guardará Flora con ella y por mucho tiempo es el nombre: Rosario Tijeras. Le digo que yo llevo varios años con esa cintilla: el autor de Rosario Tijeras, y le pregunto si no teme que el personaje y el nombre se queden en ella. Dice que le gusta el nombre, es más, un par de horas antes tuvimos que registrarnos en la portería de un edificio importante y cuando le preguntaron cómo se llamaba, Flora dijo "Rosario Tijeras", y el guardia lo escribió ingenuamente en la planilla. Flora está agradecida con Rosario, entre otras cosas porque le ayudó a exorcizar el demonio que tenía adentro. Yo la vi poseída por una fuerza extraña un día en que fui al rodaje, en Medellín. Era una escena complicada, Rosario tocaba fondo, su actuación era intensa y conmovedora, yo quería que gritaran "corten" para que ella descansara, pero a pesar del "corten" Flora seguía siendo Rosario, aunque a veces sí parecía Flora, Flora "enrosariada" que defendía con ahínco el proceder de su personaje, y pedía respeto por ese espacio sagrado de todo actor donde la mentira es la más sincera de las verdades. Ahora se siente purificada. En cada descarga, en cada rabieta y en cada bala fue dejando todo lo que tenía en común con Rosario para pasar a ser únicamente Flora, ahora sin demonios, incapacitada, por el momento, para representar otro personaje violento como Rosario Tijeras.
Flora mira la pantalla y se retuerce, echa un madrazo, Rosario está frente a su hermano muerto y Flora dice que Rosario necesita un apoyo urgente pero no hay nadie alrededor para un abrazo a tiempo. El único que podía hacerlo está ahí tendido, ajusticiado quién sabe por qué enredo, y el otro que podría abrazarla todavía no se atreve. Rosario llora a gritos sobre el cadáver de su hermano; le pregunto a Flora si le tiene miedo a la muerte y me dice que ya no, no le teme después de hacer de Rosario. Flora también ha perdido gente que adoraba pero Rosario le enseñó la naturalidad de morir, aunque le sigue temiendo a quedarse sin ganas de vivir, o no aprovechar lo que la vida generosa le ha venido dando. Quiere que los momentos especiales no pasen en vano, quiere engrandecerse y trascender con ellos, dejar de pelear con la vida, con ella misma, con la actuación, dejar de ser propensa al sufrimiento y con los ojos aguados dice que quisiera llorar menos. Estos propósitos son herencia de Rosario y de su experiencia con la gente de las comunas de Medellín, ellos le contagiaron la alegría de vivir a pesar de las carencias, a alcanzar la plenitud con lo poco que se tiene, el sentido de la amistad, la lealtad, la rodearon de un cariño que le quedará para siempre.
Fiel a su costumbre, Rosario acaba de sincronizar un tiro con un beso. Yo que la conozco desde su nacimiento todavía no entiendo muy bien esa manía de besar a sus víctimas antes de mandarlas para el otro lado. Flora recuerda, cuando se metió en Rosario, uno de los tantos besos que antecedieron algún disparo y lo recuerda como un trance producido por la rabia acumulada, un regreso al momento cuando la violaron, una manera de cobrar aquel abuso con un beso iracundo y definitivo. Para mí fue una licencia poética pero ahora, gracias a Flora, lo entiendo de otro modo.
El final va llegando y ya casi no hablamos. La proximidad del final hizo que Flora sintiera todo de color blanco, en la última escena que filmó, entrando desangrada al hospital, el rojo de la sangre no predominó sobre el blanco que la hacía flotar. De blanco se despidió de Rosario Tijeras. Ahora se acerca el otro final, el de la película, y Rosario se alista para otra muerte. A pesar de que sabemos qué va a pasar, miramos atentos la pantalla como si guardáramos alguna esperanza. Oigo un suspiro que no viene de la película. Miro a Flora y está bañada en lágrimas, me dice "no quiero que la maten". Yo quisiera hacer algo pero ya no se puede hacer nada. Rosario se aferra al poco aire que le queda, Flora me dice que morir es como ponerse un vestido que a uno ya no le entra, así se lo describió alguien que fue y volvió, y así lo sintió cuando murió metida en Rosario Tijeras.
Esta historia que comenzó en "un pequeño cuarto de hotel" podría terminar: "La actriz llora cuando ve que su personaje muere", pero la actriz no está actuando, su tristeza es sincera. En cambio a mí me toca fingir para tragarme los suspiros.

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