John Jaime Vásquez, mi amigo crack por: Faustino Asprilla

En Tuluá siempre ha existido la costumbre de armar equipos de barrio y jugar como sea y donde sea. Yo empecé en Villanueva, un sector popular donde el fútbol nunca nos faltó. En una ocasión, el equipo del barrio Alvernia nos invitó a jugar un partido contra ellos. Era la oportunidad de demostrar nuestro juego, porque ese equipo era mucho más ordenado que el nuestro, y su barrio, más ostentoso. (Los 5 futbolistas que más plata ganaron en 2016)

Yo debía tener unos 12 años y sabía que tenía que hacer goles. Y así fue: terminamos goleando al equipo de Alvernia, que tenía un carrilero izquierdo bastante habilidoso. Justamente él, John Jaime Vásquez, me invitó a jugar más partidos en su barrio y desde ese momento me la pasaba día y noche jugando en la calle o en cualquier potrero que había disponible. Empecé a volverme cada vez más amigo de John y cada vez nos entendíamos más en la cancha. Él me prestaba guayos, y aunque me quedaban pequeños, metía mis pies ahí como fuera.

Yo me fui a la selección de Tuluá y sabía que si llevaba a John, el equipo quedaría imparable. John estuvo un tiempo con nosotros, era titular indiscutible, se bailaba a todo el mundo y hacía unos golazos... El técnico en ese entonces, el profesor Gilberto Román, le dijo que había quedado en el equipo y le pidió su tarjeta de identidad. John se la mostró, y Román se dio cuenta de que era dos años mayor que todos nosotros. Ya estaba muy pasado de edad. Todos nos reímos, incluso el mismo John, que en ese momento veía el fútbol como un hobby, aunque tenía todas las condiciones para llegar a primera. Yo seguí mi camino, me fui a la Selección Valle y después al Cúcuta. Siempre he estado en contacto con John, que es como un hermano para mí. Él todavía está en Tuluá, administra un negocio de parqueaderos y cada vez que voy me recoge en el aeropuerto. Allá nos reunimos y hasta jugamos uno que otro picado… y sigue siendo un crack.

Wilson Quiñones, mi amigo crack por: Léider Preciado

Tumaco es cuna de grandes talentos futbolísticos, pero también, por ciertas cosas de la vida, son muchos los jugadorazos que no llegan al profesionalismo. Siempre que pienso en esto se me viene a la cabeza la historia de mi amigo Wicho, Wilson Quiñones, un tremendo 10 que tenía todo el talento del mundo. Ambos empezamos a jugar en la cancha San Judas, donde se inician todos los futbolistas profesionales de Tumaco y donde hay un monumento al papa Juan Pablo II.

Wicho y yo jugábamos para un equipo llamado Junior, en el que él era armador y yo, delantero. Éramos una muy buena dupla: él, muy bien dotado técnicamente, sabía cómo poner los pases, y yo simplemente tenía que definir. No solo jugábamos juntos, sino que vivíamos en el mismo barrio —se le conoce como El Voladero—, así que siempre caminábamos juntos al entrenamiento. Curiosamente, ni él ni yo teníamos guayos en buen estado, pero como éramos titulares, el entrenador del equipo les decía a los suplentes que nos prestaran los de ellos.

Con Wicho fuimos seleccionados, junto con varios otros, para ir a probarnos a Bogotá. Primero fuimos a Millonarios, pero ninguno de los dos quedó. Después fuimos a Santa Fe, en donde casi todos pasamos las pruebas. Pero el club no atravesaba un buen momento económico y era complicado que nos dieran casa y viáticos para vivir en Bogotá. Yo me arriesgué, decidí quedarme y rápidamente logré llegar a primera división. Wicho también estuvo un rato en Bogotá, jugó en la primera C de Santa Fe y se probó en otros equipos, pero tuvo que volver a Tumaco para sacar adelante a su familia. Ahí continúa viviendo y actualmente trabaja en una pollería del barrio Miramar. A Wicho lo veo cuando viajo a Tumaco y siempre recordamos anécdotas de aquellas buenas épocas en las que solo nos preocupaba una cosa: jugar fútbol.

Ahmed Acuña, mi amigo crack por Iván René Valenciano

Son muy pocas las personas que saben que mis primeros pasos como futbolista no los di como delantero. Y no fue porque quisiera, sino porque alguien más, un amigo, jugaba más que yo.

La historia empieza en Barranquilla, más específicamente en el Colegio Instituto Nacional de Enseñanza Media (Cinem). Yo apenas cursaba octavo grado y unos muchachos del barrio, mayores, de grado once, me convencieron de que debía presentarme a la selección de fútbol del colegio. Entonces decidí ir, pero sabía que la convocatoria no era fácil: recuerdo que éramos casi 500 personas. Ahí pudimos ver entrenar al equipo base y yo, de inmediato, me fijé en el centro delantero: Ahmed Acuña. (Las talentosas futbolistas que jugarán la Liga Femenina)

Era un goleador y tenía todas las condiciones para ser profesional. Así que cuando llegó el momento de demostrar mi categoría, decidí decir que yo era volante, porque si había algo que tenía claro era que a Acuña nadie lo sacaba de su posición. Logré entrar a la selección del colegio y rápidamente me hice amigo de él. Admiraba su capacidad goleadora, su estilo de juego, y con el pasar de los partidos sabía que ambos podíamos triunfar. Yo me fui soltando con el tiempo y pude jugar también como delantero.

Ya era el momento de dar un salto y los dos fuimos convocados a la Selección Atlántico, un paso clave para convertirse en profesional. Ahí ambos nos turnábamos el rol de goleador. Lo increíble fue que yo pasé a las inferiores del Junior y Acuña no, por lo que dejó de jugar. Justo el año pasado nos encontramos en Barranquilla, compartimos unas buenas historias y me contó que hasta hace poco había trabajado en una farmacia. Yo seguí con mi carrera, pude vincularme con el Junior, debuté y fui goleador varias veces. Pero nunca se me olvidará la categoría de Ahmed Acuña, mi primer referente en el área contraria.

Juan Pablo Barreneche, mi amigo crack por: Santiago Arias

Cuando empecé a jugar fútbol en el colegio Calasanz de Medellín, conocí a Juan Pablo Barreneche, un amigo que tenía todas las condiciones para ser un crack y que compartía mi mismo sueño: dedicarse al fútbol.

Teníamos un equipazo, ganábamos todos los intercolegiados, y varios jugadores, incluido Juan Pablo, tuvimos la fortuna de irnos a probar a la academia de Alexis García, que funciona como una cantera para el club La Equidad de Bogotá. Juan Pablo también quería estudiar, así que empezó la carrera de Ingeniería en la universidad Eafit, y yo me dediqué de lleno al fútbol. En la academia compartimos un año y rápidamente nos destacamos: yo como lateral, él como volante central. (Las novias más lindas de los futbolistas más feos)

Técnicamente era muy bueno, claro para dar pases, y llegaba bien al área rival. Un profesional en todo sentido. Por esa época, existía en el fútbol colombiano una regla que obligaba a que los equipos alinearan a un jugador sub-20 y yo me beneficié de ella para jugar en La Equidad. A Juan Pablo le decían que muy pronto también lo iban a llamar, y que también América de Cali estaba interesado en contratarlo. Él seguía entrenando y estudiando. Vivía clavado.

Pasó un tiempo y nada se concretó, entonces Juan Pablo decidió meterle la ficha a la ingeniería y dejó de lado el fútbol. Le dio tan duro que estuvo tres años sin jugar, ni siquiera con amigos. Después de terminar la carrera universitaria, se fue a vivir a Australia, donde consiguió trabajo en lo que le gusta: la ingeniería y las obras. Y retomó el fútbol, su otra gran pasión: actualmente juega en una liga aficionada en Australia, donde seguro sigue mostrando su calidad.

Alberto Cartagena, mi amigo crack por: ‘Chicho‘ Serna

Por allá a principios de los ochenta, en los barrios Milagrosa, Boston y Buenos Aires de Medellín, había un torneo famosísimo que hasta hoy se sigue jugando, se llama La Amistad. Resulta que por ese entonces yo estaba en el colegio Salesiano El Sufragio, en el barrio Boston, y allá había mucho talento. Se acercaba el momento del torneo y una distribuidora de cerveza, Dismar, decidió armar un equipo con lo mejor de lo mejor, y fuimos convocados algunos del barrio.

Teníamos un equipazo: recuerdo que estaba Alirio Serna, que después jugaría conmigo en el Pereira. Pero sobre todo me acuerdo de Alberto Cartagena, puntero con una zurda prodigiosa. Le decían Caranga y tenía todas las condiciones para ser un crack: cada tiro libre que cobraba era gol, se regateaba fácil a los adversarios y en los mano a mano era un maestro. Tristemente le gustaba mucho la noche, la rumba… y por esas épocas el tema del narcotráfico estaba presente en los barrios populares. A veces no iba a los entrenamientos, llegaba tarde a la casa y perdía el ritmo. Pero era tan bueno que el mismo entrenador iba a la casa a buscarlo.

Desafortunadamente, no supo aprovechar las oportunidades y el vicio fue la principal razón para que no llegara a ser profesional. Supe, después, que a los 24 años Alberto fue asesinado una noche cerca a la cancha Miraflores, también en el barrio. Fue una lástima, porque el Caranga sigue siendo una leyenda en el torneo La Amistad.

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