—¡Tranquilo, hermano, tranquilo!

Todo va a pasar muy rápido.

En un paraje selvático y perdido que algunos llaman Lejanías y otros, El Olvido, en el Meta, hay un soldado herido de un machetazo en el muslo derecho. Se llama Giovanni Calderón, tiene 28 años, y esta tarde, mientras abría una trocha entre una maraña de bejucos, maniobró un trazo con fuerza desmedida y el machete atravesó los tallos y también su pantalón de un solo tajo. El filo le pasó fugaz por la pierna y al derrumbarse de dolor, su voz se quebró en un grito desgarrado que ahogó la selva.

En breve, sus compañeros lo ayudaron a levantarse, le dieron un analgésico y lo llevaron al campamento base donde ahora está sentado y aguarda con la pierna tendida. Su lesión no es algo de vida o muerte, comparado con lo que viven los soldados heridos en combate —las balas, las emboscadas, las minas antipersonal de las que todos hemos escuchado—, pero cualquiera puede entender que una pierna medio muerta es un impedimento cuando lo de uno es estar en permanente alerta, en medio de la nada, para reaccionar al ataque de un enemigo armado o de cualquier imprevisto. Entonces, el soldado herido debe salir cuanto antes de ese lugar, pero es muy probable que eso no pase.

Cuando parece que el día acabará en calma, un helicóptero se abre paso por la espuma nublada del cielo y se posa sobre el campamento. A bordo viene un equipo de rescate de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC) que ha sobrevolado la selva durante una hora para sacarlo de allí y llevarlo a San José del Guaviare, donde está el centro médico más cercano en el que podría ser estabilizado.

Tendido en la maleza, el soldado herido observa el descenso de un ancla que sale del cielo a su encuentro. En ella baja el técnico primero Díaz con la suavidad de un proyectil sumergido en el agua y aterriza firme y erguido cual largo es. Antes de comenzar con su operación, Díaz se toma un momento para saludar y en un esfuerzo por decir algo a través del casco, grita: “¡Tranquilo, hermano, tranquilo!”.

El soldado herido no lo sabe y tal vez no se enterará nunca, pero para tener enfrente al técnico primero Díaz izándolo en un cable de vida que lo llevará a estar sano y salvo, han pasado cosas que comenzaron horas antes este mismo día y a muchos kilómetros de ahí, cuando al Comando Áereo de Combate número 2 (Cacom 2) de la FAC, en la vereda Apiay de la ciudad de Villavicencio, llegó la repentina notificación de una orden de extracción que debía ser atendida por su equipo de rescate.

La base aérea de Apiay es un enorme cantón militar, inabarcable a la vista en su extensión desde la entrada en la que hay un estricto control para ingresar vigilado por soldados en guardia. De no ser por los modelos a escala de aviones que aparecen cada tanto entre los campos, uno podría pensar que se trata de un pueblo pequeño con iglesia, escuela primaria, bachillerato, kioscos, zonas deportivas y algunas calles en las que, a lado y lado, hay casas amplias de una planta con la bandera de Colombia izada en la puerta, uno o dos carros en el garaje y jardines frondosos en los que crecen árboles frutales. Ahí trabajan y viven más de 700 militares con sus familias.

Como cada madrugada, estos caballeros del aire cumplen con su hora de ejercicios antes de empezar labores, que consiste en correr 8 kilómetros por los campos de la base en máximo 45 minutos, entre las 6:00 y las 8:00 de la mañana. A esa hora, el mayor Jim ya ha cumplido con eso y está reluciente en su overol de vuelo. Se dirige a la rampa de operaciones aéreas donde trabaja en medio de helicópteros y aviones de combate y, entre otras cosas, vive a la espera de una orden de evacuación. Antes de ingresar al área, hace lo que todos los días: pregunta por el radioteléfono que carga a todas partes como un amuleto si hay alguna evacuación médica programada para hoy. La respuesta es negativa. “Bueno, en cualquier momento pasa algo”, dice con firmeza.

Tiene razón. Entre enero y noviembre de este año, por ejemplo, en Colombia se han presentado 1450 evacuaciones y traslados médicos aéreos, de militares y población civil, que equivalen a un promedio de cinco casos por día, lo cual es excesivo en cualquier otra geografía del mundo, incluso en lugares que viven en permanente enfrentamiento bélico como la Franja de Gaza o Siria.

En medio de esas cifras está el mayor Jim, reconocido por todos en la base de Apiay como una eminencia de su labor, con más de 500 horas acumuladas solo en rescate aéreo en helicóptero, lo cual no es poco.

—Esta vocación es tremenda, es como una adicción: uno con el tiempo se vuelve más ermitaño, se le disloca el sueño y solo quiere volar. Hoy, por ejemplo, me desperté a la 1:00 de la mañana pensando que eran las 6:00 y empecé a arreglarme para salir a misión, pero luego me di cuenta de qué hora era… así se vuelve uno. Pero rescatar a la gente me da una satisfacción que… no sé describir. No conozco a esas personas y no me importa de qué bando sean, ni si me dan las gracias o estoy poniendo mi vida en riesgo, me gusta ganarle una carrera a la muerte, es mi compromiso, nada me produce una sensación similar.

Ese es su pan de cada día, pero, por el momento, la jornada pasa lenta bajo un calor anormal. Cuando empieza a caer la tarde y algunos en la base han terminado sus labores y regresan a sus casas, del radioteléfono del mayor Jim se oye una voz: “¡Atención, orden de reacción inmediata!, ¡atención orden de reacción inmediata!”. Desde ese momento, el equipo de rescate tiene 15 minutos para estar a bordo de un helicóptero Black Hawk y cada uno de sus integrantes parte del lugar de la base en el que se encuentren para llegar a tiempo a la rampa.

El mayor Jim corre al Centro de Comando y Control de la base donde han emitido la orden para recibir información concreta del caso. El lugar es una especie de recreación de salón de la justicia, con pantalla de monitoreo satelital y dos tenientes mujeres que le entregan las coordenadas de la ubicación del soldado herido y un oficio del requerimiento con una descripción detallada de la evolución de la orden minuto a minuto, desde que fue solicitada por un ente autorizado como una comisaría o una alcaldía, pasando por su validación en el Centro Nacional de Recuperación de Personas con sede en Bogotá, hasta llegar por fin a sus manos y la guarda como si fuera el original de un tesoro.

De a poco van llegando los demás oficiales y suboficiales a su encuentro en la pista. Conforman un equipo de siete hombres en overoles de vuelo verdes, lisos y cubiertos de tantas insignias como honores, entrenados para reaccionar inmediatamente en casos como evacuaciones medicalizadas, traslados médicos y atención de desastres naturales con una diligencia sistemática. Cada uno cumple un rol específico e irreemplazable a bordo: un piloto, un copiloto, un operador de grúa encargado de coordinar los equipos paramédicos a bordo, dos rescatistas y dos artilleros.

Juntos se asemejan a una serie de figuras de acción coleccionable e irrepetible. Tienen edades y estaturas similares, cortes de pelo bajos y monolíticos, voces gruesas, manos amplias y fuertes. Todos viven aquí, pero a diferencia del resto de personas del Cacom 2, son los únicos disponibles a toda hora —día, tarde y noche—, incluso en los fines de semana cuando todo el mundo se va para Villavicencio y la base aérea toma el aspecto de un pueblo fantasma.

Una vez están reunidos, se dirigen al Black Hawk, que permanece quieto en un rincón de la rampa y que aquí todo el mundo conoce como El Ángel. No hay personaje más famoso en toda la base que este helicóptero, y su imagen está reproducida por donde se mire en calendarios, oficinas, casas y barracas. La gente se refiere a él como a una persona, una de alto mando y dicen cosas como “el Ángel siempre está ocupado” o “el Ángel acaba de llegar”. Es el símbolo del orgullo de las bases de la Fuerza Aérea Colombiana, y los hombres que hoy se subirán a él son los más adiestrados en su operación.

Su interior es oscuro y del techo cuelgan cuerdas, hilos, mosquetones y una camilla metálica. Hay un baúl con todo tipo de herramientas. En un rincón de la puerta derecha está la grúa en la que el operador acomoda rápidamente la camilla o el penetrador de selva, esa especie de ancla con la que descienden los rescatistas y entran como un rayo de luz en cualquier parte por más escabrosa que sea.

Al pisar el área del helipuerto, la correría pierde su aceleración, y el mayor Jim aclara que el afán se deja a un lado cuando se está a 5 metros de abordar. Los movimientos que siguen son los más cautelosos de todo el operativo: los oficiales se ponen cada una de las piezas que conforman su indumentaria de misión, como el casco, los visores, los guantes y un chaleco con diferentes bolsillos en los que cargan todo tipo de dotación suficiente para sobrevivir muchos días en la selva. Uno de los artilleros se encarama en la hélice como un jinete de ballenas y la examina cuidadosamente en cada una de sus partes.

El chequeo técnico termina y ahora viene el briefing. En pocos minutos, los siete hombres se reúnen como un equipo de fútbol en un entretiempo y hablan de lo que debe hacer cada uno en la siguiente hora: quién dará instrucciones precisas para la suspensión de la nave, quién bajará a la selva para rescatar al soldado herido y cuáles herramientas utilizarán. Se ponen los auriculares que conectan a un sistema de comunicación interna y de ahora en adelante sus voces estarán atrapadas en una acústica radial. Entonces, entran en el Ángel.

La hélice comienza a girar como un ventilador titánico hasta que el rastro de sus aspas se vuelve imperceptible. El suelo cruje cuando el Ángel despega de un primer brinco y empieza a levitar. En pocos segundos ya están cruzando las nubes.

Después de una hora de vuelo y medio departamento zurcado, la zona donde se encuentra el soldado es detectada. Una vez precisadas las coordenadas, la nave comienza a descender dibujando una espiral que cubre un fragmento de selva para amortiguar la velocidad con la que venía viajando y en cuanto llegue a su centro estará posada justo sobre el punto donde el soldado herido espera.

Cuando su velocidad ha bajado a menos de 50 nudos, el operador de grúa corre una de las puertas de un tirón y se abalanza al vacío para otear la selva y, en medio del perturbador ajetreo de la nave suspendida, busca a ojo limpio al soldado herido que está cubierto por el tejido silvestre. Cuando lo encuentra, da instrucciones al mayor Jim para acomodar la nave en el aire.

De aquí en adelante todo va a pasar muy rápido. La evacuación tardará siete minutos.

El técnico primero Díaz se ata al penetrador de selva y se arroja en picada como un pájaro pescador. Una vez en tierra hace señas con la mano, y el operador de grúa desciende una camilla atada de un cable de vida tan grueso como un lapicero. Díaz aterriza y dice: “¡Tranquilo, hermano, tranquilo!”. Procede veloz, acomoda al soldado herido, lo ata y agitando la mano hace saber al equipo que el soldado está listo para ser extraído del lugar. La grúa comienza a operar. El soldado herido en la camilla asciende lento hacia el Ángel como una carga de pesca que brota del mar. Es el tripulante de la nave que faltaba y, como una especie de membresía al grupo, el técnico cuarto Suárez, el rescatista que lo atiende, le entrega una medalla que reciben todos los rescatados que dice “Me salvó la vida un ángel de metal”. Con él, por fin a bordo, el Ángel y el equipo de rescate se alejan de ese paraje hacia un horizonte donde estén a salvo. Una vida más se ha salvado.

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