SEÑAS DE IDENTIDAD

El rumano Gheorghe Hagi tiene los mismos ojos melancólicos de su compatriota Emil Cioran y también algo de su tono irónico y fatalista. A pesar de los años sigue teniendo el mismo peso y la misma actitud que los amantes del fútbol aprendieron a admirar. Fue sin duda uno de los jugadores más originales de su generación. Zurdo, ecléctico, anárquico y genial. No tenía posición fija en la cancha, su carácter y modo de jugar eran inclasificables. De fuera daba la impresión de ser un tipo rudo, su expresión contrastaba con el modo dulce que tenía de conducir el balón y crear laberintos en su carrera hacia el arco contrario. Fue protagonista del equipo rumano en los mundiales del 90, 94 y 98, los mismos que jugó la Selección Colombia que comandaba Carlos ‘el Pibe’ Valderrama. En el 94, los enfrentamos por primera vez y ese partido marcó el destino del fútbol colombiano por muchos años. Hagi lo recuerda bien.

Los Ángeles (Estados Unidos), 18 de junio de 1994

—En el intercambio de saludos me di cuenta de que ellos no sabían nada de nosotros y tampoco les preocupaba mucho saberlo, tenían la autoestima por las nubes y la certeza de que les bastaría su calidad técnica y estilo de juego para superarnos. Al fin y al cabo eran los favoritos de las apuestas, e incluso Pelé había vaticinado que serían campeones.

UN HOMBRE LLAMADO IANCU

En un país como Rumania, donde conviven diversas etnias y culturas, tener claro la proveniencia de cada familia es un asunto de suma importancia. La de Hagi es de origen arumeno (los arumenos son un pueblo romanizado proveniente de la antigua Dacia que se estableció en la península balcánica en territorios que hoy corresponden a países como Macedonia, Grecia, Bulgaria, Albania y, por supuesto, Rumania). Sus abuelos Gheorghe (del que heredó el nombre y el temperamento) y Sultana dejaron el norte de Grecia para establecerse en los años treinta en la periferia de Constanza, una ciudad del entonces llamado Reino de Rumania. Sacele se llama el pueblo donde hace 50 años vino al mundo el que todos consideran el más grande jugador de fútbol rumano de todos los tiempos y cuyo nombre está irremediablemente ligado a la historia del fútbol colombiano.

—¿Cuál fue su primer contacto con el fútbol?

—Tenía 3 años y le dije a mi madre que quería un balón, fue la única vez que le pedí algo a alguien. Cuando mi madre me entregó aquel balón supe que nadie me podría separar de él. A los 8 años me fui a Constanza y el fútbol pasó a ser mi elemento natural.

—¿Sus padres lo apoyaron?

—Mis padres me criaron lo mejor que pudieron, eran personas honestas que tenían que trabajar duro porque la situación era difícil, pero nunca tuve imposiciones de su parte, me dejaron decidir libremente. Mi padre se llamaba Iancu, era un campesino recio y de pocas palabras. Recuerdo que cuando empecé a destacarme en el equipo de Constanza me dijo que mantuviera la cabeza en su sitio y no fuera a salir por allí estirando el cuello como un pavo porque cualquiera podía degollarme.

Los Ángeles (Estados Unidos),

18 de junio de 1994

—Junto a Iordanescu, nuestro entrenador, habíamos estudiado a fondo al equipo colombiano, conocíamos los nombres y apellidos de cada jugador, lo que les gustaba comer, el modo como se movían en el campo, sus canciones favoritas… Sabíamos que iban a salir a atacar como tigres hambrientos y yo, por ejemplo, tenía claro que al amigo Córdoba le gustaba “irse de paseo”. Otros aspectos que tuvimos en cuenta fue que ellos no sabían jugar sin balón y que si no marcaban un gol en los primeros 20 minutos su confianza iba a decaer. Antes de patear aquel balón en el minuto 34 ya había intentado dos veces aprovecharme de las excursiones de Córdoba lejos de su portería y la tercera fue la vencida. A muchos puede haberles parecido casual, pero en los entrenamientos yo había practicado mucho ese tiro. Durante mi carrera, más del 70 % de mis goles fueron de larga distancia. Ese gol fue letal para ellos, no lograron sobreponerse, no parecían tener un plan B y lo que hicimos fue subir la intensidad y rematar la faena.

LA AMBICIÓN MUEVE EL MUNDO

En 1965, Nicolae Ceausescu fue nombrado secretario general del Partido Comunista Rumano, ese mismo año nació Gheorghe Hagi. Durante más de 20 años Ceausescu controló la vida del pueblo rumano sumiéndolo en una crisis a todos los niveles que aún hoy sigue teniendo efectos colaterales. El fútbol no fue ajeno a esto. Valentín, el hijo adoptivo de Ceausescu, fue amo y señor durante los años ochenta del Steaua de Bucarest, el emblema del fútbol rumano de clubes y donde la figura de Hagi alcanzaría una dimensión mítica. Hagi había iniciado su carrera en 1982, en el Farul Constanza, y un año después fue contratado por el Sportul Studentesc de Bucarest (que estaba en manos de Nicu Ceausescu, hijo también de Nicolae), en el Sportul jugó 92 partidos de liga y anotó 53 goles mientras seguía estudios de Ciencias Económicas. Lo que motivó el interés del Steaua por Gheorghe Hagi fueron los cuatro goles que le convirtió al Dínamo de Bucarest y que llevaron al modesto Sportul a conseguir por primera y última vez en su historia el subcampeonato de la liga rumana. Su paso al Steaua se dio en 1986 y, en realidad, los hermanos Ceaucescu habían acordado que sería solo por un partido (la final de la Supercopa Europea contra el Dínamo de Kiev), pero Hagi marcó el gol de la victoria y nunca regresó al Sportul.

—Dicen que su principal virtud era saber leer bien los partidos.

—Es una frase bonita, pero no estoy seguro. Para mí lo más importante es la ambición, yo no quería simplemente existir, quería ganar y daba todo por eso. Si hacía tres goles en un partido y mi equipo perdía, para mí esos goles no significan nada.

—¿Qué significó marcar ese gol al Dínamo de Kiev?

—Mi padre vino pocos días después a visitarme, salimos a dar un paseo y la gente se acercaba a pedirme un autógrafo o demostrarme su afecto con palabras y abrazos. Mi padre no parecía sorprendido por la situación, caminaba tranquilo a mi lado. Y luego, cuando llegó el momento de despedirnos, me dijo: “Has llegado muy lejos, ahora eres más grande que yo y solo quiero pedirte una cosa… Nunca me olvides”. Lo miré en silencio y nos estrechamos las manos y sentí cuántos callos había dejado la vida en la suya y cuán pocos todavía en la mía.

Bucarest (Rumania), 2 de JULIO de 1994

—Oír la noticia fue terrible y devastador. Todavía hoy, cuando escucho su nombre, me parece imposible que haya sucedido. Puedo verlo allí, a Andrés Escobar ese día en el partido. Un jugador elegante con una mirada que traslucía el espíritu de una persona íntegra. Fue difícil asimilar su muerte, cuando estás en una cancha se establece una relación humana directa, todos los futbolistas en el fondo son hermanos, seres de una misma especie. La rivalidad dura lo que dura el partido. Y la alegría de la victoria como la tristeza de la derrota al día siguiente ya es pasado y lo que cuenta es que amas el juego y siempre va a haber otro partido, pero si alguien te mata por una jugada desafortunada, si alguien cancela para siempre tu posibilidad de jugar otra vez o ver crecer a tus hijos es algo inaceptable, la barbarie.

EL SABOR DE LA DERROTA

—Muchos dicen que para ganar se necesita siempre un poco de fortuna, ¿está de acuerdo?

—Prefiero pensar que todos tenemos un destino y ese destino depende de las decisiones que tomamos. Cuando mi hija Chira cumplió 15 años, le pregunté qué quería hacer y ella me respondió que todavía no lo sabía. Le dije que le volvería a preguntar al día siguiente y que lo mejor para ella era tener una respuesta, porque si no sabía a los 15 qué quería hacer, no lo sabría nunca. Al día siguiente me dijo que quería estudiar Cine y hoy está en Los Ángeles estudiando para dirigir películas. Si uno no decide, alguien decidirá por uno y así se pierde el control de su destino. Cuando uno decide sabe que nunca podrá culpar a nadie de lo que sucede, eso significa asumir la responsabilidad de lo que somos y seremos.

Durante su paso por el Steaua de Bucarest jugó 97 partidos y marcó 76 goles. En 1988 alcanzó con el Steaua las semifinales de la Copa de Europa y fue el máximo goleador de aquella edición. El interés de grandes equipos por obtener sus servicios iba en aumento, pero el régimen de Ceausescu no les permitía ni a él ni a otros grandes del fútbol rumano abandonar el país. En 1989, un impresionante Gheorghe Hagi guía al Steaua a la final de la Copa de Europa que pierde con el Milán de Italia: 4 a 0 es el resultado. Un Hagi acostumbrado a ganarlo todo declararía después que “nunca había sentido tanta impotencia en un partido de fútbol”. Pero ese mismo año la revolución rumana que derroca y ajusticia a Nicolae Ceausescu, cuyo delirio de poder había llegado a extremos insoportables, permite que las puertas de Rumania se abran y, entre todos los equipos que lo pretenden, Hagi elige irse al Real Madrid.

—¿Qué aprendió de las derrotas?

—Lo que intenté siempre como jugador y lo aplico ahora como entrenador es pensar en el siguiente paso; es obvio que analizo las fallas, pero en el fútbol solo tiene valor el presente.

—¿Cuál fue el momento más difícil de su carrera?

—Salí del Madrid porque no me sentía a gusto y decidí ir al Brescia, que era un equipo pequeño de Italia, y en mi primer año descendimos. Fue muy complicado, pero decidí quedarme y ayudé al equipo a regresar a la A. El Nápoles entonces me hizo una oferta: querían que fuera el reemplazo de Maradona, pero el Brescia no me permitió ir y me sentí muy mal. Lo que hice fue concentrarme en el Mundial de Estados Unidos y dar todo de mí. Después de eso, me fui al Barcelona llamado por mi ídolo de siempre, Johan Cruyff.

Lyon (Francia), 15 de junio de 1998

—Habían pasado cuatro años y todo había cambiado, esta vez éramos los favoritos y ellos nos conocían bien, fue un partido equilibrado y pienso que al final tuvimos un poco más de ambición. Mondragón era un portero más clásico, menos aventurero que Córdoba, lo dirigí después en el Galatasaray. Entre 1990 y 1998 siento que tuvimos con Colombia vidas paralelas y que ambos pudimos llegar más lejos en alguno de esos mundiales, pero en el fútbol los detalles hacen la diferencia y ahora Colombia vuelve a tener una generación que la hace soñar. Es lo que pretendo hacer con mi academia de fútbol en Constanza, dar la oportunidad a muchos chicos de demostrar su valor y formar nuevos jugadores para Rumania.

EL FÚTBOL ES UN ESTADO MENTAL

Para entrevistar a Hagi había volado desde México el día anterior, hecho una breve escala en Italia y tomado luego un vuelo a Bucarest. Lo peor del asunto es que él no había garantizado aún que hablaría conmigo. Sin embargo, había dado el permiso para que asistiera al entrenamiento con el Viitorul Constanza, equipo que juega en la primera división de la liga rumana y del que Hagi, además de ser director técnico, es propietario. La mayoría de los jugadores del Viitorul Constanza provienen de su academia de fútbol y tienen un promedio de edad de 19 años; el más joven de todos es precisamente su hijo Ianis, que acaba de cumplir 17. Impacta la devoción con que todas las personas que trabajan con Hagi se dirigen a él. Durante el entrenamiento, su mirada se concentra en los movimientos de sus jugadores, su expresión es seria mientras con voz firme da instrucciones sin parar. Al terminar el entrenamiento, me avisan que Hagi se reunirá conmigo en el hotel Alexander (donde me aconsejaron quedarme por estar cerca del complejo deportivo que hospeda al Viitorul Constanza). Hagi llega al hotel en compañía de su hijo, su asistente Corina y Cristi Bivolaru (exdirigente del fútbol rumano y director general del Viitorul Constanza).

—¿Cuál es su canción favorita?

Mi pregunta lo toma de sorpresa. Se ríe y le habla a su hijo en rumano. Discuten afectuosamente.

—Mi hijo piensa que soy muy romántico —dice—. Y si lo soy es por ellos, los hijos te cambian. Antes de ellos para mí solo existía el fútbol.

—¿Qué cree que le faltó para ganar el Balón de Oro?

—Tal vez por ser rumano. Quizá si hubiéramos llegado a la final en el 94… ¿Has visto los tonos de verdes que tenemos? Este país tiene su belleza y a Bucarest la llamaban en un tiempo “la pequeña París”. La vida nunca ha sido fácil en Rumania, pero es un pueblo fuerte.

—¿Le molesta que lo llamen “el Maradona de los Cárpatos”?

—No, es un buen tipo. En el Mundial del 90 lo enfrenté en su estadio de Nápoles, allí él es una religión y pensaban que nos iban a intimidar, pero empatamos 1 a 1 y clasificamos a la siguiente vuelta.

—Para muchos periodistas usted fue el hombre de ese partido.

—En el 94 lo sancionaron y no pudimos encontrarnos, les ganamos 3 a 2 y era un equipo poderoso.

—Quizá por eso el taxista que me trajo al hotel dijo que si a usted le decían “el Maradona de los Cárpatos” a Maradona debían llamarlo “el Hagi de la Pampa”.

Los Ángeles (Estados Unidos), 18 de junio de 1994

—No sé los jugadores, pero los dirigentes estábamos cagados del susto —dice Cristi Bivolaru—. Ese equipo comandado por Valderrama le había hecho cinco goles a Argentina en su propio estadio. Al terminar el partido, entré a la cancha y noté que, más que tristes, los colombianos parecían horrorizados. Como si en vez de perder un partido hubieran cometido un grave pecado. Eso quizá sea lo bello del fútbol y también lo terrible, nos gusta decir que es un simple juego, pero sabemos que muchas veces contiene todas las esperanzas y sueños de un país. Si ganas, puedes flotar en una nube y si pierdes, ya tienes entrada gratis al infierno. En un lado de la cancha estábamos nosotros celebrando e imaginando la fiesta que habría en la calles de Rumania mientras del otro lado Valderrama y sus compañeros caminaban hacia el vestuario envueltos ya en una niebla de olvido y silencio, porque ya sabemos que la derrota no tiene padre ni patria.

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