Lo conocí cuando tenía 13 y empecé a trabajar en su biblioteca 20 años después. La primera vez que lo vi fue en Ciudad de México, en casa de mi madre, Zheger Hay, haciendo visita. Se habían conocido hacía poco tiempo, supongo que porque habían oído hablar el uno del otro y se tenían curiosidad. Yo todavía no había leído ninguno de sus libros, pero me fascinó oírlo hablar de El cataclismo de Damocles, el discurso que lo tenía absorto desde hacía unos meses, y en el que todavía tendría que trabajar más tiempo, a pesar de ser un texto relativamente corto. Seguramente me llamó la atención que una persona dedicada a escribir tuviera que invertir tanto tiempo en hacer un texto breve.

Organizar la biblioteca personal de un escritor es viajar al pasado y meterse a vivir dentro de una fotografía en blanco y negro, prender una máquina vieja que cubierta de polvo ha sido relegada y, durante muchos meses, quedarse solo con miles de libros, que, según dicen, son el mejor amigo del hombre: pero cuando los estás organizando, son como gente despelotada que cambia de lugar sin avisar. Para no morir en el intento, lo primero es encontrar una lógica que no es tan evidente a primera vista, entender cuál era la distribución original, las materias que le interesan, y a partir de ese momento, entrar en el polvo, crear lo que parece un caos inmenso durante unos meses, y luego empezar a poner todo en su nuevo lugar, que en realidad es el de siempre, el que estaba antes, al principio.

Cuando empecé a trabajar en la biblioteca, iba toda la semana y me preocupaba mucho que con el trasegar de los libros lo interrumpiera. Para entonces estaba terminando de escribir Vivir para contarla, el primer y hasta ahora único tomo de sus memorias, un libro voluminoso que había ameritado una investigación larga y difícil de procesar. Decidí acelerar el arreglo de su oficina para terminar en el menor tiempo posible, hasta que él mismo me propuso que lo hiciera con la calma necesaria para que quedara perfecto y yo tuviera trabajo por más de una semana. Esa primera etapa ocurrió hace años. Duró mucho más de una semana, en realidad más de un año y es, por supuesto, una época que recuerdo con gratitud por el contacto que tuve con sus libros y, sobre todo, por la relación cotidiana con Gabo, a quien admiro más desde esa cercanía. En su manera de ser jefe encontré una gran y útil lección: evita serlo dándote toda la confianza y la responsabilidad de lo que tienes que hacer. A mí, por ejemplo, me propuso que yo estableciera mi horario y mi sueldo. Hablamos de eso una única vez y nunca hemos tenido que volver a hacerlo.

En lo referente a las bibliotecas personales, creo que es cierto aquello de que el tamaño no es lo que importa, sino el buen uso que se hace de ellas: no tiene ningún sentido medirlas o compararlas; nunca va a ganar la más grande. Una biblioteca enorme puede ser la de un investigador que lleva décadas dedicado a un tema, o la de un recolector compulsivo, o la de una persona que no se puede desprender de nada, pero eso no garantiza una selección cuidada y sensata. Es muy fácil cometer el error de creer que quien incorpora un libro a su biblioteca también lo hace a su mente: que todo lo que hace parte del orden o la secuencia en un anaquel hace parte del orden mental. Por alguna razón hemos confundido al comprador con el lector, al coleccionista con el erudito, como si fuera lo mismo pagar que entender… Casi siempre, las bibliotecas inmensas y sus dueños me generan desconfianza: tanto despliegue, tanta parafernalia, tanta exhibición se suele hacer para ocultar algo.

Desde el primer momento y hasta hoy, pasada casi una década, sigo pensando que ser su bibliotecario es el trabajo ideal, porque encargarse de los libros de un escritor admirado es tener la posibilidad única de entender sus verdaderos intereses, su mundo intelectual y sus obsesiones; convivir con la selección de libros que durante tanto tiempo ha hecho una persona es entender un poco más su pensamiento, su historia, sus afectos: ahí, dentro de esos libros, están contenidas las amistades literarias, las dedicatorias, las anotaciones haciendo homenajes silenciosos, una secuencia invisible a primera vista, pero que está llena de significados que esperan para ser develados. Aunque antes de trabajar en su biblioteca ya éramos cercanos, desde el primer momento en el que me encargué de sus libros sentí que abría una puerta a un nuevo nivel de intimidad, que accedía a ese silencio pleno de sentido que escasamente y con dificultad logramos compartir con unas pocas personas. Seguro que para mucha gente no tiene importancia ver la letra de Cortázar, pero para mí, encontrar una primera edición de Rayuela con dedicatoria incluida, aunque se nota la tinta de esfero Bic, fue un pequeño acontecimiento que me hizo sentir afortunado y feliz, un sueño secreto que se me cumplía, lleno de intimidad, como si realmente hubiera compartido un momento privilegiado con dos escritores a los que he admirado y leído desde que me enganché a la literatura.

Cualquiera que haya leído más de dos libros de Gabo sabe que sus intereses en la vida son la literatura, el cine y el periodismo. La política también, pero yo veo esa materia como una derivación del periodismo. Esos intereses se manifiestan en los libros de su biblioteca y, en términos generales, así están organizados. Aunque no soy un coleccionista, admiro su repertorio de diccionarios y libros de consulta. Además, he comprobado su utilidad: son indispensables, diversos. Si alguna vez empezara una colección, sería de diccionarios. Creo que más allá de sus intereses intelectuales, la biblioteca de su casa está determinada por los viajes que ha hecho, no por los libros insólitos que haya podido comprar viajando o que los autores le hayan regalado, sino por los libros que dejó en cada lugar donde vivió. Muchas veces ha dicho que la lectura es uno de sus grandes placeres y que el único placer que lo supera es la relectura, y creo que ese es el criterio que ha usado para depurar su biblioteca: lo que quiere releer, a lo que quiere volver. Sí, hemos ido de compras a librerías, le llegan libros de todas partes del mundo y lee autores nuevos constantemente, pero puedo suponer que desde joven, cuando aún no era un escritor publicado, tiene claros sus intereses, sus autores, sus libros fundamentales, y que gracias a eso, se ha podido dedicar a la relectura, su más grande placer.

La otra cosa incomparable de estar ahí es recibir las ediciones que de sus libros hacen en el mundo entero, porque sirven para dimensionar la magnitud de su presencia y actualidad, y además son un catálogo prodigioso de las editoriales que voltean los ojos a Latinoamérica desde todos los continentes. Sus obras completas están traducidas al portugués, rumano, francés, turco, griego, japonés, alemán, inglés, polaco y un largo etcétera, y en Noruega, Cien años de soledad se ha editado casi 50 veces sin parar desde los años setenta; en Alemania hicieron una edición de bolsillo (9 x 14 cm) impecable, diáfana, lindísima de El amor en los tiempos del cólera; de Relato de un náufrago, en promedio y solamente tomando en cuenta los que se vendían en España, durante una década completa se hacía una nueva edición cada seis meses en la colección Cuadernos marginales de Tusquets; en Italia no solo han traducido sus obras completas desde el primer momento, sino que hay varios libros en sardo, por ejemplo; y de Turquía cada tanto llegan nuevos ejemplares. Ahora, la novedad son las ediciones que están haciendo en China y en Rusia de todos sus títulos, pero, sin duda, las más hermosas son las japonesas: pulcras, inusitadas, una extravagancia que viaja de regreso a América, un exotismo dentro del exotismo que para ellos debe ser el trópico de Macondo. Según he visto, el libro de García Márquez con más traducciones en todo el mundo puede ser Cien años de soledad, y El amor en los tiempos del cólera del que se hacen tirajes más voluminosos y permanentes.

También forma parte de la biblioteca todo ese universo de homenajes que hacen a la obra y a la persona de García Márquez en todo el mundo: animaciones de sus cuentos o de historias extraídas de sus libros, varios diccionarios hechos con definiciones obtenidas de sus libros, tesis para obtener todo tipo de diplomas: desde bachillerato hasta posgrados en especialidades que van de la medicina al derecho, pasando, obviamente, por los estudios literarios. Discos provenientes de muchas partes del mundo que de una u otra forma salieron de sus historias; por ejemplo, uno de fusión flamenca inspirado en la Cándida Eréndira hecho por El Lebrijano; canciones norteamericanas protagonizadas por Pietro Crespi, el personaje que vive fugazmente en Cien años; versiones en varios soportes y géneros de Solo vine a hablar por teléfono… Sería cansado hacer la enumeración de los homenajes que llegan a la biblioteca, e implica un gran trabajo registrar, catalogar y ordenar todo lo que recibimos. Sin embargo, lo vivo como un privilegio, pues muchas son obras singulares y ejemplares únicos, hechos a partir de la empatía y que no buscan ningún reconocimiento más allá de decirle a una persona admirada que su obra despertó un impulso creador.

Para mí es una gran tranquilidad haber abandonado la tentación de ser coleccionista, esa necesidad de acumular y guardar libros. Alguna vez tuve ese impulso y lo perdí cuando estudiaba Literatura en la Universidad Nacional y trabajaba en la librería Biblos, que desgraciadamente ya no existe: pasar todo el día organizando libros, vendiendo libros, hablando de libros y reseñando libros cambió mi relación con el objeto, y dejé de atesorar ediciones raras o autores que simplemente no se podían encontrar en Colombia hace 20 años, como Reinaldo Arenas o Bohumil Hrabal. Todo esto para decir que aunque me gusta mucho no ser un coleccionista y estar tan desapegado al objeto que en verdad disfruto, regalando los libros que disfruté leyendo, sí hay un libro que me gustaría tener: la primera edición de La mala hora, esa que salió en 1962 y que fue desautorizada por García Márquez en vista de todos los cambios que el editor le había hecho para “castellanizarla”. Aunque ese libro no es La mala hora sino un error editorial, y se ha convertido en un fantasma literario que no tiene ni siquiera autor, es, sobre todo, un testimonio, una manifestación de la relación de España con Latinoamérica. De los ejemplares de Gabo que guardo con devoción, puedo mencionar las primeras ediciones de Cien años y de El otoño del patriarca, el libro que más aprecio de todos los que él ha escrito.

Una vez, en una librería de viejo en la colonia Condesa, acá en Ciudad de México, por curiosidad pregunté si tenían alguna primera edición de Cien años de soledad. El librero hizo una mueca que podía ser sonrisa cómplice o podía ser burla y me sacó un ejemplar hecho en Cuba. Efectivamente era una de las tantísimas primeras ediciones de Cien años que hay por el mundo, pero estaba lejos de ser la primera. Cuando le reclamé eso, me dijo que aunque no era la primera edición, esa copia tenía gran valor, porque era la única y original en la que Álvaro Mutis había hecho algunas anotaciones y correcciones que fueron incorporadas a la segunda edición. Es cierto que la edición Príncipe de Cien años salió con varias erratas, como por ejemplo que Pietro Crespi aparece una vez como Prieto Crespi, pero estaba clarísimo que la anécdota con la que me quería embaucar era completamente falsa: simplemente basta mencionar que el libro que me quería vender era posterior a la segunda edición que hicieron en Buenos Aires, un mes después de la Príncipe, ya incorporadas algunas correcciones. Y sobre todo que después de haber organizado la biblioteca personal de Álvaro Mutis, me queda clarísimo que él no hace anotaciones al margen, ¡ni subraya con plumones de color! Por lo tanto, ese libro con correcciones de Mutis no existe (y si existiera, no estaría por ahí dando vueltas esperando al coleccionista curioso).

Gabo nunca ha dejado de ser un periodista, y tal vez por ello siempre ha reivindicado al periodismo como el mejor oficio del mundo. Puedo entenderlo y contradecirlo al mismo tiempo, porque ser el bibliotecario de Gabo es realmente el mejor oficio del mundo.

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