Andrés Rojas no es el único en su gremio que come cada noche frente a un televisor pasando partidos de equipos a los que puede encontrar poco después en un estadio. Mira la pantalla con un ojo en el juego y otro en el trabajo del árbitro, desprendido de la irracional preferencia del hincha por alguno de los equipos. No aguanta la tentación de señalar hacia la pantalla las faltas que el juez central, a veces él mismo, pasa por alto. En el fútbol de hoy, el árbitro es el más obsesivo de los hinchas. No ver el juego sino estudiarlo, prepararse sin predisponerse -me explica- es uno de los detalles que separa a los mejores árbitros de los simplemente buenos.

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En parte para conservar esa pureza de estudiosos, a medida que se hacen profesionales los árbitros van abandonando la costumbre de patear un balón. Aunque haber jugado mucho fútbol les ayuda a distinguir un piscinazo de un penalti claro, no es inteligente arriesgarse a una incapacidad. Andrés Rojas juega con sus amigos, colegas la mayoría, con mucho cuidado y sólo al final del año, cuando hay tiempo suficiente para recuperarse de una lesión. Trabajadores a destajo como son, nadie pagará por una convalecencia ni los extrañará cuando hagan falta. Bien visto, no tiene nada de raro que los árbitros profesionales sean futbolistas frustrados.

También lo son los miles que llenan un estadio y matan el tiempo antes del primer pitazo imaginado cuánto darían por estar del otro lado de la reja. Solo tres de esos futbolistas frustrados, un árbitro central y sus asistentes, se dan el lujo de correr junto a un balón que tienen prohibido patear.

El frío hostil de la noche de un jueves cualquiera basta para saber que los sesenta hombres que presentan sus pruebas físicas pertenecen a la Asociación de Árbitros de Fútbol de Bogotá. Primero, piques de cuarenta metros, trabajo de velocidad, y después trabajo de resistencia, sobre una pista de atletismo a oscuras. Quienes no alcanzan a llegar al siguiente cono antes de que suene el pito van quedando al lado de la pista y, antes de lamentar su suerte, dan agua y ánimo a sus compañeros. La pista ya ha cerrado cuando los reprobados tartamudean las explicaciones de su fracaso.

Andrés Rojas, treinta y un años, uno ochenta de estatura, el único de los corredores que pita en la Primera A, encabezó con sus tenis brillantes el grupo más rápido. A pesar del cansancio, al terminar no boquea ni se agarra la cintura. Mantiene el gesto inexpresivo que vieron los televidentes el sábado 25 de febrero de 2012. Ese día, en un Patriotas - Deportivo Pasto, debutó en el fútbol profesional. El merecido empate de la crónica del partido suena grandilocuente para el 0-0 final. Ese día el cronista asignó un modesto 5, sobre 10, a la tarea del árbitro primerizo. Acaso sólo él, que desde ese día busca ser llamado por nombre y apellido, recuerda esa tarde olvidada por veintidós jugadores y cinco mil hinchas.

No es la primera de sus anotaciones en el cuaderno de hojas cuadriculadas donde lleva el registro de cada partido pitado. Antes, cinco años dirigiendo en la Primera B; el viaje en bus durante la noche, un lugar donde descansar un rato y el bus de regreso, otras nueve horas, poco después del pitazo final. Antes, cuando Andrés Rojas pitó el Petrolera-Barranquilla del 16 de octubre de 2011, tercera página del cuaderno, la televisión no había llegado a esa categoría y nadie más que árbitros y jugadores podía ver las canchas con poco pasto y muchos montículos. Antes, controlar como se pueda a quienes juegan con el cuchillo entre los dientes por el mismo deseo, la misma hambre, de los árbitros por llegar al fútbol profesional.

Antes, años de reuniones familiares en cuyas fotos no aparece Andrés pues ese fin de semana lo dedicó a ser insultado en tres partidos de Liga diferentes. Antes, un joven igual de indemne a los del último grupo en la pista esa noche de jueves, que empieza su carrera enseñándoles el reglamento a niños de nueve años. Antes, un primo de su mamá invita a participar en una convocatoria para árbitros principiantes al adolescente que a veces ayudaba a pitar los partidos del colegio, quien para enfocarse en sus estudios universitarios acaba de abandonar sus sueños de hacerse futbolista con el dolor de quien deja a la primera de las mujeres de su vida.

De esa persona que sólo buscaba ayudarse para las fotocopias y los pasajes de bus pitando a juveniles sólo queda un gesto. La moneda al aire con la mano derecha. El balón sostenido por la izquierda. Andrés Rojas siempre atrapa la moneda sobre el balón y ahí la muestra a ambos capitanes. Tiene algo romántico el esfuerzo por hacerse a un rasgo propio, a una marca de la casa, en un oficio cuya máxima recompensa es pasar desapercibido. Cada árbitro tiene el suyo, aunque nadie lo note.

Para poder tener una moneda con el logo de la FIFA en el bolsillo hay que pasar las pruebas físicas y teóricas, en promedio una cada dos meses. El sistema es tan sencillo como inflexible, quien pierde una prueba no pita, y por tanto no cobra, hasta repetirla y pasarla. Andrés Rojas estudia los cambios al reglamento con la mirada minuciosa de un contador y carga a todas partes la ropa de hacer ejercicio, en una bolsa con el logo de la Selección Colombia, único equipo del que puede confesarse hincha. Una vez a la semana asiste a las charlas técnicas de la Asociación, donde un instructor intenta convertir a jóvenes con acné en figuras de autoridad y pregunta ¿Usted jugó futbol? a quienes leen el reglamento sin malicia.

Ahí, en el salón estrecho donde quienes aspiran a seguir sus pasos lo tratan con camaradería y admiración, se permite una que otra grosería amistosa. Entre el entrenamiento y las obligaciones laborales son más los días que sale y vuelve a su casa sin la luz del sol. Estar siempre listo es la única cosa a su alcance. Lo demás, dónde y con quién pita, lo deciden otros. 

 

Es viernes por la tarde y Andrés Rojas se registra en el hotel donde debe esperar a sus asistentes. Por precaución, hasta después del partido no contesta llamadas de números desconocidos. La única tarea que tienen los tres árbitros es decidir el color del uniforme a llevar en sus maletines. Sólo salen del hotel cuando hay una iglesia cerca. Saber que los jugadores a quienes deberán controlar dedican esas horas a mantenerse hidratados y a la misma lucha contra el tedio y la ansiedad, invita a seguir pensando que quizá la del árbitro es una forma retorcida de ser futbolista profesional.

La autoridad de un árbitro de fútbol se gana a pulso y por eso, porque además de ser toca parecer, la elegancia en los movimientos para señalar un tiro libre debe extenderse a otros espacios. Andrés Rojas se sabe un personaje público. Por eso no tiene Facebook y nunca, esté donde esté, viste con descuido.

Los jueces son los primeros en llegar al estadio Metropolitano de Techo en la tarde de sábado. Andrés Rojas, camisa blanca, corbata amarilla, botella de agua en una mano y maleta con ruedas en la otra, entra de primero al camerino. Con la misma corbata, sin hacer gestos por los zapatos que aprietan sus pies maltrechos, sale a la calle cuando ya los hinchas han llegado a sus casas.

 

Es buena señal que esa noche no suene su celular por mensajes donde sus amigos le mandan cortos videos de sus equivocaciones (Leonardo Pinilla y Gustavo González sus árbitros asistentes de confianza, le harán un detallado análisis después). No necesita mirar qué dicen de él comentaristas deportivos y expertos arbitrales pues de eso se encarga su mamá, doña Nubia Noguera, quien no entiende en qué consiste un fuera de lugar pasivo pero siente una punzada de dolor cuando un comentarista ruidoso llama proyecto de árbitro a su hijo Andrés. Para recuperar las calorías dejadas en la cancha, Andrés Rojas pide un menú de levantador de pesas en el restaurante donde celebra ver cada vez más cerca el partido cien. Le indica los platos a la mesera como si todavía señalara el lugar exacto de la falta y por primera vez en varias horas sonríe en la foto que se toma junto a Marcela, su mujer, como quien vuelve entero de una misión peligrosa.

Después la pondrá en su Whatsapp para reemplazar la que se tomaron antes de viajar al partido anterior, dos sonrisas con un aviso de Salidas Nacionales a sus espaldas. Sólo interrumpe el plato fuerte mientras habla con un antiguo colega, reconocido en el medio, llamando a felicitarlo por sendos aciertos en las jugadas dudosas. Quien lo oye hablar sin emoción creería que el asunto le importa poco, que no comparte el mismo deseo de actuar en el exterior de los jugadores. En su mente no está un uniforme blanco ni blaugrana sino un escudo de tela, la escarapela, con dos palabras: Referee FIFA.

Que prefieran un salario alto a uno bajo sirve para recordar que los árbitros son seres humanos. En todo caso, nadie aspira a hacerse rico con un trabajo donde el éxito es ser odiado de forma pareja. El pago, siempre a destajo, va aumentando según la categoría. Otra regla inflexible: un árbitro central gana el doble que un juez de línea aunque estos pitan más, pues se necesitan dos cada partido. El cuarto árbitro, esa sombra, recibe un pago muy filantrópico. En todo caso –dice- no es elegante que se publiquen las tarifas de la DIMAYOR. En Colombia, como en todas partes, el árbitro es fungible y siempre estará entre los peor pagados. Un jugador profesional puede pensar, y decirle, con usted nadie se toma fotos, a usted nadie lo entrevista, yo gano mucho más.

Andrés Rojas intenta no pensar en cuánto podrá ahorrar cuando lleve el pasaporte en el bolsillo interno de su vestido y por pitar afuera le paguen más de cinco veces lo que gana en su país. Sea cual sea su salario los árbitros profesionales necesitan un oficio más convencional durante el día. Los términos en común y cierta preocupación por la justicia hacen imaginar que todos son abogados. Andrés Rojas, profesional en educación física, diseña los planes de entrenamiento de atletas con discapacidad en el IDRD. Como todos sus colegas, cumple horario de oficina, se une al amigo secreto y disfruta de su estatus de celebridad en miniatura por el que sus jefes le dan permisos para viajar y al saludarlo sus compañeros le preguntan dónde pita ese fin de semana.

Este no me toca, dice con frecuencia. Entre un partido y otro, en sus fines de semana de descanso, pita fútbol aficionado. Mientras sus compañeros de terna buscan un ingreso adicional, él prefiere ceder el pago recibido para mantener con tinta la impresora de la Asociación. Por haberlo visto en sus pantallas, jugadores algo pasados de peso sienten que Andrés Rojas hace mucho más dignos sus partidos. 

En el fútbol aficionado el árbitro no tiene más protección que los callos en los pies y lo evidente de los penaltis pitados. Algunos jugadores descargan en insultos al profe la frustración de no ser obedecidos por sus piernas y tener una vida tan por debajo de sus expectativas. Se cuentan con una sonrisa, con una sonrisa de alivio y derrota, las historias de quienes acabaron con su escarapela FIFA pisoteada en el piso o sintieron la sangre bajando por la nariz tras un cabezazo. El asunto da risa hasta que uno recuerda al árbitro holandés muerto por los golpes de adolescentes iracundos o se da una vuelta por YouTube y sus videos caseros de patadas voladoras a árbitros que huyen. Más que de aplicar con firmeza el reglamento se trata de sacar el partido. Ahí, para bien y para mal, no hay televisión.

Es domingo y Andrés Rojas acompaña a Marcela a la piscina donde ella entrena todos los días para romper records nacionales y él relaja los músculos tras los muchos kilómetros corridos en Techo. Al árbitro nunca lo tienen en cuenta en las estadísticas modernas de quienes recorren más distancia durante el juego. La omisión no sólo se debe a la invisibilidad de siempre, sino a que más de un defensa quedaría en ridículo con la comparación. Ella, que ve sus partidos con un hueco en el estómago, también lo acompaña a llevar a la sede de la DIMAYOR la copia física del reporte del partido.

Ya es de noche cuando ven juntos los programas de análisis donde los más fotogénicos de los antiguos árbitros le dan palo por errores que, cuando son graves, conducen a varias jornadas sin viajar. Andrés intenta no tomarse personales los dardos a su persona, ni dejarse bajonear por las críticas fundadas. Acaba ese como todos los días: encomendándose al único árbitro que nunca se equivoca con la misma bendición que se da después de prender su cronómetro, justo antes del primer pitazo. Consuela pensar que incluso a Dios le discuten algunas decisiones.

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