Anoche me peleé con mi primo.
Porque el hijueputa se puso a burlarse de Freddy Rincón, con esto de que alguien alguna vez dijo que el negro era el mejor cinco del mundo, cuando jugaba en Brasil hacia el final de su carrera.
Al ver mi cara:
Que Rincón efectivamente jugaba mucho, pero eso de que era el mejor cinco del mundo ya era exagerar.
En Colombia, o en Bogotá, o en donde yo aprendí a jugar fútbol, con la gente que aprendí y con la que he jugado toda la vida, se dice que alguien juega mucho para significar que posee un talento superlativo para la práctica de este deporte. Basta esa expresión, “ese tipo juega mucho”, para que todo quede claro.
Estábamos tomando cerveza. Era viernes. Mi primo salió de trabajar, me llamó, nos vimos. Rutina.
Aunque últimamente, sin importar el tema, siempre terminamos discutiendo. En su cara, cuando los gritos del uno tratan de anular los del otro, se ve que si no fuéramos primos hace rato me hubiera cosido a golpes. Esto lo tengo claro y sin duda es el motivo para nunca quedarme callado.
—Varias cosas, primo, la primera es que Freddy Eusebio Rincón excedió la categoría de jugar mucho; nos dio gloria ese negro, tenía tres huevos, ¿o ya se te olvidó cómo le sacaba el culo al perro del Simeone…

Me interrumpe. Que yo estaba como esos locutores que creen que saben más que la gente porque mencionan a cada rato los dos nombres de los jugadores: Carlos Alberto, toque corto para Jorge Eladio que cede a Mario Alberto, que abre para Freddy Eusebio que pone a picar a Faustino Hernán.
Así dijo el cabrón.
Y yo:
—¿O es que no saltaste como una loca en el 90 cuando les empató a los alemanes? —vena brotada celebrando en la esquina, el Pibe que llegó como loco en montonera, los suplentes enloquecidos.
Tiene que estar, esta imagen, en el imaginario de cualquier colombiano.
—…
—¡Veneco!
Yo no pude ver el gol en directo, y es el gol que siempre habré de recordar. Cuando me vaya a morir, será el gol que me lleve en la memoria. Había apagado el televisor, como muchos otros compatriotas, cuando Littbarski marcó el uno a cero en nuestra portería. Mi vecino, Pollo, un par de años mayor, siempre metido en mi casa (a lo mejor porque le gustaba mi hermana), insistió en que lo prendiéramos y en que perdiéramos con dignidad. Lo insulté. Lo llamé hijueputa y le dije que lo iba a matar. Yo no me acuerdo qué contestaba, pero seguro tenía cosas por decir, no era ningún idiota. En esas estábamos cuando la ciudad rugió. Volvimos a prender el aparato.

(En lo relativo a mi técnica para el insulto, nunca antes le había dicho a nadie que lo iba a matar. Aunque después, a medida que se iban juntando los años, comencé a expresarme de ese modo debido a que el hijueputa y el malparido y el gonorrea perdían su poder, por tanto uso.)

Después lo vi mil veces, el gol de Freddy Eusebio, siempre a punto de dejar caer alguna lágrima. Mi papá me compró un video pirata del partido. Todavía lo observo y algo sucede, una emoción parecida a la que me acomete cuando observo fotografías de la infancia. Mi hermana pequeña, yo más, abrazándonos, forzando un beso a su vez forzado por mi mamá; mis primos, yo, todos infantes y sonrientes, sucios, fachosos, el más chico en brazos de un tío que debía de tener la misma edad que tenemos ahora nosotros.

Me gusta el pasado, qué le voy a hacer, seguro porque fui un niño agraciado —y hasta feliz, puesto que era niño y no sabía todo lo que uno como niño ignora—. También porque no me ha ido muy bien, ahora último.

Incluso, con los amigos del barrio, Pollo entre ellos, nos aprendimos la jugada, reproduciéndola en la cancha en la que solíamos batirnos. Rudi Voeller, que lo único que quería era hacer tiempo y gambetearse a toda Colombia en la esquina del córner, la pierde con Leonel Álvarez. Leonel, todo huevos y, cómo lo digo, gallardía paisa, la deja para el Bendito, que toca con el Pibe, que tiene problemas en la recepción y logra tocar con Freddy Eusebio, que de primera deja con el Bendito y sale como una flecha por el andarivel derecho. El Bendito vuelve con el Pibe que engancha y de zurda, magistralmente, deja solo a mi negro que, ante la salida de Ilgner, la desliza por el medio de las piernas, por el único resquicio por el que podía pasar el balón. Contaba doce años, yo, que siempre pugné por ser Freddy Eusebio en el lance, aunque siempre me ubicaban de Bendito Fajardo, quien recuerdo tenía asma y solo podía jugar un tiempo. Jugaba bien, desde luego, sin ser Rincón. Mucho tiempo después de esto conocí a una mujer de apellido Fajardo. Yo le decía ‘el Bendito’, ella reía. Esa misma mujer, después, trapeó el piso con un servidor.

Pero chévere.

Íbamos por la cuarta o quinta cerveza, y yo, en medio del estridente vallenato, en medio del local en que nos hallábamos en Chapinero, sentí ganas de llorar de nuevo. Era el trago, desde luego. Mi primo miraba hacia la calle, seguramente repasando a su manera ese sublime momento.

A esta altura de la noche, no eran ni las ocho, mi primo ya había hecho el nexo telefónico con una de sus amigas, quien prometió acarrear una manceba para mí. Que valga el pedazo de información, a mí nunca me ha ido bien en este tipo de encuentros, todo lo contrario, los fracasos han sido de diversa naturaleza. Una vez terminé en una estación de policía (no quiero profundizar en el tema). Pero bueno, era viernes, estábamos tomando cerveza…

A veces le da a uno por esas.

Freddy Eusebio Rincón Valencia nació el 14 de agosto de 1966 en la ciudad de Buenaventura. En la primera división colombiana debutó con Independiente Santa Fe, fue transferido al América de Cali —mi equipo—, en donde ganaría notoriedad y se iría convirtiendo en el gran volante de ida y vuelta que fue, la mejor gambeta larga que yo haya visto, potencia, gran disparo. Para la temporada 1994, de la capital del Valle del Cauca fue a parar al sur de Italia, a Nápoles, cuyo equipo se caía a pedazos tras la salida de Diego Maradona. Allí, lo leí en alguna parte, lo ubicaron como delantero en más de una oportunidad. Posteriormente, en el 95, fue vendido al Real Madrid, como parte del proyecto liderado por el argentino Valdano. Allí no le fue bien, en parte por el racismo de esa ciudad y esa hinchada para con un suramericano que además tiene la desgracia de ser negro. Así son los chapetones: puede ser usted negro, pero africano (o hasta europeo se lo pasan), de ninguna manera colombiano, eso es imperdonable. En fin, que después de una triste temporada en esa liga, en donde recuerdo cómo le da un gol al chileno Zamorano en no sé qué partido, el fútbol brasileño se hizo con sus servicios. El negro la rompió en el país vecino, al punto de convertirse en el mejor extranjero que jamás jugó en el fútbol de más alto nivel técnico del mundo. En tierras paulistas lo agarró la jubilación. Para entonces, al igual que otros cracks internacionales que van retrocediendo posiciones en la cancha, jugaba de cinco y no de ocho.

Con la selección conoció el éxito. Junto al Pibe Valderrama y a Faustino Asprilla lideró la insurrección futbolística colombiana, que nos llevó de ser los peores del continente a ganarnos el respeto general. Después lo perderíamos, aunque eso hace parte de otra historia. Como sea, nunca hemos tenido un volante con tanto gol, con tanto despliegue. Lo suyo con el equipo tricolor fue meritorio: se lo veía en la misma jugada recuperar un balón, ir al piso, guerrear, para después culminar el ataque con un pique de cincuenta metros, gambeta, remate esquinado.

Sin lugar a dudas, para decir una argentinada, fue jugador de selección más que de club.

Tal vez esa sea la razón por la cual yo quiero tanto a Freddy Eusebio. Y cuando digo lo quiero tanto quiero decir exactamente eso, que lo quiero, que me ha dado mucho.

Todavía, incluso como están las cosas, no pierdo los resúmenes deportivos del domingo en la noche, en espera de que un compatriota se haya destacado en alguna liga internacional. Eso es la felicidad, para mí.

El fútbol siempre ha sido muy importante. Para parafrasear a un inglés, este deporte no es un asunto de vida o muerte, es algo mucho más importante que eso. Freddy Eusebio es y será mi jugador favorito. Difícil, como se ve el asunto, que alguien lo vaya a superar.

Poco antes del verano de 1994, mi padre me sorprendió con la buena nueva de que viajaríamos a tierras estadounidenses con el objetivo de observar el decimoquinto mundial de la historia. Yo estaba doblemente feliz, pues salvo un par de viajes por tierra a Ecuador y a Venezuela, no conocía nada más y, como considero lógico en un joven de 15 años, me moría de ganas por conocer ese país. Allá llegamos, con los cinco goles marcados a Argentina en el último juego del clasificatorio —dos de ellos de la autoría de mi ídolo, el primero a gran pase del Pibe, con regate sobre el portero gaucho; el segundo, rematando a la red un centro de Leonel Álvarez, tras gran corrida del Tino— todavía frescos. Nuestro ánimo era exultante, patriótico, inmejorable.

Ahora me es difícil recordar qué sentí observando a mi equipo jugar y fracasar en directo. Tal vez era demasiada la gente que teníamos al lado, tal vez estaba obnubilado por ver de primera mano y por primera vez la imponente ingeniería civil norteamericana. Total, que de las incidencias de los partidos es poco lo que recuerdo. El marcador, desde luego que sí, la temprana eliminación, el sentimiento de impotencia, aunque esto sea tonto decirlo. Ha sido una amarga sorpresa revisar los videos de los partidos y encontrarme con que dos errores crasos de Freddy Eusebio acabaron con sendos goles de rumanos y gringos; con que la actuación, no solo de Freddy sino de todos los jugadores que defiendo con tanto ardor, fue pobre, pobrísima, miserable.

En el Rose Bowl, cuando caímos por dos a uno en contra del equipo norteamericano, me separé de mi grupo y corrí en dirección a la cancha, más o menos hasta donde me dejó acercarme un negro grandote de seguridad.

—¡¿Cómo me hacen esto?!

—grité, a la par que arrojaba una botella de agua en dirección al campo. El negro me miró. Yo lloraba.

Con todo, y a pesar de que el resto de las vacaciones fueron una tortura por cuanto parque y diversión yanqui pudimos recorrer (mi gesto en las fotografías lo dice todo), soy el defensor número uno de aquella generación y de Freddy Eusebio, a tal punto que está decidido, mi primer hijo no se va a llamar Diego Armando, no Mario Alberto, sí y por siempre y si se lo intenta cambiar lo mato, Freddy Eusebio, Freddy Eusebio Rincón Valencia.

Como estábamos en un lugar non sancto, cuando las señoritas llamaron avisando su cercanía, pagamos la cuenta y salimos a su encuentro. La mía no estaba del todo mal, aunque lucía algo vulgar con su escote en punta de lanza. Mi primo saludó a la suya de beso en la boca; yo le di la mano a la que me correspondía, un beso en la mejilla y, aprovechando que ya tenía unas cervezas encima, hice lo posible por mostrar una agradable versión. Mi primo propuso que nos proveyéramos de aguardiente y nos instaláramos en su residencia, la cual no se hallaba lejos. Las damas estuvieron de acuerdo y así se hizo.

Ya en su apartamento, en la sala de su apartamento, conectamos la computadora, pusimos música y charlamos animadamente; o mejor, las niñas hablaron sobre el colegio, sobre la universidad, sobre amigos que tenían en común. Mi primo y yo aportábamos cualquier pendejada más o menos ingeniosa que diera para pensar que estábamos interesados en el tema. Parece que no se veían hacía un tiempo, pues la mía se había dado besos con el novio de la de mi primo, y por ese motivo, según me relató mi primo después, habían dejado de verse. No obstante, la de mi primo había decidido dejar en el pasado agravios y ofensas y contactar de nuevo a Natis, que así era como se llamaba la que me hubo tocado en suerte.

Brindábamos cada tanto. Mi primo y yo nos mirábamos, él haciéndome caras cuando Natis posaba su mano en mi rodilla.

No se puede explicar, entonces, porque hizo lo que hizo el idiota, cuando Natis anunció que iba al baño, pues ya Carolina (así era el nombre de la otra) había salido un momento al pasillo a atender su celular. Seguro había quedado con la sangre en el ojo. Le bajó un poco a la música antes de hablar. La primera de las dos cajas que habíamos comprado estaba por acabarse.

—¿Y qué me dices de cómo le fue al mejor cinco del mundo en el Real Madrid

—Ay, huevón —me cogió fuera de base. Ya que la noche había tomado otro cariz, me encontraba sin ganas de discutir, pero no podía permitir esa afrenta—. Estaban esperando el reemplazo de Laudrup, que es un jugador distinto al negro. Freddy Eusebio era ocho. Se sabía lo que iba a suceder. Además, esos españoles son muy racistas.

En ese momento dijo algo así como que la diferencia era que Laudrup sí sabía jugar, en cambio ese niche perezoso no tenía idea.

—¡No jodás, hijueputa!, ¿cómo así que niche perezoso? —comencé a agredir, sin querer hacerlo. No me pude contener.
Esto lo envalentonó. Se echó un largo monólogo que yo trataba de interrumpir cada tanto, sin éxito. Natis y Carolina regresaron a sus lugares y no podían entender lo que sucedía. Propusieron un brindis, pero mi primo regó todo el aguardiente debido a que seguía vociferando con la copa en la mano.

Fue pésima idea haber evolucionado de cerveza a guaro.

Decidí que lo iba a ignorar. Me volteé y le pedí a Natis que bailara conmigo; él hizo lo propio con la suya pero no dejaba de mirarme. Le sirvieron otro aguardiente. Sonaron un par de canciones, nos volvimos a sentar y allí mismo volvió a tomar la palabra: que había leído no hace mucho que la Interpol buscaba a Freddy Eusebio por un escándalo de lavado de dinero.

Yo también leí la noticia, mas decidí no replicar.

Sin embargo, cuando me tomó del brazo, jalándome mientras yo intentaba algo con Natis en nuestro sofá, perdí el control. Lo llamé chapetón hijo de puta, Llorente.

Comenzó a insultar. Yo lo miraba. Dijo algo sobre mi padre. Natis puso su mano de nuevo sobre mi pierna, la retiré con brusquedad. Solo se escuchaban gritos y más gritos. Carolina asía del brazo a mi primo, quien se acercaba peligrosamente llamándome bruto. De repente, en un segundo, las mujeres tomaron sus carteras y salieron sin decir nada.

Mi primo y yo nos quedamos en silencio por un espacio indeterminado de tiempo. Nos volvimos a sentar cada uno en su silla. Yo me levanté y le bajé a la música. Nos miramos. Nos carcajeamos. Servimos otro par de copas.

Hasta que llegó mi otro primo, el mayor, hablamos un poco más sobre Freddy Rincón. Sobre su mujer, una mona que uno veía de vez en cuando a su lado. Yo referí que Freddy tenía un hijo como de 13 o 14 años, Sebastián, que jugaba al igual que el papá de mediocampista. Este asunto de genes generalmente no va muy bien, concluimos. Yo tuve que reafirmar que a muchos grandes jugadores les ha pasado lo de Rincón, que con los años van para atrás en la cancha, nunca para adelante.

En fin, charlamos sobre el jugador este, Diogo Rincón, brasileño, que se cambió el nombre para que le quedara cercano al de su ídolo. Algo que haría un brasileño.

Le pregunté si se acordaba de un clásico paulista, hace muchos años, en el que Freddy Eusebio, lesionado, persiguió a un delantero del Palmeiras por cincuenta metros. Eso es tener huevos.

Poco después llegó Jaime —el otro primo, el mayor— en compañía de su novia. No sé a cuento de qué nos pusimos a hablar sobre nuestro parco desempeño sexual, sobrepasada la treintena.

La novia de Jaime no lo podía creer. Dijo: “Nunca me imaginé que los hombres hablaran de estas cosas”. Nos acompañó por un rato, se fue a acostar.

Yo hice lo mismo, pero en el sofá de la sala.

Allí mismo amanecí.

Pura rutina.

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