El primer instrumento que tuve lo fabriqué yo mismo. Cuando era niño, en Chiriguaná (Cesar), la música era para mí un sueño, una especie de juego. Entonces me encantaba escuchar los grupos que llegaban a tocar, y oía fascinado las frecuencias del bajo. Eso me llenaba. Yo no sabía qué instrumento era ni para qué servía, pero se me metió en la cabeza la idea de hacerme uno. Entonces fui a donde un carpintero y le pedí una tabla; le dije que quería fabricarme un bajo, y lo primero que el tipo me preguntó fue que qué era eso. Yo no sabía, pero igual lo hice: dibujé el cuerpo del instrumento en la tabla y lo corté; luego, con la ayuda de un amigo que era radiotécnico, le metimos los componentes que necesitaba usando las partes del radio viejo de mi abuela. Cuando al fin lo tuve, me metía en la piecita donde la abuela —que era boticaria— preparaba los remedios y escuchaba en su radiola los discos que me gustaban. Y así empecé a sacarles los acordes. Es muy extraño, pero todo lo he aprendido así, de manera empírica. Como alguien dijo una vez, refiriéndose a mí: “Todo lo hace mal, pero le sale bien”. (El día que estuve a un paso de dirigir al Real Madrid: las mejores anécdotas de Maturana)

Mi primera banda se llamó Los diamantes del Cesar. Con ellos viví muchas cosas. Un día, por ejemplo, fuimos a tocar a un pueblito perdido en la Costa, en una caseta que se llamaba La Psicodélica. Hicimos el show, con poco público, y ya en la madrugada salimos a la carretera a esperar el bus que nos llevaría de vuelta a Chiriguaná. Nos acostamos ahí en un kiosquito y, cuando llegó el bus, esos berracos se olvidaron de mí y se fueron. ¡Y ahí me dejaron! Otra vez, nos fuimos a tocar a Potrerillo y en el camino paramos en una tiendita de algún lugar solitario de la carretera. Compramos un guarapo de piña fermentado que nos ofrecieron y cuando salimos hacia el pueblo, bajo un sol tremendo, sentí el primer cimbronazo del retorcijón. ¡Nos hizo un daño esa vaina! Cuando empezamos a tocar, yo veía que en cada canción alguno del grupo salía corriendo para el baño. Y así nos tocó turnarnos, mientras duró el concierto.

Cuando me vine a vivir a Bogotá, me recibió en su casa un viejo amigo del pueblo al que toda la vida le había dicho Chácara. El día que llegué, con mi bajo guardado en un estuche de piel de tigre, fue a recibirme a la estación de trenes. Apenas me bajé, lo vi, y de una le pegué un grito, emocionado: ¡Chácara! Él, que había llegado a estudiar Derecho hacía como cinco años —aunque no había pasado todavía de primer semestre—, se me vino rápido y me dijo: “Te voy a advertir una cosa: aquí tienes que decirme doctor Samuel Zacarías Martínez… ¡nada de Chácara, que ya casi soy abogado!”. Esa noche, en su casa, él sacó media botella de ron de la caja donde guardaba la ropa y empezamos a recordar. En la madrugada, luego de cantar unas canciones, me dijo: “Te voy a llevar a donde graban los artistas”. Y ahí empezó todo.

Mi primer éxito grande fue Frío de ausencia, una de las canciones con que llegué por primera vez ante el productor Ricardo Acosta, que fue quien creyó en mí. Había grabado esos primeros temas en el baño del colegio, con una grabadora vieja, porque me encantaba el eco que allí se hacía cuando cantaba. Pero Frío de ausencia tiene una historia bien bonita: antes de que yo naciera, mi papá escribía poemas en un cuaderno para enamorar a mi mamá, y así fue como la conquistó. Veinte años después, encontré ese cuaderno y le puse música a ese poema. Esa es la canción. Y hoy sigue siendo un éxito. (El día que el Pibe me mentó la madre y otras anécdotas memorables de Óscar Julián Ruiz)

La fama me agarró desprevenido. No sabía ni siquiera qué era firmar un autógrafo, y de repente me tocó dar entrevistas y aprender a lidiar con las muchachas con carteles y ramos de flores. Una vez, la disquera hizo una recepción en el lobby de un hotel elegantísimo y yo canté unas canciones. Cuando terminamos, se me acercó un señor y me preguntó cuánto, más o menos, podía costar un show mío. Era la primera persona que me preguntaba eso en la vida, y yo no tenía ni idea qué decir. ¡Ni siquiera había visto un dólar en la vida! Entonces le solté una cifra absurda y creo que el tipo se murió del infarto, o todavía debe estar cagado de la risa: ¡Le pedí 650.000 dólares!

Por la época en que Pablo Escobar estaba en La Catedral, había una canción, Dos corazones, que le encantaba a su esposa, María Victoria. Un día nos contrataron para cantar en una fiesta, pero no nos dijeron dónde; solo nos dimos cuenta de que íbamos para la Hacienda Nápoles cuando ya estábamos en los carros que nos habían recogido. En el camino, los hombres de Escobar se pusieron a contarnos historias; nos dijeron que una vez una sobrina del capo, creo, se había encaprichado con Paloma San Basilio, y allá la llevaron. Pero la niña se desencantó y a la segunda canción dijo que ya no quería más, entonces le pasaron a Paloma un papelito diciendo que, por favor, dejara de tocar. Ella armó un escándalo, decía que cómo era posible, que venía de España, sin saber en la que se estaba metiendo, hasta que al final se bajó y se fue. Llegamos, pues, y empezamos a cantar. Nosotros no vimos a Escobar, pero sí fuimos testigos de un helicóptero que aterrizó ahí y en el que decían que iba él, que supuestamente venía de la cárcel. En esas estábamos, cantando, cuando… ¡me entregaron el papelito! Asustado, lo abrí y vi el mensaje: “Galy, por favor, que toque otra vez Dos corazones”. Supondrán cuál fue la siguiente canción…

Mi padre y mi madre murieron con algunos años de diferencia, y en las dos ocasiones, preciso ese día, me tocó cantar. Es que este oficio es así, y si uno ya está comprometido no puede hacer nada. Cuando murió mi papá, teníamos una presentación en Bogotá; cuando le tocó el turno a mi mamá, era un concierto en Ecuador. Justo tres días antes yo había estado en Chiriguaná y la había visto muy mal. Entonces sentí que ese viaje lo había hecho para despedirme, porque ya estaba en una situación terrible. La mañana del concierto me dieron la noticia, y por la noche salí y canté. Hice el show sacando fuerzas de donde no las tenía, y ya en la última canción, que es siempre Me bebí tu recuerdo, dejé que la gente cantara el coro y no pude más: me quebré. Tuve que bajarme del escenario. (Yo perdí mi casa por Rubén Blades (Y Celia Cruz me la recuperó))

Una vez, en Villavicencio, un tipo se me acercó y me pidió que le diera un beso a su esposa, una mujer guapísima. Le dije que claro, que con mucho gusto, y me acerqué a darle un pico en la mejilla. Justo entonces me dice el tipo: “No, señor, ahí no… ¡en la boca!”. ¡Y me tocó dárselo! 

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