A lo largo de la historia, la marihuana o cannabis sativa ha sido ampliamente usada por muchas culturas con diversos fines. Para muchos es una planta sagrada, capaz de abrir canales para conectarse con la divinidad. Para otros, una sustancia recreativa. El mismo conde de Montecristo la describe como un poderoso estimulante que, usado de manera sabia, resulta un remedio, pero cuyo abuso lo convierte en un veneno. Los hindúes la consideraban un regalo de los dioses mediante el cual recibían inspiración y sabiduría. Incluso se rumora que las famosas pitonisas del oráculo de Delfos aspiraban su humo con el fin de profetizar.

Hoy en día su uso medicinal se ha popularizado. Se le atribuyen propiedades antidepresivas y antiespasmódicas, entre otras. También se sugiere que es poderosa en el tratamiento del glaucoma ocular. Quizá sus bondades y beneficios estén relacionados al uso que se le dé. Sagrada o no, esta planta suele ser bastante polémica y en mi caso resultó determinante en mi carrera política.

Corría junio de 1993. Me desempeñaba como miembro de la Junta Directiva del Banco de la República. Me disponía a abordar un avión con destino a Caracas, en compañía del gerente del banco, Miguel Urrutia, y de María Mercedes Cuéllar, ambos integrantes de la junta del Banco para aquel entonces. Al proceder a la requisa ordinaria de los maletines de mano, un policía auxiliar encontró en el mío una pequeña cantidad de marihuana. La dosis con que fui sorprendido estaba allí por un descuido, realmente había olvidado que estaba ahí. Los pequeños detalles pueden hacer grandes diferencias.

Le pedí al auxiliar que me condujera donde su superior, un coronel, que no estaba allí en aquel momento. Nos comunicamos por radio. El oficial dio la orden de regresarnos al avión, dejando el asunto de la marihuana para una posterior verificación. La angustia se apoderó de mí, desde ese instante supe que mi vida cambiaría para siempre. Nunca pude abordar el avión, ya que debido a las requisas y controles perdí el vuelo. Las cosas pasan por algo y esta circunstancia no era la excepción.

Regresé a mi casa a la hora del Noticiero QAP. En ese preciso momento informaban acerca de lo ocurrido. Un silencio absoluto se apoderó del apartamento en el que vivía por aquel tiempo. En mi interior, sentía que este tan solo era el comienzo de una difícil etapa, la cual traería consigo una gran lucha, pero también, mucha sabiduría y fortaleza.

La respuesta de los medios no se hizo esperar. Desde muy temprano, a la mañana siguiente, corría la noticia de que yo había sido sorprendido portando esta dosis. No tuve reparo en contar honestamente lo sucedido, como tampoco en ofrecer una disculpa a aquellos a quienes mi comportamiento les había resultado ofensivo.

Luego tuve una entrevista con el director de la Policía de Bogotá, el general Peláez Carmona, y con el coronel Tatis. Este último me recomendó conseguir un certificado médico que legalizara la posesión de la dosis de marihuana que llevaba conmigo. Tal sugerencia me pareció inapropiada. Les di a conocer mi decisión de responder por los hechos de manera honesta y transparente, asumiendo las consecuencias de mis actos.

Quizá por la naturaleza de mi cargo y por la trayectoria como funcionario público que tenía en aquel entonces, el pequeño cacho resulto siendo todo un lío que traería consigo un revuelo en la opinión pública. Esta experiencia hizo sonar mi nombre más que cualquier cosa que pude haber hecho a lo largo de mi carrera. Los sectores políticos y empresariales manifestaron su opinión al respecto. Algunos para apoyarme y otros para censurarme; lo cierto es que todos tomaron partido de una u otra manera. Durante muchos días fui el blanco de críticas, chismes y comentarios malintencionados, como también de palabras de aliento y de solidaridad.

Luego aparecieron la senadora María Izquierdo y el senador Joselito Guerra. Estos últimos gestionaron aceleradamente una citación ante el Congreso de la República, con el fin de que yo respondiese políticamente por lo ocurrido. De acuerdo con la ley, un miembro de la Junta Directiva del Banco no puede ser citado al Senado. Sin embargo, opté por aceptar la citación, consciente de que la naturaleza de mi cargo me obligaba a responder públicamente por mi falta. Un país entero estaba pendiente de si era condenado o absuelto. Yo estaba al tanto de las consecuencias de mi error y tuve toda la disposición para enfrentar a los diferentes sectores y dar cuentas del suceso.

Asistí al debate ante el Senado con la decisión ya tomada de renunciar a la Junta Directiva del Banco de la República, la cual anuncié algunos días después del debate. Con mi gesto quise demostrar que la dignidad de los cargos públicos está por encima de cualquier consideración personal, algo que casi nunca se estila en la inmensa mayoría de los altos funcionarios del Estado. Sin embargo, la ley del Señor me recompensó pues pude llegar al Concejo de Bogotá con la segunda mayor votación y a la Contraloría General de la República posteriormente. En aquel entonces, mi lema solía ser: he metido las patas, pero nunca las manos.

Tras la prueba siempre vendrá la recompensa, y nada puede en contra de la integridad y la rectitud. Fueron momentos difíciles; sin embargo, luego pude seguir cosechando los frutos de mi honestidad en mi carrera política.

Siete veces cae el justo y siete veces se levanta. Las experiencias difíciles siempre traerán fortaleza y sabiduría. Al final, la satisfacción más grande viene cuando tenemos la conciencia tranquila de haber asumido las consecuencias de nuestros errores con honestidad y valor. Hablo de compensación divina, pues meses después de mi renuncia, los senadores María Izquierdo y Joselito Guerra fueron encausados y procesados por sus vínculos con el narcotráfico. Aquellos que tanto me condenaron fueron descubiertos en severas faltas.

Al final de este proceso purgué tres días de prisión en la Cárcel Distrital. Allí tuve la oportunidad de compartir con todos los presos e internos de la época, aumentando así mi sensibilidad ante las necesidades de los más desfavorecidos. La forma en que la policía y la justicia tratan a estas personas me conmovió bastante. Especialmente en el caso de los jóvenes, quienes deben atravesar largos periodos de reclusión, porque la misma policía los ha cargado con una gran cantidad de drogas que ellos nunca portaron. Pude estar frente al resentimiento hacia una sociedad que diariamente cierra más y más las puertas a la dignidad y a la esperanza.

Hoy se debate con mayor intensidad el tema de la legalización de la marihuana. Este asunto se trata con demasiada ligereza, a tal punto que se ofende la inteligencia. Pretender que la legalización de la dosis personal es responsable del aumento del consumo de drogas es desconocer la existencia de organizaciones criminales con estrategias encaminadas a la ampliación del mercado.

Las transnacionales del crimen han inundado los mercados externos y el mercado nacional. Para enfrentar el narcotráfico, se requiere de imaginación y de audacia. Pasos en este sentido se están dando en países como Uruguay y numerosos Estados de la Unión Americana.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.