Mi primer recuerdo fumado es bastante traumático. Viajaba en auto con algunos amigos y se me ocurrió una idea genial. La mejor idea que había tenido en mi vida. Suficiente para escribir no un libro, sino una biblioteca entera. El problema es que no tenía dónde anotarla, y sabía que con tanta marihuana en la cabeza me la iba a olvidar. La segunda idea que tuve, que también me debe haber parecido fabulosa, fue usar a uno de mis amigos de anotador. Le expliqué rápido lo que había pensado, con el pedido de que lo recordara por mí. El otro, también fumado, se lo olvidó al instante. Desde entonces sé que al menos aprendí a siempre llevar encima birome y papel.


De más está aclarar que mi gran idea debe haber sido una absoluta idiotez, de esas que uno tiene cuando está de faso. Por eso deduzco que aquella debe haber sido una de mis primeras veces, cuando aún no sabía que lo que se piensa en ese estado vale tanto como lo que se piensa durmiendo, o sea poco y nada, al menos para los que no creemos en Freud. Desde que tomé conciencia de este efecto secundario (o primario) siempre traté de hablar lo menos posible mientras estaba fumado. No me molesta tanto decir idioteces como creerlas genialidades. El silencio sirve además para disfrutar más intensamente los caprichos que sufre el paso del tiempo, acelerándose y desacelerándose mientras los otros hablan, y todos nos reímos. 

En general tengo asociado el porro a la risa y a momentos de intensa felicidad. Como la que nos miente el vino en su mejor momento, pero sin resaca ni malestar estomacal ulterior. La única vez que una droga me hizo más feliz que la marihuana fue en la India, cuando sin saber lo que estaba probando comí una galleta que contenía bang. Fue una experiencia estremecedora. Lo único que siempre me molestó del porro fue la forma en que se lo fuma, o sea no a dos tiempos como el tabaco, sino tragando el humo directamente, por lo que arde en la garganta y te la deja rasposa. Recién cuando me fui a vivir a Alemania y cambié la marihuana por el hachís descubrí que también esta sustancia se puede fumar como el tabaco, de hecho mezclándola con el tabaco, y que con un poco nomás basta para dejarte colocado toda la noche. En ese sentido, y aunque entiendo que la marihuana es más sana y natural, el hachís me parece más agradable y efectivo. 

Por estos inconvenientes técnicos, la forma más placentera de administrarse chala es para mí la culinaria, mediante los así denominados brownies divertidos. Al igual que los chocolates con hongos (muy de moda en Berlín hace un tiempo, una pena nuevamente no poder hablar de ciertas cosas), la torta con fumo ya casi no parece una droga, en el sentido de que su formato oculta por completo el acto de consumirla. Como el Daikiri o el Gin Tonic o cualquiera de esos tragos sin gusto a alcohol, es una variante para gente no realmente drogona, aunque al mismo tiempo resulte ser la forma más fácil y rápida de pasarse de la raya (hablando de rayas, lástima no poder contar la profunda decepción que sufrí la primera vez que fui a Colombia y nadie me ofreció cocaína; todo bien con el ajiaco y el sancocho, pero todavía sigo esperando que me inviten a probar el verdadero manjar de la región).

Igual no quisiera dar la imagen de ser un fumón, porque por ejemplo nunca fui a comprar, a lo sumo puse plata para una vaquita, ni nunca fumé solo. Algo que uno no hace solo no puede ser un vicio, intuyo. Lo que no quita que los fumones me caigan muy bien, por ser gente casi siempre alegre y pacífica (de legalizarse la marihuana, se acabarían las guerras; razón por la que no se va a legalizar jamás). Supongo que yo podría haber terminado siendo uno de estos fumones, si no fuera porque trabajo con mi cerebro y porque no me gusta perder el control sobre mí mismo. Pero desde que dejé el tabaco, hace ya los suficientes años para ni extrañarlo, muy pocas veces he vuelto a intimar con Maruja. De hecho, debo confesar casi con vergüenza que por bastante tiempo viví muy cerca de Epuyén, el pueblo patagónico donde se planta la que se supone que es la mejor variante de cannabis de Argentina (lo cual, aunque pueda herir el orgullo de algún boliviano, no es tan poco decir), y sin embargo ni la probé. Mi pálpito es que eso tiene que ver con que escribir es un vicio parecido al de fumar marihuana: el tiempo pasa sin que te des cuenta, y uno anota idioteces que al menos por un rato le parecen genialidades.

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