¿Cómo lo hice?, ¿cómo salvé a las 1268 personas que se refugiaban en el hotel que yo administraba? No tengo una respuesta concreta.

He conocido durante mi vida a un montón de gente que me ha ayudado, y en mi trabajo en ese lujoso hotel de Kigali, la capital, tenía que interactuar con políticos y otras personas influyentes, además de gente del común. Creo que eso me ayudó a desarrollar una especie de habilidad para sentarme con cualquiera, hablar con cualquiera, hacerme amigo de cualquiera. En el Des Mille Collines aprendí también a mantener la calma en cualquier situación, a tomar decisiones muy rápido y a escuchar a mi propia conciencia para hacer lo correcto. Pero eso no lo explica todo: a veces no controlamos las cosas, a veces decimos que fue dios quien las hizo. 
El de Ruanda era un problema entre los grupos étnicos hutu —entonces en el gobierno— y tutsi. Pero las explicaciones políticas no vienen al caso. Lo importante acá es que los militares hutus que iban asesinando tutsis por todos lados se dieron cuenta de que no podían matar a mis refugiados sin antes matarme a mí, que, aunque no le doy importancia, soy hijo de un hutu y una tutsi. 
Pero ¿por qué no me dispararon si igual tengo sangre tutsi, si mi esposa era tutsi? Fácil: porque mis contactos funcionaron para proteger mi vida, la de mi familia y la de la gente que dejé entrar al hotel antes de que fuera masacrada en la calle. A veces simplemente nos vemos expuestos a experiencias extremas y sobrevivimos para contarlas.
Y yo, que pude contar la más cruenta de mis vivencias nada más y nada menos que en una película, digo que ver la vida de uno en pantalla es algo único. Precisamente por eso, porque mi historia iba a ser expuesta al mundo, tenía que estar pendiente de que todo saliera bien. Una de las formas para garantizarlo fue reunirme antes del rodaje con el actor que me interpretó, Don Cheadle, quien después fue nominado al Óscar por ser yo, ¡increíble! En 2004 estuvimos juntos durante una semana en Johannesburgo, Sudáfrica. Él observaba cómo me comportaba, cómo me movía, cómo me vestía, cómo hablaba… Luego llegó el momento de la filmación, y fui yo quien lo observó atentamente a él para asegurarme de que había captado mi forma de ser. 
Debo decir que me encantó Hotel Ruanda. Aunque sí hay un par de escenas que aparecen ligeramente diferentes a como ocurrieron. La que más recuerdo es una en la que el personaje principal decide a última hora bajarse de un camión de la ONU que lo sacaría del país para quedarse con sus protegidos. Yo sí me quedé en el hotel, pero fue una decisión meditada que mi señora y yo habíamos tomado la noche anterior. No me importan esos cambios, pues entiendo que si vas a filmar una película tienes que llamar la atención del público.
Ahora que lo pienso, la situación fue mucho más violenta de lo que se ve en la cinta. Recuerdo cuando uno de mis hijos, entonces de 9 años, fue a visitar a un amigo y encontró muertos a su madre, a sus seis hermanos, a dos vecinos… ¡había nueve cuerpos tirados frente a la puerta de su amiguito! Mi hijo no habló durante cuatro días. Nunca entendió cómo alguien podía haber hecho eso. 
Yo todavía no entiendo eso ni muchas otras cosas: por ejemplo, que mi familia y yo hubiéramos llegado finalmente a un campo de refugiados. Tampoco que allá encontráramos vivos a nuestros sobrinos, que luego adoptamos. Eso fue muy emotivo. 
Para mí el sufrimiento no paró ahí, como la mayoría de espectadores piensa: me quedé dos años más en Ruanda, donde fui amenazado. Hasta que me fui a Bélgica como refugiado. Así ha sido mi vida, llena de cambios. Uno de los más bruscos, cuando dejé mi país; otro, cuando se estrenó Hotel Ruanda. En ese momento, no solo me dieron una cantidad impensada de premios, sino que empecé a recibir invitaciones de todo el mundo para contar mi historia. 
Durante años soñé dormido y despierto con esa pesadilla de la vida real. Pero la herida se va curando día a día. En ese proceso de sanación ha sido de gran ayuda mi fundación, Hotel Ruanda Rusesabagina, que se dedica a darles voz a los que no la tienen y a apoyar una comisión de verdad y reconciliación en Ruanda. 
La última vez que estuve en mi país fue en 2004, poco después del estreno de la película, pero tuve que irme porque la situación de violencia estaba complicada. Creo que si vuelvo, podría incluso ser asesinado, pues tengo muchos enemigos por denunciar en todo el planeta los abusos que se viven allá. Mejor dicho, hace poco menos de 20 años era protector de 1268 personas y ahora, si voy a Ruanda, tendría que ser protegido, ¡qué ironía!

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