Hombres como Eugène Pirou y Albert Kirchner, que en 1896 hicieron la que es catalogada la primera película pornográfica —en la que una mujer realizaba un striptease que hoy sería una escena en cualquier novela romántica de la tarde— nunca hubieran imaginado el abanico de opciones que en el siglo XXI encontramos en la pornografía.

Yo entré a la industria por la ilusión de grandes penes (aunque no me quejo de lo que tengo en casa), por la esperanza de múltiples orgasmos y poses novedosas, y por las ganas de vivir la esencia misma de la pornografía. En mi interior necesitaba conocer el límite al que podía llegar al copular. 
Incursioné en el tema de la filmografía porno como muchas mujeres entramos a los negocios familiares y, en mi caso, por Nacho Vidal. Era el año 2005 y él me propuso hacer parte de su película Nacho Rides Again, y ahí hacer un trío, cosa que me alucinaba porque da la garantía de que no se pierde el tiempo. Los tríos son una verdadera fruición, no me aburro nunca y a cada instante hay movimiento de placer, solo imaginen: gozo en la lengua (y acá no preocupa el tamaño porque estoy segura de que todos los hombres saben que en el sexo oral, la lengua es como los carros de carreras: no importa el tamaño sino la caja de velocidades), entretenimiento en los senos, deleite en el clítoris en un solo clima de éxtasis con penetración. ¡Delicioso! 
Mi perspectiva de la bisexualidad es contar con la garantía de opciones orgásmicas diversas todo el tiempo, porque follar con un hombre es algo salvaje en contraposición a una mujer, que es tan distinto y placentero a la vez. Me atraen las mujeres, soy fanática de su olor. Tocar la piel suave de una mujer es una fantasía y sus besos son dulces, ricos. Y si te tocan los dos en la cama, es la perfecta combinación de la sensualidad de dos mujeres y el lado salvaje de un hombre. Entonces ya sé que estoy ante la mejor noche de cacería. Debo aclarar que la disyuntiva de los tríos, en mi caso, solo tiene un camino que hago con gusto: hombre, mujer y yo. Enriquece mi cuerpo la sensación de jugar con otra mujer, chupar el pene juntas y al mismo tiempo besarnos, o recorrer con las lenguas el pene de abajo hacia arriba, o una chupando los huevos y la otra succionando la punta, y ni hablar del hombre acostado bocarriba y una sobre su pene y la otra deleitándose con su lengua en su vagina, y las dos besándonos y tocándonos los senos. Todo este momento es un sueño hecho realidad.
La escogida en esa ocasión fue Lucía Lapiedra, una mujer española, blanca, rubia, de buen cuerpo, guapa, que quería hacer sus pinitos en el porno. Y como me pasa con muchas, la deseaba muchísimo, y ese era el momento de probarla. Así que me preparé para ir al sex shop y adquirir lo que me acompañaría en este safari sexual, y pensé en una indumentaria distinta: un enterizo de malla, máscara de látex con un hueco en la boca, ¡clarísimo!, para chupar, lamer y así saborear el delirio del clítoris (todos los lectores estarán de acuerdo en ese sabor indeleble). Y así comenzamos a filmar. En un periquete, las manos mágicas del protagonista me llevaron a esa tesitura, un squirt (hago referencia al orgasmo femenino) que fue tan fuerte que mi pareja Lucía pensó que me había orinado.
Nacho, como siempre muy profesional, todo el tiempo preocupado por las luces, las cámaras, el mejor ángulo, la mejor estética. Lucía, allí muy competente, ya había realizado en esta su deseo de hacer una película con Nacho y con las simulaciones precisas de una filmación, porque, recuerden, este es un trabajo: lo disfrutas o lo haces por la paga, y hay partes que se disfrutan más que otras. Y mientras todo pasaba, el camarógrafo seguía, agobiado, las imposiciones de Nacho.
Y allí estaba yo, iniciándome en las películas pornográficas. Al comienzo todo era con el mismo actor (aunque no me disgustaba porque era mi marido), un presupuesto medio y, como en todas las empresas familiares, la idea era reinvertir las ganancias y la paga sería en especie. Implicaba tomar decisiones, cumplir ciertas tareas como actuar o buscar actrices; me sentía haciendo unas pasantías sin remuneración, es decir, solo experiencia para el currículum vítae. Con todas estas carencias y después de esa escena, llegué a una sola conclusión: brotó un gusto que persiste en mí todavía. Y esto es lo que yo llamo un verdadero emprendimiento profesional.

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