Ahora salimos menos: cuando no es la una, es la otra la que siente una irrefrenable pereza. Remoloneamos antes de levantarnos de la cama, nos vestimos con calma, nos acercamos una y otra vez al espejo para comprobar si nuestros calcetines están bien subidos (los ocho: los nuestros y los del reflejo), las faldas de nuestros vestidos almidonadas y opulentas, y luego nos sentamos de nuevo, agotadas ya sin ni siquiera acercarnos a la puerta. (La vejez de Darth Vader)

Salimos menos y a menos lugares, solo porque nos encontramos hambrientas y no nos queda más remedio que ponerle solución. Antes nos colábamos en casi cualquier casa, en los pasillos de las comunidades de vecinos, en los sótanos donde los niños se escondían en juegos de sábado por la tarde. Hubo una temporada, cuando éramos niñas, en la que cada tarde y cada noche nos aparecíamos a alguna familia desgraciada. Resultaba sencillo elegirlas: todas las familias son, antes o después, desgraciadas. De eso nos alimentamos, del dolor.

No siempre estamos de acuerdo con respecto a la calidad del dolor. Yo prefiero el dolor acre de la angustia, el que produce un sudor frío por las noches y puede olerse a distancia. Los bebés lo transmiten puro y alto, los ancianos unen a su peculiar fragancia un tufo a cabello mal lavado y a orines, que aspiro como quien bebe una cerveza bien fría en un agosto abrumador. Yo, en cambio, sigo el dolor agudo, el que producen los golpes en la carne tierna, o las malas palabras. A diferencia de mi gemela, necesito una emoción fuerte, el miedo que genera la violencia o el abandono.

De manera que nos turnamos: un día seguimos a una madre con gafas de sol, que nos llamó la atención en plena calle. El rostro cubierto por un maquillaje algo más espeso de lo que realmente necesitaría nos dio la pista, y la perseguimos hasta su casa, donde dormita un marido borracho, un chiquillo que aprende a caminar en silencio desde que dio sus primeros pasos. La mujer cierra la puerta con apenas un chasquido de la cerradura, reza por que el hombre no se despierte. Le mira con una mezcla de repugnancia y cariño; ya le ha perdonado. Revisa su rostro en el espejo, roza con delicadeza el ojo palpitante y el moratón bajo la pintura. (La vejez de Freddy Krueger)

Por un momento, a través del espejo, cree vernos. Se asusta. Una exclamación entrecortada brota de los labios. Pero ya no estamos allí. Yo me relamo, ahíta. Quizá esa noche regresemos de nuevo; no hay que atracarse con dolor del bueno, del exquisito. Hace mucho que aprendimos a ser moderadas.

Otro día seguimos a un hombre, aún joven, con barba crecida y unos pantalones gastados. Nos gusta acecharlos en los supermercados, en las gasolineras, en esos espacios de nadie y libres de censura, en los que podemos observar sin llamar la atención. Caminamos casi a la vez, apoyadas la una en la otra, con un carrito viejo que no sabemos con qué llenar. Aceite y vino en las estanterías de la derecha, quesos y fiambres a la izquierda. Nuestra mirada pasea sobre las viandas: nos dan asco. No recordamos más que como un aroma lejano el tiempo en el que estábamos vivas y nos alimentábamos de plantas y cadáveres

Casi nadie fija la mirada en nosotras. Los supermercados y los parques rebosan de ancianas extravagantes, que pasean perros casi tan caducos como ellas, que se prenden lazos en las cabelleras canas. Creen que somos una pareja más, viejas gemelas que han nacido juntas y que no saben respirar sin la otra. Nos conviene que crean eso. (La vejez de Jason, el de viernes 13)

Como decíamos, observamos con una ávida curiosidad los movimientos de ese joven. Vemos cómo arrastra los pies. Hace mucho tiempo que nadie le ha dicho nada agradable. Alcanza una lata de alubias del estante, y observa cuidadosamente el precio. Duda. Lo deja de nuevo en el mismo lugar, con mimo. Yo aspiro su exquisito aroma a desesperación. Luego abandona el supermercado, con una lata de cerveza y un paquete de arroz. Arrastramos los pies y el carro, y le seguimos. Él recorre, con el paso automático que otorga la rutina, un sendero por el que ha deambulado ya muchas veces. Vive en un bajo de una única habitación. Le contemplamos primero a través de la ventana, luego esperamos en el baño.

No aparta la cortina de la ducha, que nos cobija, pero sabe, siente, que estamos allí. El sudor le recorre la espalda. Cree estar volviéndose loco. Abre la cerveza y vacía su contenido en el fregadero. Entonces se arrepiente, bebe con avidez. Sabemos que esta tarde regresará al supermercado, comprará más cerveza, adormecerá el miedo con alcohol. Oh, delicioso.

A veces sufrimos alguna pérdida. La mujer del maquillaje espeso decide escaparse de casa con su hijo, y ya no podemos percibir su miedo. Nos tambaleamos, hambrientas. Yo, sobre todo, me doblo sobre mí misma, con punzadas en el estómago. Me apoyo en mi gemela. Renqueamos hacia el supermercado, con el infame carrito. También tenemos derecho a realizar nuestra propia compra.

Miro a mi hermana, siento su agonía. Con la mirada, atravieso a quien creo que puede alimentarla. Antes o después, alguien se cruza con nosotras. Todas, todas las familias son desgraciadas. Mi gemela aspira, se recupera. A por ese, a por ese, susurra. Cojeando, seguimos a quien ella desea.

No siempre fue así. Recordamos a veces, mientras nos cepillamos el pelo la una a la otra, un tiempo en el que éramos nosotras las que percibíamos sombras extrañas en los rincones. Yo tenía una muñeca, creo recordar, y yo un caballito de trapo que chupaba cuando me distraía. Las sombras se asemejaban vagamente a un hombre muy delgado, muy alto, sin cabello. Nos miraba. Parecía aguardar algo.

Mamá no lo veía. Nos atiborraba de tisanas, al principio. Luego, junto con la leche caliente tras la cena, nos dio píldoras. De otra manera, nos resultaba imposible dormir. Yo despertaba en mitad de la noche, gritando, aterrada. Yo comencé a cortarme con la navaja de papá. Primero en el vientre, en el muslo, luego en el brazo. Veíamos cómo el hombre extraño sonreía y nos miraba. Pronto, mi caballito no sirvió de nada.

Luego ocurrió lo que temíamos. A mí me rajó la garganta con la misma navaja con la que yo jugaba a cortarme. Sonreía. Yo, en cambio, se lo puse más difícil. Mientras escuchaba cómo mi gemela se ahogaba en burbujas de sangre, me escondí dentro de un armario. Papá recorrió con parsimonia la casa. Le llevó mucho tiempo. Con calma registró cada hueco. El corazón me latía en los oídos. Por primera vez me sentía sola. La angustia me impedía respirar, y desde el día anterior no sabíamos dónde estaba mamá. Papá abrió la puerta del armario, yo ahogué un grito y, de pronto, me reuní con mi gemela.

Desde entonces vagamos juntas. Nunca vimos de nuevo a papá. Nunca hemos visto, de hecho, a nadie más que no sea como nosotras, un proyecto inacabado, una pausa entre la violencia y la angustia. Crecimos, pasaron los años, las décadas, nuestros cabellos blanquearon. Estamos cansadas. Ya apenas salimos. Compartimos una irrefrenable pereza.

Pero tenemos hambre. 

(La vejez del malo de Halloween)

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