Todo empezó en 1989 por una tusa después de perder a mi primera novia. Un tío mío que vive en Medellín me dijo que tenía la solución a mi mal de amor, y me aseguró que me iba a presentar a la mujer perfecta. Así fue. Siempre voy a recordar la primera vez que la vi: imponente, de más de 1,80 m de estatura, el pelo hasta la cintura, un cuerpo impresionante y una cara que embobaba a cualquiera. Se presentó como Geraldine.

Yo tenía 18 años (ella uno menos) y sobra decir que, de inmediato, quedé flechado no solo por su belleza sino también por su maravilloso acento argentino. Hablamos mucho. Me contó que vivía desde hacía poco en Medellín con su padrastro, su mamá y su hermana, que extrañaba Argentina y que su sueño era ser modelo.

Sin embargo, nuestra primera salida "oficial" fue unos días después ya que tuve que volver a Bogotá. Esa cita fue desastrosa. Nos fuimos en taxi para un bar de la vía Las Palmas, yo iba con un amigo que le estaba cayendo a la hermana de ella y cuando llegamos, el lugar estaba completamente vacío. Era un sitio de medio pelo. Lo peor vino cuando la invité a bailar y me di cuenta que ‘Geri‘ (así le decía yo) no sabía bailar muy bien. Yo hice mi mejor esfuerzo para enseñarle. Al salir del bar estaba diluviando y no se conseguía un taxi, nos tocó caminar y pegarnos la mojada del siglo. Todo lo compensó el hecho de ya ir cogidos de la mano, no me cambiaba por nadie…

La cosa empezó a cambiar cuando ella entró a la agencia de modelos Informa y notaba que otros tipos la llamaban. Cuando regresaba a Bogotá me daba cuenta de lo muy enamorado que estaba. En diciembre, cuando volvía a Medellín, de inmediato me iba para su casa, la invitaba a los sancochos bailables que hacían mis tíos y trataba de impresionarla con detalles estúpidos y poco inteligentes como tratar de darle celos con las viejas que trabajaban en el negocio de mis tíos, decirle al pelao de los domicilios que bailara con ella, o tomarme unos guaros de más pecando por imprudente y, creyéndome Luis Miguel, cantarle Tengo todo excepto a ti, con la lágrima a flor de ojo, obviamente.

Geraldine me quería por días. A veces le daba el amor por mí y todo era color rosa: caminábamos por la 70 cogidos de la mano, mientras ella era el centro de atención de todas las miradas. Yo me sentía el más orgulloso. Otras veces era absolutamente indiferente conmigo, mientras yo trataba de reconquistarla cantándole Luis Miguel.

Hacíamos rumbas (mi amigo, la hermana, ella y yo) en su apartamento en donde las lecciones de baile y las peleas tontas eran lo típico de esas noches. También me acuerdo cuando íbamos a la piscina de una tía y su salida en vestido de baño dejaba con la boca abierta a todos los de la urbanización.

Nos dábamos besos a escondidas porque nos daba pena que su mamá nos viera (por cierto, a mi ex suegra siempre le caí muy bien). Salvo una o dos veces en las que la hermana de Geraldine, o uno de mis tíos nos vio, los besos de ‘Geri‘ hacen parte de la reserva de mi sumario. Pasaron dos años en los que solo nos veíamos en las vacaciones y ella ya era medio conocida por un comercial que hizo de Naranja Postobón. Eso la disparó como modelo. Después siguió su vida, se volvió muy famosa y en las entrevistas en las que le preguntaban por sus novios mencionaba algunos, hablaba de Martín de Francisco, otro tipo que no recuerdo, pero… ¿Andrés Ríos? No, ese nombre nunca apareció. La montada de mis amigos era impresionante.

Hoy somos grandes amigos, hablamos a veces, todavía le digo ‘Geri‘ y le tengo un gran cariño. Espero que ella también. Al fin y al cabo, yo le enseñé a bailar y le canté muchas canciones de Luis Miguel como muestra de mi amor adolescente.

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