Hay dos cosas en la vida a las cuales les tengo pánico: al matrimonio y a las cucarachas. Al primero lo aborrezco. Jamás he olvidado aquel día en que un sacerdote, muy joven él, nos dijo muy serio: "Los declaro marido y mujer… hasta que la muerte los separe". Ese día estaba convencida de que aquel hombre, que había conocido hacía tres meses, de verdad iba a estar a mi lado en el momento de mi muerte, rodeada de innumerables hijos y de bellos nietecitos. ¡Qué va! ¿Hasta que la muerte nos separe? Tal vez si hubiera mirado a los ojos a aquel tierno clérigo me hubiera dado cuenta de que era el primer hombre que me estaba mintiendo. Pero bueno, ya estaba ahí, y a punto de ser la esposa del siete mujeres. No es el divertido personaje de la televisión. Es que a mi príncipe azul lo rodeaban siete mujeres: sus seis hermanas y mi suegra. Así que no podía salir corriendo.

Razón tienen quienes dicen que lo que mal comienza, mal termina. Ese presagio lo tuve la primera noche que ya estaba ‘cazada‘. Un gallinazo se estrelló contra las cuerdas de la luz. El hotel quedó inmerso en la oscuridad. Hacía un calor infernal. Y por supuesto no había servicio a la habitación ni de comidas ni de bebidas. Mejor dicho, ni salió la luna, ni hubo miel. Pero tenía que seguir adelante con mi nueva vida y cumplir por lo menos con algunos de los requisitos indispensables para que todo funcionara hasta que la muerte nos separe: cocinar, planchar, lavar y estar dispuesta a todo, inclusive hasta renunciar al control de la casa. Por fortuna eran otros tiempos. Pero a mí me tocó vivirlos.

Seguí al pie de la letra dos consejos que me dio mi abuela: ser una dama en la cocina y una puta en la cama. En los dos me fue pésimo. Gracias a mis habilidades culinarias, que jamás he tenido y que jamás tendré, asumí el reto de preparar unos fríjoles después de que mi marido me dijo en un tonito desafiante: "¿Me imagino, que siendo tú de Manizales sabes hacer fríjoles?". "Pues claro", le dije. Jamás olvidaré ese día. Era la final de un campeonato de fútbol y yo pretendía ver todo el partido sentada cómodamente en el sofá al calor de unos tequilas. No fue así. Cuando estaba por finalizar el primer tiempo ya los fríjoles estaban más acalorados que los propios jugadores en la cancha. Un tremendo ruido estremecía la cocina. Y por culpa de un pequeño utensilio al que las señoras llaman "olla de presión" casi se nos cumple la predicción del sacerdote que bendijo tan divina unión: estar juntos hasta que la muerte nos separe. La olla parecía una mujer casada. Saltaba como una loca. De la estufa pasó a una pequeña mesa y de ahí brincó al suelo y… explotó. Mientras la ‘olla bomba‘ destruyó todo y las pepas quedaron incrustadas en el techo, yo veía a mi marido como aquel héroe que de un solo tirón me sacó de la cocina y me rescató entre sus brazos. Tengo que reconocer que fue el primer hombre que me salvó la vida y yo debía ser la heroína que salvara el matrimonio aunque tuviera que cargar con la cruz de ser una fracasada como chef en la cocina. Todavía me quedaba el segundo consejo que me dio la madre de mi madre. Un poco grotesco pero tenía que hacer el papel de ¡zorra! en la cama que se hace por experiencia o por instinto. Después de analizar unos cuantos videos porno, una noche decidí ser la ‘Lolita‘ que toda mujer lleva por dentro. Agarré el delantal de mujer en la cocina, lo tiré con fuerza sobre la mesa, me puse una liga roja, me subí la falda, me acerqué a mi marido, lo lancé con destreza sobre la cama y ahí fue Troya. Hice tantas piruetas que terminé en el suelo. Jamás volvimos a intentar ese matricidio.

Ahora no es que crean que yo fui la culpable. Si no me hubiera separado hasta con el tiempo me hubiera encariñado más. Y eso que cuando dije el "sí", las amigas del parche de mi época ya llevaban cuatro o cinco años de casadas. Desde eso, hace 20 años, pertenezco al único club al que me mantengo afiliada: al club de las divorciadas. Pero también aborrezco el divorcio. Y ahora recuerdo que un día leí un pasaje de la Biblia que decía: "No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco". Me dio por entrar de nuevo en circulación y las cosas me volvieron a salir muy mal. Lo intenté una, dos y hasta cinco veces y con cada uno creía haberme comprado el mejor de los tequilas pero terminé medio saboreando varias botellas de gay-torade que superaban mi feminidad.

Ahora creo que si vuelvo a intentar vivir con un varón este tiene que portar su delantal, traerme el desayuno a la cama, pagar los gastos de la casa, acompañarme de compras, que le guste el tequila, que el adulterio no le parezca divertido y que tenga su propio baño. Pero que no piense que a cambio de todo eso tengo que ser… una zorra en la cama.

Como no es nada fácil conseguir un espécimen de tal naturaleza encontré varios métodos para no sentirme la solterona del paseo. Tengo un peluquero que siempre me dice que estoy divina. Un joven que se enloquece con mis historias. Un mono que me quiere comer. Un viejito que me da gusto en todo. Un lord que baila como los dioses. Un confidente que me hace reír todos los días. Un loro que solo dice groserías. Un pajarito que me canta todas las mañanas. Un juguete con pilas nuevas y un perro que se escapa todas las noches… y no me importa. Ahora no vayan a creer que yo soy la potente, prepotente e impotente. Eso tiene nombre propio.

Nota: la madre para el que lea este artículo en la radio y para el que haga cualquier tipo de comentario.

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