Cuando tenía doce años hice mi primer viaje grupal con mis compañeros del séptimo grado de una escuela de la Patagonia. Fuimos a Las Grutas, un lugar de playas kilométricas en el Atlántico sur donde en el verano puede hacer 40 grados. La gente se refugia del sol implacable en las grutas que el mar ha cavado en la tierra hasta crear espacios en los que la temperatura es primaveral, unos 10 grados menos que el de la playa, metros más allá. Esa caverna húmeda fue el escenario de mi primera epifanía con un hombre.

El origen de ese deseo desembozado por varones que luego sería asumido y gozado suele ser para cualquier gay de mi generación una silueta, el cuerpo de un hombre que se nos antojaba irresistible. Los que habían organizado todos los bailes y ferias de platos para juntar el dinero del turismo estudiantil eran los padres y un grupo de ex alumnos. Eran pibes de unos 20 años que se nos antojaban, a algunas de las chicas y a mí, la excitación misma. Verlos pasar al fondo de la caverna donde jugaban al fútbol mientras yo oficiaba de único público del partido, solo por verlos como en pantalla gigante, ¡qué sufrimiento! ¡Qué terrible la memoria! Solo pensar que los primeros cuerpos que pude ver desnudos en la ducha fueron esos efebos puede explicarme hoy la increíble atracción que los hombres que nunca tocaron más que cuerpos de mujeres, heterosexuales activos y convencidos, puede producirme de vez en cuando, cuando vuelvo a ser aquella mariquita mojigata.

El tiempo hizo que esa iniciática conciencia del gusto por determinado tipo de hombre tuviera nombre, ya en la gran ciudad y lejos del pueblo sureño, donde sabría por las travestis que se les dice ‘chongos‘. El chongo argentino es una especie particular, pero en casi todas las latitudes existe una versión de chongo, aunque son otras las maneras de nombrarlo. En Colombia, sería injusto decir que el sinónimo de chongo es camaján. Camaján es un corpulento demasiado vistoso que no necesariamente ostenta una moral bisexual ni se permite un escarceo de última hora con un gay o un marica sin culparse luego por la bufarrada. Eso es lo que ocurre en la frontera entre la noche y la madrugada de muchos sitios.

En Buenos Aires los antros se encienden recién pasada la medianoche para un primer turno. Luego otras cuevas más oscuras y ruidosas dan sede al after hour. En el after la provisión de drogas se vuelve servicio en la mesa o en la barra por una travesti simpatiquísima que la coloca bajo una caja de fósforos junto al trago. El lugar había sido un cabaré con show y había resurgido con la idea que hizo furor desde fines de los noventa, un lugar gay friendly al que los hombres enfiestados de la noche también iban. Eran heteros, chongos argentinos, que embriagados y excitados acudían al frenesí del Transformation a seguir la noche hasta el mediodía.

En ese sitio fui beneficiado por la casualidad. El destino me regaló una cita con uno de esos tipos a los que se les recuerda por un rasgo muy particular y masculino. O sea, alguien con quien se ha fantaseado con razón, con intención de darle una oportunidad a su masculinidad para que se pruebe con un gay decidido. Él me encaró en la barra cuando eran apenas las seis de la mañana y pocos en el lugar. Me pidió fuego. Se llamaba, y pondré su nombre real porque es demasiado bonito, Osías. Por eso lo pude identificar, por lo particular de su nombre. Y por la voz.

En esa época solía llamar con frecuencia al radiotaxi que pagaba el diario en el que escribía. Eran decenas de llamadas. Del otro lado atendía esa voz de chongo que siempre decía lo mismo: "Taxi Ya, habla Osías, dígame", de una manera francamente masculina y al mismo tiempo sensual y juvenil. Se me antojó un plato divino. Lo deseé secretamente hasta que unos seis años después lo tuve sentado a mi lado. No le di importancia. No tenía fuego, y no me ocupé de iniciar una conversación, de pronto lleno de la vergüenza de la mariquita mojigata que había dejado en el sur. Pero el chongo insistió y a la hora, después de dos tragos y de que el sitio se poblara y se armara el baile, estábamos hablando de su vida, de sus hijos, de su ex mujer, y de la que tiene ahora.

Era jueves, las nueve de la mañana y los dos trabajabamos por la tarde. Cuando me dijo su nombre lo recordé. Le pedí que me lo repitiera: "Taxi Ya, habla Osías, dígame", dijo, con la misma entonación. Era él. Le confesé todo, sin prólogos. Me dijo dos veces que no. A la tercera salimos juntos del lugar y en taxi llegamos a mi entonces departamento de soltero. En el torso tenía tatuado a San la Muerte. Se quedó a dormir. Se quedó a desayunar. No fuimos a trabajar. Dormimos la siesta. A las nueve de la noche del día siguiente se fue para no volver. Un chongo no es para marido. Un chongo no suele ser para novio. Si hay un acuerdo entre gays y locas que prefieren los chongos es que la perdición no es comérselos sino enamorarse de ellos. A estos heteros con permiso no se les puede pedir más que ese arrebato por lo general nocturno, alcohólico y adictivo, la oportunidad que al gay le da solo la compulsión masculina. Somos iguales, somos amigos, somos capaces de cogernos sin que nos pase nada malo. Tranquilo.

Con estas ideologías es que en la vida se me han puesto belicosos los asuntos por preferir con demasiada obviedad, chabacanería o violencia a esos chongos a los que se pretende alcanzar. He tenido muchas amigas bellas, talentosas, inteligentes, que se han conseguido unos hombres de símil factura, algunos más chongos que otros. Han sido todas generosas al señalarme con elegancia que si osaba tocarlos o intentar medidas que los llevaran a la confusión sería quemado vivo. Solo en tres ocasiones me excedí en el coqueteo, peligrosamente. Solo una de las despechadas montó un escándalo que me dejó en pésima posición ante ella, ante mis invitados y ante mí mismo, desconsolado por la pérdida de una presa que me había convencido, sería deliciosa y fácil. Solo lo conseguí en algunas ocasiones. A veces, con carnada. Un pacto entre tres para que el chongo caiga en las redes de dos, un chico y una chica que no dejarán que pase de largo.

Cuando no se trata de una cacería nocturna las estrategias se limitan a algunas situaciones en gimnasios y parques. Los trabajos no suelen ser sitios ideales. Pero sí las fiestas del trabajo, donde siempre hay un impensado candidato al que se descubre entrada la noche.

Cualquiera podría calcular que esto ocurre con exclusividad en Buenos Aires, por ser una ciudad de varios millones de habitantes, con una oferta nocturna casi exagerada en comparación con otras capitales latinas. Lo que los porteños llaman "el interior", alguna de las 24 provincias argentinas esconde una experiencia de coqueteo marica con los chongos que se remonta a la vida del gaucho. Solitario, en medio de la pampa cultivó el viejo dicho: "Todo agujero es poncho". Mi amigo Juan, de Santiago del Estero, joven escritor de familia de comerciantes prósperos de esa provincia del norte, descubrió a través de amigos políticos del peronismo en Tucumán, provincia limítrofe a la suya, que los maricas locales habían conseguido armarse de una comunidad de chongos estables, semidesocupados, jóvenes de toda juventud, entrenados en el gimnasio, cumbiancheros y atorrantes, a cambio de dejarlos vivir su esparcimiento en sus quintas y casonas junto al cerro. A tal punto llegó el fanatismo que le produjo esa oferta a Lautaro, que se metejoneó con uno y lo trajo a vivir a la capital. Detrás llegaron cinco más junto a su amigo, y tuvo que inventar la visita de tres tías beatas santiagueñas para que a los 20 días abandonaran su patio con piscina.

El riesgo de aposentar al chongo es alto. Sobre todo caro. En la película El amor es el demonio, un retrato de Francis Bacon, se narra la relación que establece con un chongo que entra en su casa a robar y del que se enamora a primera vista y sin remedio. La inserción de ese heterosexual seducido y rendido como marido a los antojos del artista produce una violencia cruel que los hace infelices.

En Buenos Aires, Lautaro suele acudir a algunos artificios del transformismo para salir a los antros. Quizás el más popular sea Amerika, famoso por su ampliada idea de dark room. Hasta el incendio del boliche bailable Cromañón el 30 de diciembre de 2004, donde murieron casi 200 fanáticos de la banda Callejeros, los controles de seguridad eran menores. Entonces en Amerika existía el túnel, un verdadero pasillo atiborrado y oscuro que solo atravesaba el que estuviera dispuesto a dejarse llevar por el roce de los cuerpos. Era una trampa mortal. Se lo cerró y se creó un nuevo pasillo, ahora ancho, en el que entran 200 personas, con lugar para que todas las posiciones sean ensayadas sin dificultad. El reino de los chongos. Es el sexo más exprés, a la mano y económico que hay en la ciudad para heteros flexibles, como les dicen ahora hasta los doctores en antropología que los estudian en sus tesis académicas. Es el reino al que se accede con testosterona. En estos escenarios el valor del varón heterosexual, masculino y activo trepa por las paredes.

En pos de conseguir heteros, los gays y las locas suman estrategias de acuerdo con el perfil y el espíritu de cada uno. Mi mejor amigo, Manuel, 35, delgado y con una cintura mejor que la de la mayoría de las mujeres de su misma edad, rubio y de ojos claros, un irlandesito que podría ser deseado por ellos y por ellas, sin distinción, se acaba de comprar una peluca "de pelo de chola boliviana" por la que pagó 400 dólares. Pasó una larga temporada adaptando pelucas de pelo artificial que se terminaban convirtiendo con el uso cada fin de semana en melenas inmanejables.

Manuel vive hace 17 años con su novio de toda la vida, Pablo. Hace ocho abrieron la pareja y Pablo puede tener otros novios, por ejemplo a Javier, hace ya años, mientras que Manuel puede acceder a todos los que quiera sin enamorarse de ninguno en particular. Hace cuatro años, una noche en tren de confesiones me dijo: "Nunca más voy a coger con un gay". Cumplió. Comenzó por la ropa interior de mujer. Luego agregó el maquillaje que le robó a una hermana, el pelo largo y rubio, un corsé, los tacos especialmente diseñados. Ahora gasta parte de su sueldo como gerente comercial de una empresa en sostener el nivel de producción que ha elevado hasta niveles profesionales. Su anzuelo es un nickname muy explícito en www.contactosex.com. Es tan sexual y efectivo el nombre que se dio que en los últimos cuatro años a su "perfil" lo han visitado 51.000 veces. Casi sin repetir cada fin de semana de todo ese tiempo se ha comido hombres heterosexuales. Casados. Solteros. Con hijos. Divorciados. Solo hace poco se enamoró de uno. Es del interior. Viene a la capital a trabajar cada 15 días. Y cada vez que llega a la ciudad lo llama con el tiempo justo para que él alcance a vestirse de ‘Luli‘: una hora y media de producción.

Retirado de las pistas en las que supe nadar como habitué, me informan que la cacería de chongos ya no se detiene. El furor es una línea telefónica, me cuenta Lautaro. Allí en la "opción" que corresponde a las "mujeres que buscan hombres" se infiltran cientos de gays y maricas en busca de hombres heterosexuales que ante la falta de mujercitas acepten la proposición de un varón. Es extraordinario, son desde empleados de banco hasta profesores de secundaria, pasando por chorros y policías uniformados, festeja Lau. "Es cada vez mas fácil comer chongos. Sobre todo las nuevas generaciones que vienen sin tanto trauma ni prejuicio", cree. Es un diagnóstico parecido al que hace uno de los blogs más populares del ambiente gay de Rosario, donde el gran lugar se llama El Beso y después de las cinco se llena de locas, gays y chongos. "El chongo siempre está caliente y quiere coger. Lo hace en cualquier lugar, de parado, como venga. No usa preservativos, ni vaselina. Escupe, lubrica con su propia saliva. No hace el amor. En la cama suele ser activo, aunque también puede ser pasivo. Pero es un supermacho hasta cuando se la ponen: no se queja, ni suspira, ni gime".

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