Esta semana descubrí un machismo que tiene alrededor de 800 sedes y más de 455 franquicias en el mundo. Esta semana descubrí que hay una forma de comerse una hamburguesa cayendo en los estereotipos más lamentables y vulgares que me hubiera imaginado. Esta semana fui al Hooters de Bogotá y quise estrangular a más de un empleado de esta cadena pseudorrepublicana y absolutamente patriarcal que esconde una política de desprecio, sexismo y estupidez en sazonadas y picantes alitas de pollo.

Empecemos por el comienzo. Hooters es, ante todo, un restaurante. Y me temo que cada norteamericano estándar ha llevado a su linda, funcional y numerosa familia a uno de estos sitios por lo menos una vez en su vida. Incluso, estos mismos gringos seguramente prefieren ir a un Hooters en el extranjero que conocer la gastronomía típica de un país. Hooters es ya una marca, un destino preestablecido, un concepto. 
El restaurante ya se lo pueden imaginar: muros totalmente forrados de madera al puro estilo rancho, llenos de escudos de clubes de fútbol, decoración country y pantallas gigantes de televisión que transmiten sin parar partidos de fútbol y otros deportes masculinos, aunque no me sorprendería ver luchas de mujeres en el barro o partidos de voleibol de ellas, semidesnudas en la playa. Un restaurante donde la gente viene a comer y donde la mitad del menú entra por los ojos en un ambiente relajado. Por lo menos ese parece ser el objetivo de Hooters. 
La misión es austera: “Buscamos proveer a la familia hospitalidad y excelentes servicios con el fin de mejorar el estilo de vida de todos los que entran en contacto con nuestra marca”. Hasta aquí todo bien. Parece un típico lugarcito del medio oeste norteamericano. Falta solo el cowboy y su caballo. Pero eso no es todo. En Hooters la gente va a comer hamburguesas, pollo frito, alitas picantes, papitas y, sorpréndanse, nenas. Sí, esta clarísimo. Hooters es ante todo una cadena que utiliza chicas como parte del menú. Seamos precisos: como son parte del menú y que, como es bien sabido por los gastrónomos sibaritas, la comida entra por los ojos, Cyndy, Laura, Mary, Nancy y decenas de chicas más van ligeramente vestidas: un minishort anaranjado o negro, una minicamiseta que difícilmente abriga un generoso busto, tenis y cabellos largos. Tal cual las reinas de belleza de nuestro famoso reinado novembrino, son casi todas idénticas: sonrientes, amables y absolutamente intocables. Toman el pedido, traen la orden y cobran. Van paseando por todo el restaurante, meneándose y contorsionándose sobre las hamburguesas de los clientes, bailando como porristas quinceañeras y gritándose las órdenes del pedido. En otras palabras, hace mucho que no veía un espectáculo tan grotesco y particular. Si algo me gusta es comer en calma. Pues bien, en Hooters no pude comer nada. Las alitas se me atragantaron pues estas chicas no paraban de moverse y llamar la atención. Sus traseros danzaban a ritmo de meneíto. Seamos justos: Hooters reconoce en sus políticas que los restaurantes utilizan una porción de la anatomía femenina como elemento identitario de la cadena. No hablan por supuesto de las alitas de las gallinas. Hablan de los pechugones y las colas de las niñas. Como lo afirma su página web: “El elemento de atractivo sexual femenino es frecuente en los restaurantes, y la compañía cree que la Chica Hooters es aceptable por la sociedad de la misma forma que un vaquero de Dallas, una modelo de Sports Illustrated Swimsuit, o un Rockette Radio City”. Es decir, madre mía, lo reconocen. Utilizan los atributos femeninos para vender sus asquerosas y grasientas alitas. 
Lo sé. Por supuesto en Colombia hay distintas maneras de comer, pues este verbo tiene significados múltiples que, debo confesar, he tenido dificultad para entender en toda su amplitud. Es evidente que si hacemos una buena observación etnográfica, estamos de acuerdo en que en Hooters son los hombres los que comen a las mujeres, aun cuando sea solo con los ojos. Y la estadística lo confirma: 70% de los clientes son hombres, la mayoría entre los 25 y 54 años (fuente: Hooters). Y yo misma, desesperada ante la danza de las conejitas, decidí ir a hacer mi propio estudio estadístico. En esta sede del norte de Bogotá, en la noche en que estuve, conté treinta hombres, nueve mujeres y cuatro niños. Como no me aguanté, quise preguntar a algunos por qué iban a este lugar. Esperando un sinfín de respuestas ligadas a la presencia de las conejas-meseras, encontré respuestas bobaliconas y políticamente correctas que alababan la comida, el ambiente relajado y la música. ¿Cómo? ¿Entonces, da lo mismo que estas incautas y cándidas chicas sirvan comida en prendas tan ligeras y tan sexi-vulgares? Caray, regresé confundida a mi mesa. O me tomaron por una feminista light, o estos hombres, como ya la experiencia nos lo demostró, son hipócritas y solapados. Decidí entonces reiniciar mi excursión, y encontré una mesa de dos hombres maduros, de estrato alto, que por fin me dijeron lo que quería oír: “La comida es rica, pero las niñas mucho más”. 
Volví a mi mesa, pedí postre, y me puse a pensar que en el fondo Hooters parece un restaurante inofensivo que solo reafirma que muchos hombres siguen atados a esta imagen de macho biológico que toma un descanso mientras come alitas picantes de pollo con mujeres-objetos sexuales apenas picantes e intocables. Tal vez solo para despertar fantasías y prepararse a una mejor noche, pero esta vez con una mujer permitida: la de ellos. Porque Hooters, a diferencia del prostíbulo, clama que no hay lugar para el encuentro sexual y la transacción. Es más, encontré en su sitio web unas políticas draconianas que afirman que el acoso sexual está rotundamente prohibido en sus restaurantes. Estas políticas incluyen un sistema de información confidencial de quejas y un número de teléfono de llamada gratuita para las denuncias. Como lo expresan ellos mismos: “Desde 1983, Hooters ha empleado más de 300.000 chicas Hooters y ha tenido muy pocos incidentes y demandas por acoso sexual”. Es lo que sabíamos: un restaurante que incita, al mismo tiempo que prohíbe. Es decir, la esencia más reprobable del puritanismo norteamericano. Mejor dicho, cada vez que ustedes vayan están participando de las grandes empresas republicanas: las que prohíben el matrimonio homosexual, el aborto y la eutanasia. 
Por eso, ir a Hooters es triste: chicas como en una feria de ganado les llevan brownies a adolescentes con acné y tendencias masturbatorias. Chicas que le llevan una hamburguesa doble carne al jubilado que está solo en una mesa y que no se atreve a ir al burdel. Chicas que ofrecen alitas de pollo a empleados que comparan estas tetas ofrecidas como manjar con las de sus mujeres. Chicas que deben ganar menos de dos salarios mínimos y que bailan como trompos para pagarse sus estudios en una universidad nocturna. Eso es Hooters. Y me sorprendió ver niños y niñas. Que en un futuro serán probablemente esos adolescentes, empleados y jubilados que frecuentarán de nuevo el lugar.
En este país de violencias sexuales, de manoseos en buses, de violaciones diarias a niñas, adolescentes y mujeres, de tristes y sórdidos prostíbulos, de mujeres convertidas en botín de la guerra o de la vida cotidiana, Hooters puede parecer inofensivo pero no lo es: es la versión de estrato medio y alto de un triste país machista y violento. Eso sí, sazonado con alitas de pollo picantes y grasosas. 

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